Resulta increíble, aunque tristemente predecible, que la algarabía colectiva por un evento deportivo en nuestro país se transforme, en cuestión de horas, en una escena de guerra urbana.
Lo que debería ser un motivo de unión y celebración nacional, en la Ciudad de México, se ha convertido en el pretexto perfecto para que lo peor de nuestra sociedad salga a las calles, no a festejar, sino a destruir.
Las recientes imágenes que nos deja el Mundial 2026 son una bofetada a la civilidad. El saldo es aterrador: personas fallecidas en estampidas, heridos por vidrios rotos tras riñas en establecimientos y el mobiliario urbano de la capital del país reducido a escombros. ¿Es este el "orgullo nacional" del que tanto alardeamos?
Lo que hemos presenciado no es pasión deportiva; es una amalgama de resentimiento social disfrazado de júbilo.
Muchos de los que hoy se congregan alrededor del Ángel de la Independencia no buscan el triunfo de su equipo, sino un espacio sin ley donde su propia frustración encuentre un blanco.
Bajo el amparo del "festejo", se sienten autorizados para vandalizar propiedad pública, agredir a quienes piensan distinto y demostrar, con una falta de educación alarmante, que para una parte de la población el respeto es un concepto ajeno.
El alcohol, como siempre, actúa como el combustible que acelera esta descomposición, pero no es el único culpable. La verdadera raíz es una carencia absoluta de valores y de control emocional.
Cuando una sociedad utiliza cualquier evento —ya sea un partido de fútbol, una manifestación o un concierto— para destrozar el entorno, queda claro que el problema no es el evento en sí, sino el vacío cívico que arrastramos.
México no necesita más festejos que dejen muertos y daños; necesita ciudadanos que entiendan que el respeto al espacio público y a la vida ajena es la única forma de convivir. Lo demás es simplemente barbarie.

