“Señor cobarde, no se meta con el hombre de a pie. ¡Venga por mí! ¡Aquí lo espero en Miraflores! ¡No se tarde en llegar, cobarde! ¡Venga por mí, cobarde!”… Debo reír con esas expresiones de los dictadores que hieren a sus ciudadanos y luego arengan que ellos darían su vida por la transf… perdón, la revolución. Con esa perorata, envalentonado, frente a una muchedumbre de siervos, Nicolás Maduro retaba al presidente gringo. A la 01:01 horas del sábado 3 de enero, el dictador venezolano fue aprehendido junto a su esposa Cilia.
Después fue otro dictador, Díaz-Canel, quien, envalentonado por la presencia de sus esbirros incondicionales y emulando a Castro y Chávez, le envió un mensaje a Trump: “El yanqui va a encontrar en Cuba una ‘resistencia inexpugnable’”. Pero ¿cómo? Si los cubanos en la isla están desnutridos. Se le olvidó incluso que sus 32 súper soldados socialistas que cuidaban a Maduro fueron barridos por los 20 gringos Delta Force que ni una salpicada de baba sufrieron.
Decía el rey T’Challa, líder de Wakanda en Pantera Negra, que “los héroes se convierten en leyendas, los villanos se convierten en mitos”. Es un mito lo que prometen, y violencia y pobreza lo que entregan. Sigue Cuba. Su rescate tiene que ver con que no son negocio para E.U., y Trump quiere sacarles provecho, lo que los “salvaría del yugo” y acabaría con el enriquecimiento del dictador que, como Maduro, cree poseer el cobijo del pueblo, al que maltrata. A veces, levantar la bandera del mártir, de la soberanía y del luchador social “no vale un pepino” cuando lo envalentonado no puede anotarse en la libretita de productos básicos a conseguir en los miserables almacenes del gobierno que vive en la opulencia.
Una Cuba con Coca-Cola
En 2005 fui a Cuba —dice el periodista—. Los turistas teníamos privilegios: buena comida, hotel con alberca, diversión nocturna, acceso a casi todo. Pero los cubanos no. Conocí en La Habana, en el “Tropicana”, a una joven que me invitó a su casa a comer. Yo pagué la carne de cerdo para ponerle al arroz porque Catalina, se llamaba, me dijo que “ella” no podía comprarla. Era una casa modesta. La señora Yoesleidi —su mamá— me comentó que “ellos” no tenían acceso a medicamentos y los hospitales no los suministraban.
Regresé al hotel, no sé si exista aún: El Nacional. Podría decirse que era lujoso. Al día siguiente compré un frasco con aspirinas y una caja de Advil Gripa y se los obsequié. Catalina me agradeció porque “ellos” no podían comprar medicinas. Eso ocurrió hace más de 20 años. Las cosas no han mejorado, incluso empeoraron. El comunismo y su revolución los ha empobrecido. Se dicen libres y esa ignorancia los tiene sometidos. Su grito de ¡patria y vida! solo alimenta la voracidad de los dictadores que los mantienen en la inmundicia.
Aunque no les entiendo cuando hablan y no quisiera discutir con algún o alguna cubana, deseo que su situación cambie. Trump tiene planes para “ellos” y tienen que aceptar que el socialismo no los ha ayudado; más bien los ha herido. No es grato que la revolución venga de la mano del “yanqui”, pero no llegará de la mano del dictador que tienen en el Palacio Presidencial. Acepten la Coca-Cola, pónganle a su ron, coman una hamburguesa y que la isla pare ya de sangrar.
El hacedor de historias tararea al salir: “Todo aquel que piense que la vida es desigual tiene que saber que no es así, que la vida es una hermosura, hay que vivirla”… Nos vemos en otro Sótano. Mi X @raulmandujano

