Universidad en la era del pulgar. Formar ciudadanía (Parte II)
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Universidad en la era del pulgar. Formar ciudadanía (Parte II)

Miércoles, 24 Junio 2026 00:15 Escrito por 
La Tribu Entera La Tribu Entera Ricardo Joya

En la colaboración anterior comenté sobre el gran desafío de “reconstruir una pedagogía de la atención, del criterio y de la responsabilidad intelectual”, en virtud de que ahora, ante la irrupción de la Inteligencia Artificial (IA), la universidad del presente necesita enseñar a preguntar mejor, a verificar, a contrastar, a escribir con voz propia y a usar la IA sin renunciar al juicio crítico. Además, el smartphone (teléfono inteligente) es símbolo de una cultura de aprendizaje marcada por la velocidad, la dispersión y la recompensa inmediata.

Por ello, a fin de trascender la frustración, molestia, fricciones y desesperación que se produce ante “generaciones de estudiantes que llegan con otra expectativa y con docentes que continuamos en prácticas que nos formaron en otra época”, me parece relevante reflexionar con respecto a qué podemos mejorar.

Debemos reconocer que hay inercias docentes que las universidades deberían revisar sin romanticismos. Modificar las clases concebidas como simple transmisión de información, porque hoy los datos están en todas partes y la IA los reorganiza en segundos, de manera que aporta más el análisis de esa información y promueve el pensamiento crítico.

Es fundamental revisar y renovar las tareas repetitivas, los trabajos mecánicos y las evaluaciones que premian la memorización sin comprensión, ya que son precisamente las más vulnerables a la automatización y al uso superficial de herramientas digitales. Y quizá habría que eliminar, de una vez, la ficción de que aprender solo consiste en copiar apuntes, acumular diapositivas o reproducir contenidos sin elaboración personal.

Desde hace varios años —a partir de mi experiencia y aprendizaje en la actividad profesional y, particularmente, como secretario de Extensión y Vinculación de la UAEMéx— me he hecho consciente de las competencias que están buscando en el campo profesional: conocimientos, habilidades y actitudes relacionadas con el trabajo en equipo, la gestión del tiempo, la resiliencia, la gestión de conflictos y el trabajo por proyectos, entre otras más.

La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) señala que en los tiempos actuales es fundamental usar herramientas de manera interactiva, lo que implica dominar el lenguaje, los textos, los números, la tecnología de la información y la comunicación (TIC) para comprender el entorno. Además, considera relevante interactuar en grupos heterogéneos, lo que significa tener la capacidad para relacionarse bien con otros, cooperar, trabajar en equipo y manejar o resolver conflictos de manera constructiva.

También establece como necesario tener las competencias para actuar de forma autónoma, entendida como la capacidad para asumir la responsabilidad de las propias acciones, defender los derechos, diseñar y ejecutar planes de vida y defender proyectos personales.

Por ello, ante la presencia de la IA no todo se circunscribe a usarla, sino a pensar cómo usarla con criterio y capacidad de análisis. Lo que viene exige menos pedagogía del dictado y más diseño de experiencias de aprendizaje: problemas reales, preguntas abiertas, discusión de fuentes, proyectos colaborativos, evaluaciones situadas y reglas claras para el uso transparente de la inteligencia artificial.

A partir de esa visión, he procurado —desde hace al menos 15 años— establecer como criterio de evaluación en mis materias la necesidad de trabajar en equipo, porque esas dinámicas permiten desarrollar diferentes competencias que no se aprenden durante la formación previa. Nuestro modelo de educación promueve poco la capacidad para interactuar con otras personas y eso se complica más porque las tecnologías nos individualizan de una forma asombrosa. Para ello, habría que mirar un poco antes de llegar a la universidad.

En la educación básica mexicana habría que cambiar más la vida diaria del aula. No se trata solo de incorporar pantallas o de prohibir teléfonos como gesto de autoridad, sino de decidir qué tipo de infancia y adolescencia quiere formar la escuela en un país donde la conexión permanente llegó antes que la madurez crítica para administrarla.

En México, la educación básica tendría que recuperar su función más elemental y más urgente: enseñar a leer con calma, a escuchar con atención, a escribir con sentido, a convivir sin la mediación constante de una pantalla y a distinguir entre información, conocimiento y manipulación. Si la universidad debe reconstruir una pedagogía del criterio, la primaria y la secundaria tendrían que reconstruir, primero, una pedagogía de la atención, del lenguaje y del autocontrol.

Eso implica modificar varias inercias. Habría que reducir la dependencia de tareas escolares basadas en la copia, en la repetición y en el consumo pasivo de contenidos digitales; reforzar la formación docente para educar en ciudadanía digital y no solo en habilidades técnicas; y establecer reglas claras sobre el uso del smartphone, no como símbolo moral del desorden, sino como una tecnología que, sin orientación, compite directamente con la concentración, la convivencia y la autoridad pedagógica.

En el caso de nuestro país, además, cualquier cambio serio tendría que partir de una evidencia incómoda: no todas las escuelas tienen las mismas condiciones, no todas las familias acompañan de la misma forma y no todos los estudiantes llegan al aula con el mismo capital cultural. Por eso, hablar de Inteligencia Artificial o de innovación en educación básica sin resolver antes la comprensión lectora, la desigualdad digital y la formación de hábitos de estudio sería, más que una política educativa, otra forma de simulación.

Si la educación superior quiere seguir siendo un lugar donde se forma ciudadanía y no solo usuarios eficientes de herramientas digitales, tendrá que hacer algo más que actualizar procedimientos. Tendrá que replantear qué significa aprender en un tiempo en el que casi todo compite por la atención y en el que pensar por cuenta propia empieza a convertirse, quizá, en la habilidad más urgente de todas.

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