Si es cuestión de confesar, debo empezar por mí misma: —He sido una hija sana del patriarcado. Fue hasta hace poco más de una década que comencé a tomar conciencia de las prácticas machistas que nos rodean en el espacio laboral: mansplaining, mobbing, acoso, falta de oportunidades, techos de cristal y, sobre todo, el peligro invisible de los acantilados de cristal.
He marchado los 8 de marzo, he participado en performances, procuro leer, romper el silencio y, desde hace algunos años, intento que mis decisiones cotidianas estén firmemente alineadas con la perspectiva de género. Hoy tengo claro que tanto hombres como mujeres compartimos la responsabilidad de deconstruirnos, y reconozco, con total honestidad, que no es un proceso sencillo.
Hace apenas unos días celebrábamos un hito histórico: por primera vez, la comunidad de nuestra Facultad de Ciencias Políticas y Sociales votó para que uno de sus auditorios lleve el nombre de Hermila Galindo, pionera en la defensa de los derechos políticos de las mujeres y de nuestro derecho al voto.
Por eso hoy me encuentro consternada —y no sé si esa sea la palabra exacta—. Me asombra ver que, en la única planilla registrada para renovar al sector académico del Consejo de Gobierno, de los doce espacios disponibles, ocho están ocupados por hombres. Y, de las cuatro mujeres que la integran, ninguna aparece como titular. Ayer me preguntaba con profunda preocupación: ¿de verdad ninguna de nuestras compañeras tiene la trayectoria, el interés o la capacidad para liderar? Para abonar un poco más, la planilla utiliza el color morado, un símbolo históricamente asociado con la lucha feminista por la igualdad de oportunidades. ¡Qué enorme paradoja!
Y entonces surge una pregunta inevitable: ¿acaso a la comunidad académica de la Facultad se le ha olvidado la razón que estuvo detrás de los dos últimos paros estudiantiles? ¿No nos da, al menos, un poco de vergüenza frente a nuestras y nuestros estudiantes? Ellas, ellos, no lo habrían permitido, o al menos eso me gustaría pensar.
Nuestra Facultad no puede —ni debe— dar la espalda a su propia historia. Aquí nació el primer centro de estudios de género. Aquí se impulsaron programas pioneros en paz y desarrollo con perspectiva de género. Aquí se diseñan políticas públicas con enfoque de equidad y se forman profesionales comprometidos con esa visión. Aquí enseñamos derechos humanos, ética, justicia e igualdad.
Resulta imposible no pensar entonces en el reconocimiento otorgado apenas ayer a Marcela Lagarde con el Doctorado Honoris Causa. Durante la ceremonia, la propia Rectora recordó que, desde 1980, la UAEMéx ha entregado 62 doctorados de este tipo y sólo ocho habían sido para mujeres. Marcela Lagarde se suma ahora a esa lista en una universidad que afirma refrendar su compromiso con la igualdad sustantiva y una vida libre de violencia dentro y fuera de la comunidad universitaria.
Por eso la pregunta es inevitable: ¿cómo reconciliamos ese discurso institucional con una representación política que continúa relegando a las mujeres de los espacios de mayor decisión?
Esta situación me hizo recordar una anécdota de hace años. Formaba parte de un seminario y era la única mujer en el comité organizador. Tuvimos como invitada a una destacada investigadora de El Colegio de México para hablar, precisamente, sobre la participación política de las mujeres. En el presídium la acompañábamos tres mujeres más. Al terminar el evento, todas tuvimos que disculparnos por no poder acompañarla a comer: yo tenía que ir por mis hijos, otra compañera debía llevar a su padre al médico y a la tercera la esperaba su esposo. Al final, fueron los hombres quienes la acompañaron. En ese momento pareció una decisión nuestra, pero hoy sé que estaba completamente atravesada por la triple jornada y la carga desproporcionada de los trabajos de cuidados; realidades sobre las que entonces ni siquiera reflexionábamos.
Quizá hoy ocurra algo similar. Quizá algunas de mis compañeras decidieron libremente no asumir la responsabilidad de una titularidad; quizá a otras ni siquiera les preguntaron. Pero lo que realmente debemos cuestionar es si las estructuras actuales siguen normalizando que los espacios de representación y decisión permanezcan mayoritariamente en manos de hombres. Porque el problema de fondo no es sólo una planilla, sino lo que ocurre cuando una parte de la comunidad deja de sentirse verdaderamente representada.
Nos repiten constantemente que “son tiempos de mujeres”. Sin embargo, considero que, más bien, son tiempos en los que las mujeres debemos tener mayor claridad y conciencia sobre los contramovimientos patriarcales que se despliegan en todas las esferas. Y la academia, desafortunadamente, no es la excepción.
¿Por qué, incluso en instituciones que hablan constantemente de democracia, derechos y pluralidad, los espacios de mayor poder siguen siendo predominantemente masculinos? ¿Por qué la trayectoria de una mujer suele evaluarse con más exigencia o ponerse constantemente a prueba? ¿Por qué tantas académicas sienten que deben demostrar el doble para ser consideradas igualmente capaces?
Y, sobre todo, ¿están dispuestos los hombres académicos no sólo a hablar de igualdad, sino también a ceder espacios y compartir poder? ¿Estarían dispuestos los hombres integrantes de esta planilla a intercambiar la titularidad por la suplencia en los cuatro casos en que ello sería posible? ¿Estarían las mujeres de la planilla dispuestas a asumir ese reto y ocupar esos espacios de liderazgo?
Hacerse estas preguntas en voz alta no es un acto de audacia desmesurada, o al menos no debería serlo. Romper el silencio en el espacio donde precisamente enseñamos a pensar críticamente no puede implicar, bajo ninguna circunstancia, resignarse a asumir represalias. No tendría que ser necesario un valor heroico para señalar públicamente aquello que no debe perpetuarse; el disentimiento y la exigencia de congruencia ética son derechos, no actos de vulnerabilidad. En una institución que se pretende democrática y vanguardista, el miedo a hablar simplemente no debería existir.

