Fans, el poder político del K-Pop
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Fans, el poder político del K-Pop

Miércoles, 04 Febrero 2026 00:10 Escrito por 
Matices Matices Ivett Tinoco García

Hace algunos años organicé un pequeño concierto de K-pop en Toluca y ahí entendí algo de inmediato: casi no hizo falta difusión. El lugar se llenó fácilmente, con fans entusiastas y organizados, con una energía que muchas causas sociales envidiarían.

El concierto se realizó con apoyo de la Embajada de Corea, lo que me obligó a investigar qué era realmente el K-pop. Yo lo conocía de oídas, pero de pronto tenía que explicarlo públicamente. Así descubrí que el K-pop no es únicamente música: es una industria cultural altamente profesional, impulsada desde instancias gubernamentales, con años de formación para sus artistas, una estética cuidada, narrativas claras y una relación constante con los fans a través de redes sociales.

El K-pop forma parte de una estrategia de soft power del Estado coreano. Por eso entendí que, además de entretenimiento, es también diplomacia y política pública. Y por eso —solo por eso— una presidenta puede escribirle a un primer ministro para pedir más conciertos de BTS. No podría hacer lo mismo con Irlanda para pedirle al primer ministro que U2 venga otra vez… aunque ganas no falten.

Los fans del K-pop no son fans tradicionales. En el caso de BTS, se llaman ARMY: una comunidad global organizada, con identidad compartida, valores y reglas internas. Consumen música al tiempo que participan activamente en causas sociales, debates y acciones digitales. Aunque existen muchos fandoms en el K-pop, lo que distingue a ARMY es que trasciende lo musical y actúa como un verdadero actor político-cultural.

El K-pop no son únicamente grupos musicales, sino un detonador de activismo digital. Muchas de sus letras abordan temas como la salud mental, la desigualdad y la identidad, generando un fandom crítico, inconforme y organizado. Por eso, ARMY no podía ser un fandom obediente, sino una comunidad consciente y movilizada.

Un ejemplo famoso ocurrió en 2020 —y aquí entra Donald Trump, porque siempre entra—. Trump arranca su campaña de reelección y anuncia un mitin con estadio lleno. Boletos agotados. Euforia total. Llega el día… y el estadio está medio vacío.

¿Milagro? ¿Castigo divino? No. TikTok y los k-popers.

Se organizaron, solicitaron boletos de manera masiva… y no fueron. Un sabotaje digital perfectamente ejecutado. Trump nunca lo superó. Y de ahí su repentina obsesión con prohibir TikTok “por seguridad nacional”. Claro. Pura coincidencia. No: organización, información y comunidad.

Y llegamos a México. BTS todavía no viene, pero el desastre con los boletos ya ocurrió. Treinta y siete minutos. Todo agotado. Y de pronto, boletos en reventa… en 150 mil pesos. Eso ya no suena bien.

¿Y qué hizo ARMY? No se quedaron en el berrinche tradicional. No hicieron lo que vimos, por ejemplo, con los fans de Bad Bunny en 2022. No se limitaron a quejarse. Entendieron el sistema. Y fueron directo al punto clave: Profeco.

ARMY desplegó estrategias de movilización digital altamente sofisticadas. Se organizaron de forma transnacional usando redes sociales, Telegram, WhatsApp, TikTok, X e Instagram. Analizaron datos, compararon precios, documentaron la tarifa dinámica, reunieron pruebas y presentaron denuncias claras y coordinadas.

Pero no se quedaron ahí. Lanzaron campañas para no alimentar la reventa —“No es amor si compras reventa”—, infiltraron grupos de revendedores, identificaron números telefónicos, nombres y cuentas bancarias. Compartieron esta información no para linchar, sino para proteger a la comunidad. Utilizaron el sistema fiscal, enviaron datos al SAT, denunciaron ingresos no declarados y aplicaron tácticas de saturación que hicieron inviable el negocio de la reventa.

El impacto institucional fue inmediato. Más de 4,700 denuncias formales ante Profeco en menos de 48 horas. Multas millonarias a Ticketmaster. Exigencias de transparencia en precios, mapas y preventas. Vigilancia sobre plataformas internacionales de reventa. Un precedente histórico: fans obligando a la transparencia.

Y aquí está la idea de fondo: esto no era solo un concierto. Era una demanda de justicia. ARMY no pedían más fechas ni favores presidenciales. Pedían equidad, transparencia, acceso justo y el fin de la gandalla normalizada. El problema no fue que no alcanzaran boletos, sino que una o dos fechas completas terminaran en manos de revendedores.

Este caso demuestra algo fundamental: el activismo digital sí funciona. Las nuevas generaciones sí se organizan. Solo que lo hacen con otras herramientas, desde la cultura, desde lo emocional y desde lo colectivo.

Quizá no todos escuchamos K-pop. Pero vale la pena escuchar lo que este fenómeno nos está enseñando: ser fan también puede ir acompañado de conciencia, estrategia y una lección magistral de cómo incomodar al poder con boletos, hashtags y un corazón morado.

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Ivett Tinoco García

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