El 7 de diciembre, casi a tres meses de la toma de posesión de la maestra Delfina Gómez como gobernadora del Estado de México ocurrió la segunda masacre en Texcaltitlán con un resultado de catorce muertos y cuatro lesionados. En la anterior habían sido, hace pocos meses, once personas. No es nuevo en la entidad pero si terrible y cruento.
El pueblo de Texcaltitlán, próximo a la tierra caliente se armó como pudo en reacción a que la Familia Michoacana que domina la plaza y quiso aumentarles la cuota del derecho de piso. Las comunidades están aterrorizadas: acoso, extorsión, incremento en el precio de los alimentos y el transporte de carga, y sobre todo, se han adueñado del municipio
Llama la atención que quienes enfrentaron la más reciente situación, lo hicieran con la Guardia Nacional y otras fuerzas nacionales y estatales; de ese tamaño es el problema en la región. Los pobladores están huyendo de Texcaltitlán –se está quedando vació- por miedo a las represalias de la organización criminal como en el pasado ocurrió en Ciudad Juárez, en comunidades de Guerrero, en Zacatecas, en Oaxaca, en Guanajuato, y en otros lugares. La violencia y la ausencia de autoridad que se vive los impulsaron a hacerlo.
Ya se han dado casos de alcaldes asesinados o de amenazas cumplidas en miembros de sus familias. Son dueños de vidas y haciendas. Vamos, territorios que han sido tomados y sustituida la autoridad por el crimen organizado.
Recordemos el caso de la candidata a presidenta municipal de Valle de Bravo en las pasadas elecciones, quien tuvo que renunciar a la postulación, en razón del secuestro que sufrió y del clima de terror que esto conllevó al municipio.
Nuevamente estamos asistiendo a la construcción de un contexto de violencia y miedo en el que las candidaturas no son las que debieran ser y el sufragio en libertad es una quimera.