Qué rápido se desmorona el discurso de la “hidalguía e incorruptibilidad” cuando las cámaras graban los banquetes y los contratos multimillonarios terminan pagando los lujos familiares. Lo ocurrido esta semana en el Instituto Nacional Electoral no es solo un escándalo más de corrupción; es la crónica anunciada de un desastre institucional provocado con alevosía y ventaja.
Guadalupe Taddei finalmente renunció —aunque en los hechos fue acorralada y prácticamente destituida por el peso insostenible de las pruebas—, dejando al descubierto la red de complicidades, conflictos de interés y compadrazgos que se tejieron a la sombra de su gestión. Los videos difundidos donde contratistas del instituto la grababan en plena convivencia refiriéndose a ella como “la reina”, sumados a las imágenes de su hijo disfrutando de lujosos viajes por París, destaparon un drenaje de licitaciones dirigidas que las autoridades financieras y la Auditoría Superior ya no pudieron seguir solapando.
¿A cuánto asciende el costo del capricho? La bolsa bajo escrutinio supera los 1,000 millones de pesos en contratos adjudicados a un grupo de empresas “favoritas” —varias de ellas compartiendo los mismos apoderados e instalaciones— para la producción de papelería, urnas y material electoral. Tan solo en operaciones bajo revisión directa por presuntas irregularidades y triangulación de recursos se calculan más de 500 millones de pesos.
Pero lo más indignante no es solo el cinismo de los millones, sino la pirueta circense del oficialismo para lavarse las manos. De la noche a la mañana, el aparato de comunicación de Morena y la propia presidenta Claudia Sheinbaum, desde la mañanera, han activado la maquinaria del deslinde y la culpa retrospectiva. Desde la conferencia matutina se bajó la línea: desconocer a Taddei. Ahora nos salen con el cuento de que “no es de Morena” y que, si llegó a la presidencia del órgano electoral en Sonora en 2014, fue “gracias a Lorenzo Córdova”.
Hay que tener memoria corta o un descaro supino. Borraron del mapa de un plumazo aquel célebre mensaje del expresidente Andrés Manuel López Obrador, quien defendió a capa y espada a Taddei cuando fue insaculada mediante la famosa tómbola en 2023, calificándola como una “mujer honesta, incorruptible y con principios”. Hoy, esa “mujer intachable” pasó a ser una apestada política a la que intentan endosarle al villano favorito del sexenio anterior.
Nadie en el poder quiere asumir la responsabilidad de haberle entregado superpoderes. Hay que recordar que la reforma impulsada por la mayoría oficialista le otorgó a la presidencia del INE facultades unilaterales para nombrar directores, coordinar áreas clave y gestionar el presupuesto sin la necesidad de consensuar o pedir autorización al Consejo General. Le construyeron un trono de discrecionalidad absoluta y, por supuesto, la “reina” usó su cetro para beneficiar a los suyos.
Las esquirlas de este bombazo ya impactaron en los estados. En el Estado de México, el Instituto Electoral del Estado de México (IEEM) tuvo que frenar de golpe y diferir para 2027 la licitación y producción del material electoral. Con un presupuesto congelado de unos 20 millones de pesos de inicio para la compra anticipada de insumos, el IEEM prefirió meter el freno de mano ante el temor de que los mismos proveedores bajo investigación federal estuvieran colados en la nómina mexiquense. La postergación no solo pone contra la pared los tiempos de organización, sino que obligará al instituto local a solicitar ampliaciones presupuestales de emergencia cuando el mercado esté saturado.
El cochinero en el INE demuestra lo peligroso que resulta debilitar los contrapesos y entregar cheques en blanco a cambio de lealtad ciega. Pretender que el desastre de Guadalupe Taddei es culpa del pasado no es más que una burda estrategia para encubrir que el modelo de "austeridad y honestidad" terminó convertido en el mismo negocio de siempre, pero con diferente logotipo.
Y esto es la punta del iceberg; la desaparición de órganos fiscalizadores y los nombramientos de buena fe a “personas honestas e intachables” como Guadalupe Tadei, que se sintió tan reina que, cuando un reportero le preguntó sobre la posibilidad de corrupción en la asignación de contratos a contratistas, la muy diva le dijo que “era un majadero” solo por preguntar. ¿Quién diría que “la reina” estaba sumida en el lodo —por decirlo decentemente— hasta el cuello?
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