La vida es eso que pasa mientras miramos la pantalla
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La vida es eso que pasa mientras miramos la pantalla

Miércoles, 28 Enero 2026 00:10 Escrito por 
Matices Matices Ivett Tinoco García

Hay escenas que se repiten tanto que ya casi no las vemos. Uno entra a un restaurante, a una cafetería cualquiera, y ahí están: dos personas sentadas frente a frente, una pareja quizá, cada una inclinada sobre la luz fría de su teléfono celular. No hablan. No se miran. Están juntos, pero no están ahí. Y uno se pregunta, casi sin querer: ¿en qué parte del mundo andarán conectados?, ¿a qué historias estarán prestando atención mientras desperdician ese instante irrepetible de tener, justo enfrente, a alguien de carne y hueso?

Porque convivir no es sólo compartir una mesa. Convivir es exponerse. Es permitir que el otro nos interrumpa, nos interpele, nos incomode, se burle un poco de nosotros o nos mueva el corazón. Y eso, en estos tiempos de conectividad constante, parece cada vez más difícil. La tecnología —que prometía acercarnos— no rompe los vínculos por maldad, sino por saturación: estamos tan disponibles para todos que dejamos de estar disponibles para quien nos mira.

Hace poco vi una escena así, en una cafetería pequeña. Él estaba completamente abducido por su celular. Concentrado, serio, deslizando el dedo por la pantalla como si ahí se jugara algo decisivo. Ella, en cambio, quería ser escuchada. Nunca sacó su teléfono. Hablaba. Contaba cosas. Se respondía porque no encontraba eco. Se reía sola, se sorprendía sola. A ratos se echaba hacia atrás por la gracia que le causaban sus propias ocurrencias.

Él se comportaba como si estuviera solo. Ella, en cambio, insistía en el contacto, rozaba el aire con frases que siempre comenzaban igual:

—¿Sabes, Toño…?

—Te cuento, Toño…

Y entonces vino la historia. Le preguntó si se acordaba de aquel novio de la adolescencia, el que después se hizo piloto. Toño no levantó la vista. Ella siguió, porque hay recuerdos que no saben esperar. Le dijo que lo había visto el día anterior. Que estaba segura.

—Salí al balcón, Toño, y vi un avión zurcando el cielo. En ese momento lanzó una luz… pero una luz, Toño, que me iluminó toda. Te juro que me reconoció.

Lo decía con una emoción tan limpia que parecía contagiosa.

—Me estaba saludando. Me puse a llorar de la emoción y me fui a dormir así, con el corazón encendido.

Toño seguía desplazando el dedo sobre la pantalla de su celular. Quizá leyendo un mensaje urgente. Quizá viendo un video de gatos. Nunca lo sabremos.

Ella terminó la historia, dio un sorbo al café y añadió, como quien coloca el punto final:

—Después se lo conté a mi tía, Toño, y ella me dijo: “Esas cosas pasan, hija”.

Toño nunca se enteró. Esa historia —íntima, luminosa, absolutamente inútil para el mercado pero enorme para la vida— se perdió en su silencio digital. No quedó registrada, no tuvo “me gusta”, no fue compartida. Simplemente ocurrió… y yo, que estaba sola en ese momento, decidí escucharla, con esa curiosidad casi culpable de quien se vuelve intrusa por humanidad.

Y ahí aparece la pregunta que no me deja en paz: ¿cuántas cosas pasan sin que nadie las escuche? ¿Cuántas historias se evaporan porque no hubo oído, ni mirada, ni presencia? Vivimos en una época que privilegia la información sobre la experiencia, el mensaje sobre el encuentro. Nos comunicamos mucho, pero nos escuchamos poco. Decimos “estoy”, cuando en realidad estamos en otra parte.

La presencia es un acto ético. Escuchar al otro es reconocerlo como alguien irrepetible. Pero cuando el rostro queda fuera de foco, eclipsado por una pantalla, no sólo se pierde atención: se pierde humanidad. Y no es un detalle menor. La mesa, la charla, el silencio compartido —esos rituales mínimos donde se tejían los afectos— hoy compiten contra notificaciones que nunca se cansan.

Y, sin embargo, lo más grave no es perder información, sino perder sensibilidad. Dejar de sonreír cuando alguien nos comparte algo. Dejar de sentir el temblor de una voz emocionada. Dejar pasar historias que no volverán a contarse igual.

Tal vez por eso la escena termina siendo irónica: Toño nunca supo que un avión iluminó la vida de alguien a menos de un metro de distancia. Y quizá esa sea la gran paradoja de nuestro tiempo: tenemos señal, wifi y batería… pero a veces no tenemos a nadie verdaderamente en línea frente a nosotros.

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Ivett Tinoco García

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