El ejercicio del poder siempre genera desgaste. En el ámbito que sea —público o privado— y entendido como la capacidad para lograr que otras personas hagan o dejen de hacer algo, la toma de decisiones desde una posición de autoridad implica satisfacer las necesidades, expectativas o deseos de un sector y provocar la molestia, decepción o frustración de otros, porque decidir implica renunciar a algo.
La velocidad de ese desgaste está en función de la capacidad para gestionar las necesidades y demandas de la comunidad que se dirige y se relaciona con las competencias personales para liderar el espacio. Ser líder implica escuchar, dialogar, entender, comprender, pensar, explicar, persuadir y determinar una ruta clara de hacia dónde se caminará.
Sin embargo, generalmente habrá desgaste y ello no implica que no pudiera fortalecerse. Hay personas quienes, en el ejercicio del poder, no solo no se desgastan, sino que se fortalecen.
Lamentablemente son casos contados, porque como lo advirtió lord Acton: “El poder corrompe; el poder absoluto corrompe absolutamente”, y por ello son necesarios los contrapesos.
Cuando se analiza el ejercicio del poder, es importante tener presente la reflexión de Bárbara Tuchman (premio Pulitzer en 1962 y 1971), porque somos menos conscientes de que el poder genera locura, de que el poder de mando impide a menudo pensar, de que la responsabilidad del poder muchas veces se desvanece conforme aumenta su ejercicio. La general responsabilidad del poder es gobernar de la manera más razonable posible en interés del Estado y de los ciudadanos. En ese proceso es una obligación mantenerse bien informado, prestar atención a la información, mantener la mente y el juicio abiertos y resistirse al insidioso encanto de la estupidez. Si la mente está lo bastante abierta como para percibir que una determinada política está perjudicando, en vez de servir al propio interés; lo bastante segura de sí misma como para reconocerlo; y lo bastante sabia para cambiarla, eso es el súmmum [grado más alto] del arte de gobernar.
Lamentablemente, cada vez son más los casos —o al menos más visibles— de personas que ostentan un poder (aunque sea menor) e incurren en la estupidez de tomar decisiones que no necesariamente atienden el beneficio de la mayoría de la gente.
David Owen, en su obra En el poder y la enfermedad, expone casos de jefes de Estado y de Gobierno que ejercieron sus responsabilidades con padecimientos médicos claramente diagnosticados o que manifestaron comportamientos que podrían asociarse a una enfermedad o con síndromes que configuraban su manera de tomar decisiones.
De manera particular, expone el caso de la “hybris”, que implica una pérdida de capacidad y ocurre cuando las personas que lideran en la política, por su éxito, llegan a “sentirse excesivamente seguros de sí mismos y despreciar los consejos que van en contra de lo que creen, o en ocasiones toda clase de consejos, y que empiezan a actuar de un modo que parece desafiar a la realidad misma. La consecuencia es habitualmente, aunque no siempre, la némesis”.
Por ello resulta fundamental observar a quienes ejercen el poder y procurar que quienes les rodean se conduzcan con ética y honestidad al exponer su manera de ver las cosas, porque la experiencia indica que, al no haber contrapesos, el liderazgo termina llevando a todos hacia un escenario de pérdida o derrota, y lo peor es que termina afectando a toda la comunidad.
Una señal inequívoca de que la hybris está apareciendo en quien ejerce el poder es cuando aplica la descalificación permanente de quienes “se atreven” a pensar diferente o a señalar los errores de su desempeño, acusándoles de “enemigos” o atribuyéndoles características que los colocan como “personas malas”. Cuando alguien que tiene poder carece de la capacidad para escuchar y dialogar las diferencias, y para construir nuevas alternativas de desarrollo, se avanza hacia la confrontación y se impide el desarrollo.
Y quienes ejercen el poder pierden de vista algo fundamental: el poder es efímero y no dura para siempre. Tarde o temprano dejarán ese espacio de protección y es entonces cuando recibirán el ajuste de cuentas. Ojalá que seamos más conscientes de observar y señalar a quienes aspiran al poder para elegir correctamente, porque como lo advirtió Huang-ti (259-210 a. C.): “Si una persona llega a ocupar un cargo de autoridad que excede sus virtudes, todos sufrirán”.

