Escribí la semana pasada de Brigitta Anguiano. Lo hice porque ella recién acaba de morir. Murió sin conocer ya a nadie, en su casa de Los Ángeles, California. Me dio una inmensa tristeza, porque toda la obra de Raúl Anguiano probablemente esté allá. Me regaló alguna vez una carta para el entonces candidato a gobernador, Enrique Peña, que le di porque pensé que en el Parque Naucalli podríamos hacer un espacio maravilloso para la obra de su marido, Raúl Anguiano. No le contestaron absolutamente nada.
Esta es la continuación de la entrevista que le hice para un libro del Instituto Nacional de Migración.
Platica que, después de conocerlo y amarlo, se regresó a Estados Unidos por espacio de dos años, porque comprendió que, si Raúl estaba casado, ella no tenía nada que hacer en su vida. Pero después, y gracias a que Anguiano se dedicó a tener con ella muchos y espléndidos detalles, decidió tomar sus ahorros y jugársela: se vino a México.
Consiguió trabajo en la galería del Hotel María Isabel. Vivía sola y contaba con algo importante: la absoluta convicción de que, si a Raúl no le importaba que ella hubiera dejado todo por él, a ella tampoco le importaría irse. Pero no fue así.
“Cuando él invitó a todos los estudiantes de la escuela de artes plásticas de la Universidad de Guadalajara a su exposición, hubo un acercamiento más próximo y empezó una amistad que nadie sabía en qué iba a terminar, porque ella aún estaba casada y él también. Sin embargo, ella le confesó que se había impresionado y enamorado de sus pinturas, y él le contestó que sus pinturas eran él mismo. Brigitta empezó a meditar sobre sus sentimientos durante dos años; ella venía constantemente a todas sus exposiciones. Un día, que viajaba de Los Ángeles a México, se le presentó y le dijo: ‘Ya estoy aquí’. Y eso fue todo lo que pasó; para entonces ya se había divorciado ella de su marido”.
A estas alturas, el maestro Raúl Anguiano, de pelo totalmente blanco, delgado y vital, se sienta en el lugar de las visitas y platica:
¿Qué si quiero a Brigitta? Nunca nadie, desde que la conozco, nos ha separado jamás. Sólo tres presidentes de México —y eso porque tuve que ir de gira— lo han logrado, pero sólo por espacio de horas. Creo que eso es querer.
Agrega Brigitta: cuando voy de compras, o al supermercado o al médico, si me retraso, Raúl está esperándome en la puerta.
Y Raúl: no es para tanto, pero sí me preocupo.
Así, Raúl también dejó todo por ella. No sólo dejó su casa; dejó muchos amigos; dejó una vida de 50 años; dejó sus recortes periodísticos, sus expedientes personales e infinidad de pinturas que en ese momento se volvieron patrimonio único de su exmujer y de sus hijos. Y ni hablar. Así pasaron los años...
La de ellos es una historia de amor. Una historia de lucha diaria en la que, al anochecer, siempre se declaran vencedores.
Así que, todos los días, a empezar de nuevo.
La vida de Brigitta comienza todos los días a las cinco de la mañana. Y algunos meses al año, el matrimonio decide irse a vivir a su casa de California. Ésa que tienen junto al mar. A esa hora en punto, en la ventana, ella apunta lo que tiene que hacer durante el día. Y ahora confiesa que ya deja para mañana lo que puede hacer hoy. Pero sólo se da un día de licencia.
Brigitta habla en su peculiar español y Raúl se la pasa diciéndole cómo debe pronunciar. Ella corrige. Y también ella le dice qué debe recordar en las diferentes etapas de su vida, que Raúl a veces traslapa.
Un gesto peculiar de Brigitta es su calidez y su sencillez. Ella abre la puerta; ella le da la carta para que, cuando la gente llegue, él sepa de qué se trata; es su secretaria en varios idiomas; ella le contesta el teléfono; ella le hace la cama, la comida, lo lleva y trae a todos lados, aun sea la carretera; ella parte un plátano para su yogurt y le pone azúcar a su té; ella vive para darle todo “peladito y en la boca” y para que él esté feliz.
Callada, con el decoro de una gran mujer, se presta a sólo ser incluida como “invitada de honor” en todas las exposiciones y reuniones políticas de su marido: Mi equipo es de dos. Por él volvería a dejar todo en la vida.
Brigitta trabaja como esclava para su marido. Le adivina el pensamiento. Ella dejó inclusive una carrera de pintura y de artes gráficas. Es quien elabora los carteles y portadas de publicaciones que se hacen sobre su marido. Tal vez algún día creí que, por estar con Raúl, se me abrirían las puertas..., dice, pero ella misma las cerró.
Y todo esto es cuestión sólo de la magia del amor, porque Brigitta no necesitaba de nadie que la apoyara o que la mantuviera. Ella es, desde que llegó a México, autosuficiente.
Mientras tanto, en la sala, su marido habla y habla. Le deberían pagar más por sus anécdotas que por sus pinturas. Es un gran conversador; sus pláticas son interminables... y con un gran don de gente.
De repente pasa Anguiano. Ése que hace rato estaba muy entretenido con sus visitas. Siempre rodeado de mujeres. Y vaya que no querían irse. Se detiene y observa. Él está acostumbrado a que lo entrevisten y a ser el centro de atención. Y luego está Tajín, su perro xoloitzcuintle negro. Pero su mujer... ¿¡cómo!?
Brigitta viene de una madre que hablaba también, como ella, seis idiomas. Nació en Lituania y era católica. Su padre era de Letonia y luterano. Mujer a la que no le interesa la cirugía plástica, que es una gran ganadora; inteligente, bella, llena de talento que no quiere compartir, cuando acompaña a su marido por algunos sitios para que pinte.
Honesta, con un hogar llevado a la perfección, ha sido, sin lugar a dudas, quien ha sostenido el nombre, la reputación y ha empujado el talento del maestro Anguiano. Nunca habla de dinero ni de nada que pueda lastimar a la gente. Pero defiende con las uñas el amor por su marido.
En la sala, el cuadro de Brigitta ocupa un lugar junto al autorretrato de Anguiano. Bella, de pelo largo; así, de ojo claro como cuando la conoció; con la misma expresión de siempre, está la pintura sin firmar, porque él siente que cuando lo haga se acabará el amor. Es el único cuadro que no será firmado jamás, advierte.
Raúl sabe que estoy con él porque lo quiero. Yo soy como mi padre, de ideas precisas y muy frontal. Lo que tiene que ser, es y yo lucho por eso. Raúl esquiva las cosas y les da la vuelta.
Brigitta Anguiano es la mejor crítica de su marido.
Es honesta y yo tomo mucho en cuenta su opinión sobre lo que dice. Porque aquí no hay otros intereses, señala Anguiano. Le he ayudado en algunos murales, como en el de la PGR y el de la casa de Eulalio Ferrer. Pinto de todo, menos figuras. También hago acuarela, dice ella.
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