Vivimos en una “era de ruido”, donde el silencio se convierte en un lujo que desaparece; los teléfonos, los motores y el clamor social difuminan nuestra capacidad de conectar.
En este sentido, las y los magistrados nos enfrentamos a un dilema moderno: “no permitir que ese ruido ahogue nuestra capacidad para escuchar, comprender y decidir”.
Para las y los juzgadores, escuchar no es solo un procedimiento obligatorio; es ese pequeño punto de unión donde la fría aplicación de la ley se encuentra con la realidad humana.
Si cometemos el error de confundir el “oír” con el “escuchar atentamente”, el sistema de justicia corre el riesgo de convertirse en una maquinaria sorda que produce sentencias técnicamente perfectas, pero socialmente estériles.
Desde mi experiencia, he aprendido que la mayoría de los conflictos que terminan escalando a niveles irreconciliables no nacen de una maldad profunda, sino de una inmensa falta de comprensión.
Es decir, en los tribunales, muchas de las disputas que llegan, que pueden ir desde un conflicto con los vecinos por una barda hasta complejas peleas familiares, casi en su totalidad han terminado en “diálogos sordos”, porque mientras uno habla, el otro no está procesando sus palabras, sino que está construyendo su respuesta; afilando su argumento para ganar, en lugar de tratar de comprender para resolver el problema.
He ahí la importancia de que la persona juzgadora escuche, porque permite identificar que, detrás de esos interminables expedientes, hay una necesidad de validación.
Por eso, es necesario que el juzgador no caiga en el vicio de “crear su sentencia” mientras las partes exponen sus agravios, ya que de forma inmediata está cerrando el puente hacia una solución real.
Por el contrario, debe aplicar la escucha activa, esa que se hace con los oídos, los ojos y el corazón, y que ayuda a detectar lo que no está escrito en un papel; y que incluso, al utilizarla, sirve como una herramienta poderosa de la paz social, porque cuando se habla de acercar la justicia a las personas, no solo se trata de decidir quién tiene el derecho legal, sino de brindar a las personas la percepción de que su historia fue escuchada y deliberada; y eso, a su vez, es brindar legitimidad institucional.
Así que, la idea de bajar el volumen del ego y subir el de la atención es especialmente radical cuando se trata de impartir justicia, porque es a través de este puente de unión donde las decisiones judiciales comienzan a tener un valor moral mucho mayor y, por ende, las personas tienen la seguridad de que por fin fueron escuchadas.
Señalo aquí tres aspectos importantes que, como impartidora de justicia, considero que se deben desarrollar en todo momento para que persista el arte de escuchar:
- Presencia absoluta (silenciar el ruido mental);
- El arte de la no interrupción (dejar que las personas terminen su idea es permitir que la verdad fluya sin los filtros de la impaciencia); y
- Antes del dictado de una sentencia, preguntarse: ¿Estoy dando respuesta a lo que realmente me quisieron transmitir?
Estos aspectos auxilian a confirmar que la decisión se toma con base en los hechos, tal como fueron en realidad.
Recordemos que para las personas que se encuentran inmersas en un juicio es sumamente importante saber que se les ha escuchado, ya que, al final del día, una sentencia que no se deriva de la escucha es solamente un buen artículo; por el contrario, una sentencia que nace del entendimiento constituye la base sobre la que se asienta la armonía social. Porque @La Unión es la Clave.

