El bocado del corazón
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El bocado del corazón

Jueves, 09 Julio 2026 00:05 Escrito por 
Matices Matices Ivett Tinoco García

Hay algo profundamente humano en la manera en que comemos. A veces lo olvidamos. En medio de la prisa, del trabajo, de las notificaciones y de esta costumbre moderna de vivir mirando una pantalla, comer termina siendo apenas una pausa para seguir funcionando.

Hace poco encontré en Instagram un fragmento de la serie Nada en el que Luis Brandoni hablaba sobre una idea atribuida a la gastronomía china: los tres bocados. El Wen, el bocado del hambre, el que responde a la necesidad. El Zhao, el bocado de la elección, ese momento en el que comemos porque algo nos gusta, porque disfrutamos el sabor. Y, finalmente, el Wogh, el bocado del corazón: aquel que conecta con los aromas, los recuerdos, la historia propia, las emociones y la memoria.

La idea me dejó pensando en algo tan cotidiano como sentarse a la mesa. ¿Con qué frecuencia lo hacemos realmente desde el corazón?

Basta mirar las calles de cualquier ciudad: torterías, taquerías, fondas, mercados, cafeterías, restaurantes, pizzerías. Lugares donde todos buscamos saciar el hambre. Algunos, además, tenemos la posibilidad de elegir. Pero, incluso quienes podemos hacerlo, ¿cuántas veces nos damos el tiempo de habitar ese momento? ¿Cuántas veces dejamos de comer con prisa para realmente saborear, conversar y sentir?

Vivimos en una época que nos empuja constantemente hacia adelante. La competitividad nos exige producir y la conectividad nos mantiene disponibles prácticamente todo el tiempo. Pareciera que descansar, detenerse o simplemente contemplar se ha convertido en un lujo. Y quizá lo sea. Porque no todas las personas tienen la posibilidad de elegir qué comer, ni mucho menos de hacerlo sin preocupación. Por eso, quienes sí tenemos esa oportunidad, aunque sea de vez en cuando, quizá deberíamos asumirla con más conciencia, con más gratitud y con menos prisa.

En mi caso, los lunes suelen convertirse en un pequeño refugio. Estoy con Julia, mi madre, y entonces la comida adquiere otro ritmo. Aparecen los sabores de siempre, los aromas familiares y la sobremesa sin reloj. Cada platillo abre una puerta distinta hacia los recuerdos. Hay algo profundamente reconfortante en compartir la mesa con quienes amamos, como si, por un momento, la vida volviera a encontrar su centro.

Aunque no cocino tan seguido como me gustaría, cuando lo hago para mis hijos se convierte en uno de esos pequeños placeres que justifican detener el tiempo. Mientras corto las verduras, pruebo una salsa o espero a que un guiso alcance ese punto exacto de sabor, pienso inevitablemente en ellos: en lo que les gusta, en aquello que seguramente repetirán, en la expresión de su rostro cuando algo les sorprende. Me gusta imaginar que, sin proponérmelo, cada comida también va tejiendo recuerdos. Quizá algún día no recuerden exactamente qué cenamos un martes cualquiera, pero sí el aroma que escapaba de la cocina, las conversaciones alrededor de la mesa o la certeza de que alguien preparó esa comida pensando en ellos. Después de todo, la memoria también tiene sabor.

Cocinar para mi familia posee una magia distinta. Siempre pienso qué preparar, casi de manera inconsciente, con la secreta intención de que nadie tenga prisa por levantarse de la mesa. Me gusta recorrer el mercado, elegir con cuidado los ingredientes, detenerme en los colores de las frutas, en el perfume de las hierbas frescas, en la textura de los quesos y en el pan recién horneado. Hay algo profundamente satisfactorio en imaginar cómo cada ingrediente encontrará su lugar hasta convertirse en una comida compartida. Comer juntos es, en el fondo, una manera de recordarnos que seguimos aquí, sosteniéndonos unos a otros, incluso cuando la vida se acelera o los días pesan demasiado.

Los chiles en nogada, las chimichangas, la ensalada roja y los tamales canarios forman parte de esos rituales culinarios que disfruto especialmente. No solo por el resultado final, sino por todo lo que sucede antes: las manos ocupadas, las recetas que se comentan mientras alguien ayuda a picar un ingrediente, las risas que aparecen sin esfuerzo, las copas que se sirven antes de sentarse a la mesa y esa sensación, cada vez más escasa, de que durante unas horas el reloj deja de tener importancia.

Con los amigos ocurre algo parecido. He descubierto que una buena comida tiene la extraordinaria capacidad de prolongar las conversaciones y hacer que el tiempo pierda su prisa. Alrededor de la mesa, los problemas encuentran otra perspectiva, las buenas noticias se celebran con más intensidad y los silencios dejan de ser incómodos para convertirse en otra forma de compañía.

También he aprendido a disfrutar la mesa cuando estoy sola, pero no desde la soledad, sino desde el cuidado. A veces me preparo algo que realmente me gusta, pongo música, sirvo una copa de vino y coloco un pequeño florero. Son gestos sencillos que transforman una comida cualquiera en un momento de calma. Cocinar para mí misma se vuelve entonces una forma de presencia, una manera de recordarme que también merezco tiempo, belleza y atención. Porque cocinar —para uno mismo o para quienes ama— puede ser uno de los actos más discretos y, al mismo tiempo, más profundos de amor.

En los últimos meses, además, he tenido la fortuna de participar en varias tertulias gastronómicas. Más que aprender recetas, he aprendido a mirar los alimentos de otra manera. A elegir los ingredientes con paciencia, a catarlos con todos los sentidos, a descubrir los matices de un queso, de una tortilla recién hecha, de una fruta en su punto exacto de maduración o de un buen vino. He comprendido que los alimentos tienen identidad, historia, origen y nombre; que son muy distintos de esos productos ultraprocesados que acumulan ingredientes para intentar parecer lo que nunca fueron. Tal vez por eso ahora disfruto más cocinar: porque detrás de cada ingrediente descubro el trabajo de quienes lo cultivaron, de quienes lo elaboraron y de quienes lo llevaron hasta nuestra mesa. Y esa conciencia también transforma el sabor.

Quizá eso fue lo que más me dejó esta filosofía de los tres bocados: la invitación a detenernos. A volver a conectar con la vida a través de las pequeñas cosas. A entender que no todo momento necesita ser eficiente, rápido o productivo. Hay experiencias que solo existen cuando bajamos la velocidad: el aroma de una tortilla recién hecha, el café compartido al terminar la comida, una conversación que se alarga sin mirar el reloj, una receta que sabe a infancia o un platillo que nos devuelve, aunque sea por un instante, a las personas que más queremos.

Tal vez el verdadero lujo de estos tiempos no consista en tener más, sino en sentir más profundamente aquello que ya tenemos. Porque, al final, las mejores mesas no son las más elegantes ni las más abundantes. Son aquellas alrededor de las cuales nos sabemos queridos, escuchados y acompañados. Y quizá, entre tantos pendientes, pantallas y prisas, todavía podamos regalarnos, de vez en cuando, ese pequeño milagro cotidiano que consiste en compartir un auténtico bocado del corazón.

 
 
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