De la Utopía a la vida en común: por qué celebramos el Día del Politólogo
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De la Utopía a la vida en común: por qué celebramos el Día del Politólogo

Martes, 23 Junio 2026 00:10 Escrito por 
Matices Matices Ivett Tinoco García

¿Por qué celebramos el Día del Politólogo? La respuesta nos conduce a uno de los grandes clásicos de nuestra disciplina. El 6 de julio se conmemora la publicación de Utopía, de Tomás Moro, y me gusta pensar que hay algo profundamente simbólico en ello. Porque Moro no escribió un manual para conquistar el poder, ni una guía para ganar elecciones, ni un libro para acumular cargos públicos. Se planteó, en cambio, una pregunta sencilla y, al mismo tiempo, extraordinaria: ¿cómo podría organizarse una sociedad mejor?

Más de quinientos años después, esa sigue siendo la pregunta que acompaña a quienes decidimos estudiar y ejercer la Ciencia Política. En el fondo, eso es lo que hacemos las y los politólogos: preguntarnos constantemente cómo construir instituciones más justas, gobiernos más eficaces, sociedades más incluyentes y formas más dignas de convivencia.

La Utopía de Tomás Moro no era un plano arquitectónico destinado a ser copiado literalmente; era, sobre todo, una provocación intelectual, una invitación a imaginar que las cosas podían ser distintas. Y quizá por eso sigue teniendo sentido celebrar nuestro día a partir de esa obra, porque si algo necesita la política contemporánea es recuperar la capacidad de imaginar alternativas.

Me gusta pensar que las y los politólogos somos una suerte de médicos sociales. Así como un médico estudia la anatomía del cuerpo humano, nosotros estudiamos la anatomía del sistema político. Analizamos cómo funcionan sus órganos vitales, dónde circula el poder, qué ocurre cuando una institución deja de responder y dónde aparecen las enfermedades de la corrupción, la desigualdad o la exclusión.

Después intentamos formular tratamientos. No con medicamentos, sino con políticas públicas; no con bisturíes, sino con diagnósticos; no con recetas médicas, sino con propuestas capaces de fortalecer la vida colectiva y evitar que el sistema colapse.

Y aunque muchas veces, cuando somos estudiantes, nos preguntamos para qué sirve leer a Hobbes, Rousseau, Marx, Weber o Hannah Arendt, la respuesta suele llegar años después. Porque al egresar nadie nos preguntará por el imperativo categórico de Kant ni por la dialéctica de Hegel en una reunión de trabajo. Tampoco tendremos que explicar las diferencias entre Rosa Luxemburgo y Bakunin mientras alguien tramita una licencia municipal.

Sin embargo, esas lecturas permanecen. Se quedan con nosotros. Se convierten en una brújula invisible.

A veces es Hannah Arendt recordándonos que la política solo existe cuando somos capaces de actuar juntos. A veces es Rosa Luxemburgo preguntándonos si realmente estamos escuchando a quienes no tienen voz. A veces es Weber advirtiéndonos sobre los riesgos de la burocracia. Y otras veces es Maquiavelo recordándonos que gobernar el mundo real es mucho más complejo que hacerlo desde los buenos deseos.

Y vaya que vivimos tiempos complejos.

El filósofo español Daniel Innerarity sostiene que vivimos en sociedades donde la complejidad crece más rápido que nuestra capacidad para comprenderla. Basta abrir cualquier red social para comprobarlo. Tenemos más información, más datos y más opiniones que nunca; pero, paradójicamente, a veces entendemos menos que antes.

Yuval Noah Harari afirma que el verdadero poder del siglo XXI reside en la capacidad de procesar información. Pienso que quizá el desafío más importante ya no sea acceder a ella, sino distinguir qué merece realmente nuestra atención. Porque información no es conocimiento; conocimiento no es sabiduría; y la sabiduría no es lo mismo que un video de treinta segundos en TikTok, aunque algunos influencers piensen lo contrario.

Como señala Alessandro Baricco, no estamos frente a un simple cambio tecnológico, sino ante una nueva forma de relacionarnos con el mundo, con el tiempo, con el conocimiento, con la autoridad y con la política. Precisamente por eso necesitamos más politólogos y politólogas, no menos. Necesitamos personas capaces de pensar en el largo plazo, de construir instituciones, de generar acuerdos en medio de la polarización y de recordar que detrás de cada indicador, cada presupuesto y cada política pública existen personas concretas.

Y si algo quisiera compartir hoy, especialmente con las generaciones más jóvenes, es que no podemos renunciar a esa responsabilidad. Mi generación tiene el deber de actualizarse, comprender los cambios y construir puentes. Las nuevas generaciones tienen una responsabilidad igualmente importante: comprometerse con su tiempo, no conformarse con observar y no limitarse a consumir información.

Participar. Cuestionar. Construir.

Porque el futuro no llega por decreto; el futuro se construye.

Por eso regreso a Tomás Moro. Quizá el verdadero trabajo de una politóloga o un politólogo no consista únicamente en administrar lo que existe, sino también en imaginar aquello que todavía no existe. Atreverse a pensar que las instituciones pueden mejorar, que las comunidades pueden fortalecerse, que los gobiernos pueden servir mejor a las personas y que la política puede ser algo más noble que la caricatura que con frecuencia vemos de ella.

Si dejamos de imaginar un futuro mejor, dejamos de hacer política y nos limitamos a administrar inercias. Y precisamente por eso seguimos necesitando utopías. No porque vayan a realizarse exactamente como las imaginamos, sino porque nos ayudan a no perder de vista el horizonte hacia el que queremos avanzar.

Quizá los soñadores no atraviesen su mejor momento. Sin embargo, sigo creyendo que necesitamos personas capaces de imaginar horizontes mejores. Que nunca olvidemos que elegimos una profesión que trabaja con el material más complejo, más frágil y más valioso que existe: la vida en común.

Que allí donde nos toque servir —en un municipio, una comunidad, una universidad, una institución o un gobierno— tengamos siempre la valentía de pensar, la sensibilidad para escuchar y la voluntad de transformar.

Porque ser politólogo no es solamente una ocupación; es una forma de asumir la responsabilidad de nuestro tiempo. Es comprender que las sociedades no mejoran por inercia, sino por la acción de mujeres y hombres dispuestos a construir acuerdos, fortalecer instituciones y servir al bien común.

Y cierro con una convicción personal. En una época que suele confundir el éxito con la acumulación de poder, conviene recordar que la verdadera estatura ética de una persona no se mide por aquello que puede hacer, sino por aquello a lo que decide renunciar. Porque hacer lo correcto, simplemente porque es lo correcto, sigue siendo uno de los actos más difíciles —y más revolucionarios— de nuestro tiempo.

Hago votos para que tengamos la lucidez de reconocer las tentaciones del poder, la prudencia para resistirlas y la valentía para renunciar a ellas cuando sea necesario. Porque, al final, la integridad no se construye a partir de los cargos que ocupamos, sino de los límites que somos capaces de imponernos a nosotros mismos.

Entre la realidad que vivimos y la sociedad que aspiramos a construir existe un puente. Un puente que se edifica todos los días con ideas, compromiso, diálogo, integridad y servicio público.

Y ese puente tiene un nombre: se llama política.

¡Feliz Día de las y los politólogos!

 
 
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Ivett Tinoco García

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