El Photoshop emocional: cómo sobrevivimos a los bulbos y al casete
DigitalMex - Periodismo Confiable
Publicado en Opinión

El Photoshop emocional: cómo sobrevivimos a los bulbos y al casete

Jueves, 11 Junio 2026 00:00 Escrito por 
Matices Matices Ivett Tinoco García

El otro día estaba navegando por Facebook y me topé con una publicación en el muro de Lavinia Negrete. Era un cartel con una serie de imágenes súper top, muy estéticas, que lanzaba una pregunta directa al ego y a la cédula de identidad: ¿Cuánto de esto hiciste tú?

Teléfonos de disco, disquetes, máquinas de escribir, casetes, vinilos, el Walkman, las videocaseteras, el fax, ¡Blockbuster y la Sección Amarilla! Te preguntaban si habías mandado una postal, si habías usado un mapa de papel o una Guía Roji para perderte a gusto, si tuviste diccionario, enciclopedia o si pagaste con un cheque de papel.

Se me vino la nostalgia encima. Pero no sólo por lo que venía en el cartel, sino por todo lo que esa lista me desenterró en la cabeza: la tecnología del soplido y el bolígrafo, porque, vamos a ser honestos, las generaciones de ahora no saben lo que es la verdadera resiliencia tecnológica.

Nosotros tuvimos que subirnos a la azotea a mover la antena de la televisión a grito pelado: ¿Ahí se ve? ¡No, muévele otro poquito! ¡Ahí, ahí, ya se le quitaron las rayas! Tuvimos televisores y radios que funcionaban con bulbos, ¡con bulbos!, que tardaban una eternidad para darte imagen o sonido.

¿Y la ingeniería fina? Esa que consistía en usar un bolígrafo BIC para regresar la cinta de un casete que se había salido de su eje. Éramos cirujanos del plástico.

Irse de viaje en esa época era un deporte de alto riesgo emocional. Te llevabas un rollo de 24 fotos. Registrabas el viaje entero, pagabas por el revelado, esperabas días con el corazón en la mano y, cuando abrías el sobre, en dieciocho salías con los ojos cerrados, tres estaban veladas, dos borrosas, y sólo rescatabas una donde salías medianamente bien. ¡Por eso valía la pena enmarcarla!

Hacer la tarea era otra odisea. Nada de Wikipedia, ni de ChatGPT ni del amigo Gemini. Copiábamos y pegábamos, pero a mano, directamente de la enciclopedia o del almanaque.

¿Y el arte de grabar tu canción favorita de la radio? Te pasabas tres horas con los dedos pegados a los botones de Play y Rec, conteniendo la respiración. Lograbas la obra maestra perfecta, pero en los últimos cinco segundos de la canción, el locutor decidía mandar un saludo o decir la hora, arruinándote el casete y la vida entera.

También éramos parte del lado B, de los discos rayados y la desesperación absoluta cuando el vinilo brincaba siempre en la misma parte y repetía una frase hasta el infinito. De limpiar el acetato con la manga de la sudadera, esperando el milagro. Y quizá por eso lo recuerdo con tanta ternura: porque el lado B tenía algo más humano. Más honesto. Más nuestro.

Incluso me hizo pensar en mi infancia. En los juegos de antes: los Encantados, el Stop, a las Ollitas, y había uno, que seguro recuerdan, donde hacíamos hoyitos en la tierra, aventábamos una pelota de esponja y el otro jugador lanzaba un palito al aire y le pegaba como si fuera béisbol.

A mí me encantaba hacer papalotes. Modestia aparte, creo que los hacía muy bien. El reto con mis hermanos, primos y vecinos era ver quién lo volaba más alto. Pero lo curioso es que, en el momento en que el papalote lograba la estabilidad perfecta en el cielo, ya no tenía tanto chiste. Pasado un rato, lo reventábamos a propósito.

Como yo crecí en una comunidad rural, el papalote no caía en la casa del vecino ni en la azotea; caía por allá, en una magueyera o en una zona imposible de rescatar. El verdadero juego era correr a campo traviesa a ver si podíamos salvarlo de las espinas.

Hice todo eso. Usé el teléfono de disco, el disquete, tomé fotos de rollo, escuché música en CD, renté en Blockbuster y me conecté a internet con ese sonido infernal de la marcación telefónica que parecía que estaba invocando a un demonio.

Y pensando en esto, me di cuenta de algo: en el año 2050, la nostalgia no va a oler a naftalina ni a cartas viejas. Va a oler a batería caliente, a plástico de auriculares y a café recalentado frente a una pantalla que te pregunta con condescendencia: ¿Sigues ahí?

La gente del 2050 va a extrañar cosas que hoy nos parecen absurdas. Van a decir: “Qué linda era la época en la que los humanos todavía escribían mensajes larguísimos para decir ‘ok’”. O: “¿Te acuerdas cuando teníamos ansiedad orgánica y no suscripciones premium para regularla?”.

Habrá jóvenes mirando videos vintage de gente esperando el autobús bajo la lluvia, fascinados. Porque en el 2050 esperar va a ser un lujo exótico. Todo llegará antes de ser deseado y, justamente por eso, nadie sabrá realmente qué demonios quiere.

Los sociólogos del futuro harán documentales sobre los jóvenes de los años 2020, como si fueran una tribu emocionalmente inestable pero entrañable. Dirán cosas como: “Observemos cómo el individuo promedio abría el refrigerador cada siete minutos sin tener hambre. Era un hermoso ritual de esperanza”.

La nostalgia del 2050 será rara. No extrañarán objetos; extrañarán nuestros defectos humanos. No extrañarán cuando las fotos salían movidas, cuando alguien decía “te llamo después” y desaparecía para siempre. Cuando escuchar una canción implicaba descargar un virus llamado “musica_final_definitiva_REAL.mp3”.

Van a romantizar nuestras desgracias cotidianas. De hecho, me imagino a la gente del futuro pagando miles de dólares por retiros espirituales para experimentar la auténtica desconexión del 2024, que consistirá simplemente en quedarse tres horas mirando una pared mientras el Wi-Fi falla intermitentemente.

Y alguien, inevitablemente, dirá en una cena futurista: “Antes la gente tenía más tiempo”. Aunque nosotros sepamos perfectamente que eso nunca pasó. Porque la nostalgia no recuerda la realidad. La nostalgia edita. Es el Photoshop emocional de la memoria.

Y tal vez ahí esté lo más humano de todo: la maravillosa capacidad de convertir épocas caóticas en postales cálidas apenas pasa el tiempo suficiente. En el 2050 van a extrañar el ruido mental, la torpeza de enamorarse por chat y las videollamadas congeladas con caras horribles.

Porque el ser humano tiene un talento extraordinario: sobrevivir a una época y después tener la voluntad de extrañarla. Incluso esta.

Visto 86 veces
Valora este artículo
(0 votos)
Ivett Tinoco García

Matices

Sitio Web: #