Washington y Tel Aviv golpean a Teherán: el tablero del Medio Oriente se redefine
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Publicado en Opinión

Washington y Tel Aviv golpean a Teherán: el tablero del Medio Oriente se redefine

Miércoles, 04 Marzo 2026 00:00 Escrito por 
Inventario Inventario Jorge Olvera García

El 3 de septiembre de 1939, Arthur Neville Chamberlain, primer ministro del Reino Unido, cuya figura está estrechamente relacionada con el estallido previo a la Segunda Guerra Mundial, sentenciaba lo siguiente a través de radiofrecuencia: “Debo decirles que no hemos recibido garantía alguna; y, en consecuencia, este país está en guerra con Alemania”.

Esa declaración fue una advertencia, pero más que una advertencia se convirtió en el testimonio de un hecho que marcó el curso de la historia y que hoy, a más de medio siglo, parece ser una continuación del umbral de la devastación que Europa, el mundo y la humanidad ya han atravesado.

Decía Isidro Fabela Alfaro que “El idioma es el vínculo que más une a los hombres entre sí; los acerca, los junta, los hermana. Los pueblos que hablan la misma lengua se sienten atraídos unos a otros, porque el habla es esencia del espíritu, es su irradiación, es su verbo”. Esta sentencia cobra más sentido que nunca, dado que no hablamos del gran internacionalista como figura ornamental, sino como principio y como conciencia de las relaciones internacionales.

Lastimosamente, ese principio que con gran acierto Isidro Fabela pronunció a mediados del siglo pasado no tuvo lugar en este conflicto que, día con día, se va agravando.

Diversas fuentes con periodistas de prestigio en medios como The Washington Post, The Guardian, Reuters y Le Monde indican que las negociaciones entre Estados Unidos y representantes del gobierno de Irán llegaron a un punto de no retorno cuando se propuso la idea de que este último llevara a cabo de forma progresiva su desmantelamiento nuclear, porque en palabras del secretario Rubio: “Esta gente toma decisiones políticas basándose en pura teología. Así es como toman sus decisiones. Así que es difícil llegar a un acuerdo con Irán”.

El ataque conjunto de Estados Unidos e Israel contra Irán no es un episodio más en la larga cadena de tensiones en Medio Oriente. Es un movimiento de alto calibre estratégico. Un golpe quirúrgico en lo militar, pero expansivo en lo político. Los misiles que acabaron con el ayatola Alí Jamenei y con altos mandos civiles y militares no solo cayeron sobre un punto estratégico —propuesto por la CIA y la inteligencia israelí—; cayeron también sobre el equilibrio mundial detonado en el Medio Oriente y que hoy tiene devastadoras consecuencias a nivel político, económico y global.

El mundo se está preparando para lo que se avecina. Ya lo decía Macron en un discurso con una carga simbólica, emotiva, puntual e histórica al dar a conocer que Francia incrementará su arsenal armamentístico y nuclear: “Nuestro país tiene esta arma fuera de lo común, que es la base de nuestra defensa. La decisión última de utilizarla es del presidente. No dudaré en tomar la decisión que sea indispensable para la protección de nuestros intereses vitales”, y además agregó: “Para ser libre, hay que ser temido. Y para ser temido, hay que ser potente".

El Medio Oriente es un tablero donde cada movimiento genera ondas sísmicas. La caída de un régimen en Irán no solo impactaría a Teherán; alteraría el equilibrio regional, redefiniría alianzas y tensionaría aún más las rutas energéticas y los mercados globales. Turquía, Arabia Saudita, Rusia, China, Europa: todos recalibrarían su posición.

La historia estadounidense está marcada por intervenciones que comenzaron con claridad moral declarada y terminaron en laberintos políticos imprevisibles.

Para el pueblo iraní, en cambio, el escenario es más íntimo y más doloroso. No es un tablero; es su vida cotidiana. Es la incertidumbre sobre el mañana. Es la tensión entre el deseo legítimo de mayor libertad y el miedo a un colapso que multiplique la precariedad.

Estamos ante un momento de reconfiguración profunda. No sabemos si asistimos al nacimiento de una transición histórica o al umbral de una etapa todavía más inestable. Lo incierto es el desenlace; lo cierto es que, incluso en medio del estruendo, el lenguaje de la concordia y del humanismo deja siempre una pregunta abierta —esa que alguna vez formuló Fito Páez—: ¿quién dijo que todo está perdido?

En política internacional, la audacia puede parecer fortaleza. Pero es la prudencia la que revela inteligencia, y la diplomacia la que permite que el poder no renuncie a la humanidad. Porque, como advertía San Agustín de Hipona, el propósito último de toda guerra debería ser la paz. La cuestión es si sabremos recordarlo antes de que el costo sea irreversible.

 
 
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