El periodista sorbe lentamente de su café mexicano sin azúcar y observa sin mirar nada hacia el exterior de esa rústica cafetería del Centro Histórico. Las cifras en México sobre asesinatos, desapariciones y ataques del crimen organizado lo llevan a pensar en cuál sería la fórmula para combatir la violencia. La paz no parece ser ya el remedio. El apóstol Pablo refería en su Epístola a los Romanos que “Satanás fue juzgado y aplastado bajo los pies de Cristo en la Cruz”. Pero el demonio volvió… y quizá con más terror.
El amanuense ha sido testigo y, en muchas ocasiones, narrador de páginas neurálgicas de la historia. Una de ellas, aquella noche del 9 de noviembre de 1989, con la caída del “Muro de Berlín”. Alemania Oriental, la socialista, tenía secuestrados y torturaba a sus ciudadanos.
El muro era un sistema de control fronterizo. Había dos murallas, una interna y otra externa; vallas electrificadas, torres de vigilancia, perros guardianes, una zanja antiv ehículos y miles de policías y soldados que podían disparar a quien intentase cruzar la fortificación. Se cree que al menos 262 personas murieron al intentar huir del muro entre 1961 y 1989.
Cuando las cosas parecían estar en paz tras la caída, el líder iraquí Saddam Hussein, en 1990, invadió Kuwait, incidente por el que el mundo reaccionó de forma ortodoxa ante la furia de Saddam y Estados Unidos encabezó la “Operación Tormenta del Desierto” o “la madre de todas las batallas”, que a la postre se convertiría en la primera guerra transmitida “en vivo” por la televisión.
Hussein fue capturado el 13 de diciembre de 2003 durante la “Operación Amanecer Rojo”, llevada a cabo en Ad-Dawr, donde se ocultaba en una guarida subterránea conocida como “Wolverine 1”.
Lo que se transmitía rebasaba cualquier escena de la imaginación. Era sacado de ese agujero como una rata, de los cabellos, para luego ser conducido en un operativo impresionante a una base militar, hasta el 30 de diciembre de 2006. Ese día, a las 6 de la mañana, se cumplió la condena a muerte del dictador que gobernó despiadadamente durante 24 años.
Dos verdugos le colocaron la soga al cuello. No quiso que le cubrieran la cara. Las imágenes transmitidas brevemente por la CNN mostraban su cuerpo balanceándose por el lazo de la horca entre gritos de júbilo. Tal era el escándalo del festejo, que se escuchaba muy poco lo que el periodista relataba. Al final, solo se oyó: “El cuerpo de Saddam está frente a mí. Se acabó”.
El demonio
Muchos relatos de crueldad han sido documentados por periodistas e investigadores. Un sinnúmero de ellos coincide en que, al menos, 8 mil personas fueron secuestradas y desaparecidas durante el régimen de Saddam Hussein. Testimonios de testigos y víctimas sobrevivientes refieren que cientos de prisioneros fueron ejecutados en máquinas trituradoras. Esos actos exponían la brutalidad sin límites de su régimen.
Saddam también arremetió contra poblaciones enteras y las destruyó, en algo que llamó la operación “Anfal”. Se estima que alrededor de 182 mil kurdos fueron asesinados durante ese genocidio. Otro caso fue el ataque contra Halabja, donde las fuerzas iraquíes utilizaron armas químicas (gas mostaza) para bombardear a los combatientes kurdos que apoyaban al ejército iraní. Este ataque dejó miles de muertos y un legado de enfermedades en la población.
Y en todas las masacres, violencias y guerras, en cualquier parte del mundo, existe un detonante en común: la presencia de dictadores, de regímenes totalitarios y socialistas. Y no es que los otros sean mejores, solo que las señales son inequívocas. Nos vemos en otro Sótano. Mi X: @raulmandujano

