Artemisa y el lenguaje de las vibraciones
DigitalMex - Periodismo Confiable
Publicado en Opinión

Artemisa y el lenguaje de las vibraciones

Miércoles, 08 Abril 2026 00:05 Escrito por 
Matices Matices Ivett Tinoco García

Hace unos días tuve la oportunidad de escuchar algo que, en apariencia, era simple: una reflexión sobre el sonido. Sin embargo, algo en esa idea comenzó a inquietarme profundamente.

Lo primero que me sacudió fue comprender que el sonido no es tan natural como siempre creí; que lo verdaderamente natural son las vibraciones y que el sonido, en cambio, es una invención nuestra: una especie de acuerdo silencioso entre seres humanos.

Me detuve ahí, porque las vibraciones están —y siempre han estado— en todas partes: en el aire, en la materia, en el pulso mismo de la vida. Somos nosotros quienes decidimos, casi sin darnos cuenta, cuáles de esas vibraciones se convierten en “sonido”, cuáles en lenguaje, en música, en ruido y cuáles simplemente dejamos fuera de nuestra escucha.

Entonces me pregunté: ¿cuántas cosas existen que no escucho, no porque no estén, sino porque nunca aprendí a oírlas? ¿Qué lugar ocupa el silencio? ¿Es ausencia o es otra forma de presencia que aún no comprendemos? Y, más aún, si existe algo que llamamos “lo divino”, ¿se manifiesta en el sonido que reconocemos o en las vibraciones que todavía no sabemos nombrar?

Mientras habitaba estas preguntas, ocurrió algo que pareció responderme sin palabras. La NASA compartió registros de la misión Artemisa: imágenes, sí, pero también vibraciones, señales captadas en el espacio. Al escucharlas —o al intentar hacerlo— sentí algo desconcertante: no eran sonidos familiares. No eran música, ni ruido ni voz. Eran otra cosa. Entonces me pregunté: ¿será que el universo habla en un idioma que todavía no hemos aprendido a traducir?

Esas vibraciones lunares me resultan ajenas; me sorprenden. Justo mientras escribo, escucho en la radio algo que, en teoría, debería ser más cercano: las vibraciones de las ballenas. Una activista habla con firmeza sobre la defensa de su hábitat, sobre su derecho a existir en un océano cada vez más invadido y, en medio de sus palabras, compartió algunos registros: el canto —o quizá, más precisamente, la vibración— de las ballenas.

Y otra vez me sorprendo, porque tampoco eso me resulta del todo familiar. La pregunta entonces cambia de dirección: ¿en qué momento me alejé tanto de lo natural que incluso lo vivo me suena extraño?

Pienso en mi infancia, en esos días en los que no necesitaba entender para sentir. El sonido de la lluvia no era “ruido blanco”: era compañía. El crujir de los árboles no era inquietante: era lenguaje. El búho que me acompañaba camino a la escuela no era un misterio: era presencia.

¿En qué momento dejé de escuchar así? ¿En qué momento cambié esas vibraciones por otras?

Hoy, si lo pienso con honestidad, mi día está atravesado por sonidos muy distintos: motores, notificaciones, pantallas, el flujo constante de una ciudad que nunca calla. El sonido de los cajeros automáticos, de los elevadores, de la prisa, de la urgencia. Un ruido que no necesariamente elegí, pero que se fue instalando, poco a poco, como si fuera inevitable.

Entonces me surge una serie de preguntas:

¿Qué tipo de mundo estoy construyendo con las vibraciones que elijo habitar?

¿Podemos volver a escuchar lo que dejamos atrás?

¿Podemos reeducar el oído para reconocer lo esencial?

¿O estamos condenados a vivir traduciendo lo artificial como si fuera lo único real?

Tal vez el silencio no sea la ausencia de sonido, sino la puerta de entrada a otras formas de escuchar. Tal vez lo espiritual no esté en elevarnos lejos de la Tierra, sino en volver a sentir sus vibraciones más sutiles.

Y quizá —solo quizá— lo que necesitamos no es más ruido, ni siquiera más música, sino el valor de hacer una pausa, de habitar el silencio y de aprender, otra vez, a escuchar lo que siempre ha estado ahí… esperándonos.

Visto 76 veces
Valora este artículo
(0 votos)
Ivett Tinoco García

Matices

Sitio Web: #