Evadir una responsabilidad puede ser muy sencillo. A través del lenguaje, existen diferentes expresiones que nos permiten justificar un comportamiento o la inacción frente a un acto que podría ser injusto o perjudicial para alguien más.
En su libro “Comunicación No Violenta. Un lenguaje de vida”, Marshall Rosenberg —impulsor de ese modelo de comunicación— nos permite hacernos conscientes de la manera como afrontamos los desafíos que enfrentamos en el mundo, en la vida diaria e incluso en los ámbitos familiar, laboral y político, y de qué manera es posible avanzar en la solución de situaciones conflictivas.
Al exponer los elementos que integran la Comunicación No Violenta (CNV), el autor explica que “somos peligrosos cuando no somos conscientes de la responsabilidad por nuestro comportamiento, pensamientos y sentimientos”. Para ello, recupera el punto de vista del novelista y periodista francés Georges Bernanos cuando dijo:
“Hace mucho tiempo que pienso que si llega el día en que la creciente eficiencia de la técnica de la destrucción hace que nuestra especie acabe desapareciendo de la Tierra, no será la crueldad la responsable de nuestra extinción, ni mucho menos, por supuesto, la indignación que despierta la crueldad, ni las represalias y venganzas que trae consigo..., sino la docilidad, la falta de responsabilidad del hombre moderno, su servil aceptación básica de los códigos vigentes. Los horrores de los que hemos sido testigos y los horrores aún peores que veremos no indican que en el mundo esté aumentando el número de los rebeldes, los insubordinados e indomables, sino que lo que aumenta de manera constante es el número de hombres obedientes y dóciles”.
Es ahí —en la docilidad del ser humano— donde se identifica el mayor riesgo para la propia humanidad: cuando guardamos silencio ante algo que se hace mal o que definitivamente provoca un daño a otra persona, a nosotros mismos o a una comunidad. Porque nos han educado —y educamos— para la obediencia y no para ejercer el pensamiento crítico, ni para dialogar con argumentos o para defender nuestra integridad y nuestros derechos.
Ante esa docilidad viene a la mente la cita del pastor protestante que se opuso al régimen nazi, Martin Niemöller (1892-1984):
“Primero vinieron por los socialistas, y guardé silencio porque no era socialista. Luego vinieron por los sindicalistas, y no hablé porque no era sindicalista. Luego vinieron por los judíos, y no dije nada porque no era judío. Luego vinieron por mí, y para entonces ya no quedaba nadie que hablara en mi nombre”.
Y en muchos terrenos de la vida pública esa parece la consigna: guarda silencio y estarás bien, aunque nada garantiza que la protección esté asegurada ni que las cosas puedan mejorar; por el contrario, el silencio se convierte en el mejor escudo ante los abusos del poder, porque “nadie se queja, solo tú”, y entonces nos habituamos a que las cosas se hagan mal o a que provoquen un daño a alguien más.
Por ello, expresar nuestras expectativas, sentimientos y necesidades se convierte en una herramienta preventiva de cualquier abuso o situación que pudiera afectarnos.
Por ejemplo, en el ambiente laboral, la indiferencia premeditada, el silencio que pretende manipular, las respuestas evasivas, los señalamientos y rumores para desprestigiar, así como las acciones para aislar y desestabilizar, son expresiones de violencia pasiva y podrían constituir violaciones a la NOM-035-STPS-2018, que regula factores de riesgo psicosocial en el trabajo, cuyas multas pueden superar el millón de pesos, dependiendo del caso.
En México, cualquier comportamiento o acción dentro del lugar de trabajo que sea injusto, ventajoso o que cause daño emocional o físico al trabajador se considera como abuso laboral, y se integra por conductas que generalmente implican abuso de poder por parte de un superior o compañeros de trabajo y se manifiestan con presión psicológica, incumplimiento de derechos, carga excesiva de tareas, discriminación, condiciones de trabajo peligrosas y acoso laboral (mobbing).
En esa perspectiva, aprender la aplicación del modelo de CNV podría ser una forma de poner límites y prevenir agresiones pasivas o físicas, y evitar riesgos y daños psicosociales.
A partir de los cuatro pasos: 1) observación sin juicio de lo que sucede, 2) expresión de sentimientos, 3) establecimiento de necesidades y 4) petición clara positiva sin exigencias, el proceso está encaminado a reducir la agresividad y el estrés, y se ha demostrado que tiene impacto en la resolución de conflictos y en la salud emocional.
Ojalá que se tomaran medidas pertinentes en todos los ambientes escolares y laborales para enseñar la CNV, porque —de lo contrario— los entornos agresivos y tóxicos podrían no terminar.

