2026: El Arte Político de Tejer el 27
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2026: El Arte Político de Tejer el 27

Martes, 20 Enero 2026 00:00 Escrito por 
Reseñas y Sucesos Reseñas y Sucesos Edgar Tinoco González

En política no existen los años neutros. Hay años visibles y años silenciosos. Los primeros concentran reflectores; los segundos sirven para definir estrategias y tomar decisiones. El 2026 pertenece a esta segunda categoría: no será un año de boletas, pero sí de definiciones que permitan a los partidos llegar competitivamente a la elección de 2027.

Analicemos el Estado de México: mientras el discurso oficialista intenta dirigir la atención hacia las supermayorías federales bajo el manto de un “discurso triunfalista”, en la acera de enfrente los partidos de oposición se mueven en una lógica distinta, la de lo local, la del territorio, la de las realidades fragmentadas que no caben en una narrativa nacional uniforme.

Estudios recientes —como el de Esperanza Palma y María Cristina Osornio sobre las elecciones de 2024— muestran algo que suele ignorarse en la narrativa propagandista: aunque Morena y sus aliados logran mayorías absolutas en lo presidencial, el comportamiento por distritos y por entidades es mucho más complejo. Hay bipartidismos, tripartidismos y escenarios multipartidistas. La idea de un partido omnipresente se desdibuja cuando se baja al territorio. Es ahí donde históricamente el PRI ha sabido jugar.

El Estado de México no es una masa homogénea. Es la suma de regiones, identidades, problemas y culturas políticas distintas. Gobernar y competir en la entidad no se logra con eslóganes nacionales ni con estrategias paraguas, sino con presencia constante, con operadores que conocen las calles, con liderazgos que tienen nombre y rostro en cada comunidad.

Por eso, mientras algunos siguen creyendo que la elección de 2027 se decidirá otra vez por arrastre presidencial, sostenidos por un falaz discurso de alta popularidad, el PRI mexiquense está entendiendo algo más elemental: las elecciones intermedias se ganan sección por sección.

El 2026 será el año de la reconstrucción silenciosa. De volver a lo básico: escuchar, recorrer, recomponer liderazgos, ordenar estructuras. No se trata de nostalgia ni de repetir viejas liturgias, sino de aplicar una lógica que nunca dejó de funcionar: el territorio sigue siendo el corazón de la política.

Cada municipio tiene vida propia. Regresar la decisión y la representatividad a los líderes seccionales es esencial. Caminar colonia por colonia, barrio por barrio, calle por calle. Tocar casas y abrazar —no a la gente como un término abstracto— sino la historia que acompaña a cada una de las personas que se encuentran de frente.

La narrativa es clave en todo 2026, así lo advierte el consultor político Víctor Galicia Montiel: hoy no gana quien tiene el mejor discurso, sino quien logra, con su historia, penetrar con empatía en la mente colectiva. Esa narrativa no se instala desde un templete ni desde una mañanera: se instala escuchando la realidad de cada familia y, de este modo, las personas empezarán a hablar de quién acudió a visitarlos y escucharlos. El posicionamiento político es lograr que el nombre circule antes que la candidatura; es aquí cuando el reconocimiento antecede al voto.

Por eso, 2026 será el año del preposicionamiento. El año donde se construye la viabilidad de un proyecto político que ofrezca soluciones reales, no candidaturas. El año donde se gana la conversación sobre las posibles opciones para contrarrestar lo que le duele a cada familia, antes siquiera de que exista un nombre en la boleta.

Ahí el PRI tiene una ventaja de ideología centenaria y de operación política real: sabe moverse en el terreno. Tiene memoria de campo. Tiene cuadros que entienden que la política no es solo comunicar, sino resolver. Que la gente no vota por teorías, vota por quien le arregla el problema del agua, de la calle, del transporte, de la seguridad, de la escuela. Y el PRI sabe cómo hacerlo.

Morena, en cambio, enfrenta un desgaste natural del poder. Gobernar quita magia. Las promesas, tarde o temprano, se comparan frente a los resultados y queda en evidencia que la falta de resultados cobra facturas en el bono de la esperanza. Aquí es cuando las personas voltean a ver alternativas respaldadas en experiencia conocida, no en la fe ciega.

Territorialmente se demuestra, con datos distritales de la elección federal de 2024, que el dominio oficialista no es absoluto. Hay regiones donde la competencia es cerrada, donde el margen de victoria es mínimo y donde la oposición, que se fragua con temple, sigue siendo una alternativa real, latente, presente. Esos territorios son la semilla del 2027.

El PRI del Estado de México puede consolidar su presencia en 2026 aplicando tres acciones simples. Primero, orientar la operación política con un enfoque microterritorial: la elección no se gana con discursos nacionales, sino con causas concretas abanderadas selectivamente desde cada municipio. Segundo, hablar de cercanía no desde el marketing; por el contrario, impulsar acciones permanentes. No se trata de ir al campo solo cuando hay cámaras, sino de estar cuando hay problemas públicos que demandan opciones de solución concretas y viables, sobre un diseño profesional de política pública. Tercero, entender que la unidad no es romanticismo, es estrategia. Dividido, el PRI compite entre sí. Unido —sobre acuerdos que garanticen representatividad cupular— se vuelve una maquinaria difícil de vencer.

El PRI no busca volver al pasado; entiende que es necesario recuperar lo que nunca dejó de funcionar: escuchar, cumplir, estar y resolver. Hoy sabemos que los ciudadanos no votan por siglas, votan por rostros que les den la esperanza de un mejor mañana. Por quien ofrece orden en medio del caos, quien profesionalmente pueda vislumbrar un rumbo claro cuando todo parece improvisado.

De aquí que, cuando se tomen las decisiones, el PRI debe ser cauto frente a la nostalgia de respaldar a figuras conocidas, porque ahí habita la falacia de creer que el reconocimiento público equivale a popularidad. Una apuesta incorrecta tendrá como consecuencia un revés electoral, la ausencia de buenos gobiernos y la natural pérdida de la confianza pública.

Si el PRI mexiquense logra que 2026 sea el año del reencuentro con su territorio, con sus liderazgos reales y con sus causas locales, llegará a 2027 no como recuerdo, sino como opción viable. Porque las elecciones no se ganan cuando empieza la campaña. Se ganan cuando la gente recuerda que ser gobernada por los buenos priistas es garantía de resultados. Eso, en política, es el principio de toda victoria: sustentar en hechos la narrativa ofertada.

Como corolario importante, hay que asentar que nada de esto ocurre en el vacío; los resultados del 2027 también estarán condicionados por los artilugios que se aprueben en la mal llamada “reforma electoral” que se avecina y, desde luego, por las supermayorías —ficticias en términos de representación real— que hoy pretenden modificar las reglas del juego. En ese nuevo tablero, no solo se disputará el voto: se disputará la equidad, la competencia y la posibilidad misma de alternancia. Ahí, más que nunca, la política volverá a probar si sirve para equilibrar el poder o solo para administrar una dictadura disfrazada de hegemonía partidista.

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Edgar Tinoco González

Reseñas y sucesos