El aroma de las rosas… y el silencio del mundo
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El aroma de las rosas… y el silencio del mundo

Martes, 21 Abril 2026 09:27 Escrito por 
Lupita Escobar Lupita Escobar Voz de mujer

La noche tenía algo distinto.
No solo por la mesa cuidadosamente dispuesta, era la calidez de la invitación de nuestros hermanos iraníes.

Los motivos de la reunión explicados puntualmente por Araceli Gómez Carbajal, presidenta de la fundación Lejos de mi pueblo, pero cerca de su gente A.C., a quien agradezco la oportunidad de abrir un espacio para el diálogo que hoy el mundo necesita… y necesita tomar partido.

Estábamos en la embajada de Irán en Ciudad de México, en esa gran ciudad que siempre parece contener al mundo entero.

Desde la entrada, dos banderas daban la bienvenida: la de México y la de Irán.
Distintas historias, distintas geografías… pero un mismo lenguaje de color.

Verde, blanco y rojo.

Tres tonos que, aunque compartidos, cuentan relatos distintos: en Irán, evocan fe, paz y sacrificio; en México, esperanza, unidad y la sangre de quienes lucharon por su libertad.

Ahí estaban juntas.
Como si, en medio de tantas diferencias, recordaran algo esencial: que incluso los países más lejanos pueden encontrarse en símbolos comunes… y, quizá, también en la búsqueda de la paz.

Una atmósfera donde la diplomacia dejaba de ser protocolo para convertirse en conversación.

Al centro, el embajador de la República Islámica de Irán en México, Abolfazl Pasandideh, acompañado por Mohammad Reza Gilani, consejero cultural; Amir Reza Kheirandish, consejero económico; Rostam Adabinia, primer consejero; y Salman Jahandari, también consejero económico y, en lo personal, todos extraordinarios anfitriones y divulgadores de su historia y país.

La cena fue, en sí misma, un viaje.

Una expresión viva de las costumbres iraníes: sopa de cebada, pechuga de pollo rellena y el tradicional Sholeh Zard. Pero más allá de los sabores, había un detalle que lo envolvía todo: un aroma sutil, casi etéreo.

Como si la comida estuviera perfumada.
Y lo estaba.

En la cocina iraní, el uso de esencias como el agua de rosas forma parte de una tradición milenaria donde el sabor también se respira. Cada platillo parecía tener una doble intención: nutrir y evocar. Era hospitalidad convertida en cultura.

Pero hubo un momento en que la noche cambió.

La entrevista dejó de ser diplomática… y se volvió profundamente humana.

El embajador no habló de estrategia. Habló de dolor. Recordó el ataque a una escuela en Irán. Niñas en horario de clases. Más de un centenar de vidas truncadas. No eran cifras.
Eran historias que no alcanzaron a escribirse.

“Si esas niñas hubieran sido de otro país, el mundo habría reaccionado distinto”, dijo.

Y entonces el silencio fue inevitable; la voz se quebró al ver en sus ojos el peso de esas pérdidas.

No por incomodidad, sino por conciencia.

Porque la pregunta quedó suspendida en el aire:
¿el dolor tiene nacionalidad?

El señalamiento fue claro: los dobles estándares siguen marcando la forma en que el mundo reacciona ante la tragedia.

Y ahí, una ausencia que también pesa:
la Organización de las Naciones Unidas, creada para promover la paz, no ha condenado con firmeza la muerte de inocentes.

Ese silencio no es menor.
También duele.
También habla.

Aun así, el embajador no habló desde la resignación.

“La diplomacia con amenaza no funciona”, afirmó.
“La diplomacia tiene que sostenerse por sí misma”.

Recordó entonces el principio de Benito Juárez: el respeto al derecho ajeno como base de la paz. No como frase histórica, sino como una urgencia vigente.

También hubo espacio para entender el alma de su país.

Habló del Shahnameh, el Libro de los Reyes, escrito por Ferdousí hace más de mil años. Una obra que no solo narra batallas, sino identidad. De ahí emergen versos que explican la resistencia de su pueblo, como ese que evoca: “si Irán no existe, que no exista mi cuerpo”.

No es una consigna.
Es una forma de pertenecer.

Por eso —contó— cuando su nación ha sido amenazada, no responde solo con discursos, sino con símbolos: cadenas humanas, unión, presencia.

“Irán ama la paz”, insistió.
Y expuso una idea sencilla, pero contundente: la paz solo será posible cuando existan respeto mutuo y cuando desaparezcan las ideas de supremacía.

Porque, como dijo:
“Estamos en un solo barco. Si una parte se daña, todos naufragamos”.

El embajador dejó una idea que no se olvida: hay tragedias que duelen… y otras que, además de doler, el mundo decide no mirar.

Y cuando parecía que todo estaba dicho, la noche se negó a terminar.

El té llegó como un gesto antiguo. Nadie miraba el reloj. Al contrario: estábamos alargando la noche, como si quisiéramos retener ese espacio donde el mundo, por unas horas, parecía tener otra lógica.

Entonces apareció la pantalla.

Un documental de un mexicano —Alfredo, viajando por Irán— nos llevó por calles, rostros y silencios. No era turismo: era humanidad.

Y ahí, entre imágenes, todo volvió a tomar dimensión.

Irán no es solo un territorio en conflicto.
Es una de las civilizaciones más antiguas del mundo.

Un país precursor en matemáticas, en pensamiento, en ciencia.
Cuna de una de las tradiciones poéticas más profundas de la humanidad.

Un país que también se teje.

Porque en sus tapetes persas no hay adornos: hay historias, símbolos, generaciones enteras anudando identidad.

Y también, un país que sabe despedirse.

Porque —dicen— cuando te vas, alguien arroja agua.
Un gesto sencillo, pero lleno de significado: que el camino sea bueno.

La noche dejó algo más profundo que una entrevista.

Dejó la contradicción.

La belleza de una cultura milenaria… frente al dolor de unas niñas que el mundo decidió no mirar.

Y entonces, inevitablemente, la pregunta regresó:

¿qué tanto conocemos de los países que juzgamos?
¿y qué tanto estamos dispuestos a escuchar antes de opinar?

Quizá —como esa noche— todo comienza así: sentándonos, compartiendo, y atreviéndonos, al menos por un momento, a mirar al otro con respeto… porque donde mueren inocentes, pierde la humanidad entera.

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Lupita Escobar

Voz de mujer