No sabemos perder
DigitalMex - Periodismo Confiable
Publicado en Opinión

No sabemos perder

Viernes, 17 Julio 2026 00:05 Escrito por 
Ganando Espacios Ganando Espacios Noemí Muñoz

El fútbol lo mismo convoca a millones de desconocidos a fundirse en un grito, en un abrazo, en un cántico, que a realizar los atropellos más absurdos. Cuando jugó Ecuador contra México, circuló en las redes un video de una mujer tirándole la bebida a fanáticos de Ecuador. Inmediatamente se le llamó la atención, pero se pudo percibir que, al sentirse vista, empezó a tratar de quitarse lo que traía puesto para que no la identificaran.

Después vinieron otras acciones, como las discusiones o la paranoia sobre que Argentina tiene comprada la Copa. Cuando, sin ir más profundo, no se señala que no es solo Argentina, es todo el sistema, que se ha convertido en un pretexto más para vender más; por ello se inventaron las pausas para tomar agua. Es decir, somos parte del problema, pues México tuvo jugadores que hicieron más anuncios que pases en el Mundial, pero esa es otra historia.

El asunto es que en las redes y en los medios comenzó la violencia verbal contra los mexicanos, sobre todo de parte de un periodista argentino, Eduardo Feinmann, quien dijo que detestaba a los mexicanos con toda su alma, ya que éramos unos envidiosos del talento de Argentina. El caso se volvió una situación diplomática y tuvo que pedir disculpas.

Sin embargo, en las redes creció el encono, porque ese comentario dio paso a muchos más entre mexicanos y argentinos. Una situación terrible donde los dos bandos sacan las palabras más racistas que encuentran para tratar de dañar al otro.

Aunque la emoción del fútbol nos pone en una situación apasionada, no deben ser nuestras frustraciones las que dirijan nuestras acciones, porque se evidencia que el odio al extranjero sale a la menor provocación.

El psicólogo León Festinger lo llama desindividuación, un fenómeno donde las personas dejan de lado su identidad y valores cuando se envuelven en otra dinámica de grupo, lo cual hace que pierdan su sentido de responsabilidad personal.

Lo vimos en televisión. Muchedumbre destrozando todo: carros, lámparas, etcétera. Hombres y mujeres alcoholizados, sin pensar en que eso podía llevarlos a la muerte.

Y esa euforia del colectivo también se va a casa. Con la cabeza llena de frustración y alcohol, una bomba de tiempo.

Por ejemplo, en Monterrey, cuando se juega el clásico entre Tigres y Rayados, las llamadas al 911 por violencia familiar aumentan hasta un 36 %. En este Mundial, por lo menos seis mujeres fueron asesinadas por sus parejas después de la eliminación de México. Sin contar las agresiones o acosos que sufrieron las mujeres dentro del Fan Fest, quienes denunciaron tocamientos indebidos en sus redes.

Esos agresores en algún punto llegan a su hogar. Así que su rabia se desplaza a su familia y pareja; por ello, tienen que demostrar su poder, el cual no demostró su equipo.

Se ha normalizado que los hombres se comporten de manera peligrosa después de un mal partido. Rompen televisiones. Se tiran al suelo a llorar. Toman hasta quedar en la inconsciencia y, por supuesto, si alguien se atraviesa, lo pueden golpear, porque “se pone mala copa”. La mayoría de las veces son sus parejas las que son el receptáculo de ese odio y algunas no viven para contarlo.

No es el fútbol. No es culpa de Raúl Jiménez por no meter la pelota en la portería, ni del Vasco por no meter a la Hormiga. Es la violencia estructural que parece estar codificada en algunos hombres. Como si el hecho de un mal partido fuera un pase libre para dar rienda suelta a la barbarie y a la falta de autorregulación.

Incluso la familia lo disculpa, porque estaba enojado porque perdió la selección. Se le perdona que sea incapaz de procesar la derrota.

Parece cosa de nada, pero ese sentimiento es el que lleva a los hombres a aventar ácido, a balacear la casa de sus exparejas, a cortarlas, a golpearlas, a perseguirlas, a no perdonarles el abandono.

La derrota no es el fin del mundo y no debería ser el pretexto para matar a una mujer, a un hijo, a otro hombre, aplastar a una multitud, odiar un color o a una nación.

Visto 254 veces
Valora este artículo
(0 votos)
Noemí Muñoz

Ganando espacios