Los Tratados de Teoloyucan. El documento que terminó con el antiguo régimen.
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Los Tratados de Teoloyucan. El documento que terminó con el antiguo régimen.

Viernes, 14 Agosto 2026 00:05 Escrito por 
Ecos del pasado Ecos del pasado Juan Manuel Pedraza Velásquez

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El municipio de Teoloyucan es una población anclada en la región norte del Valle de México. Con poco más de 60 mil habitantes, el municipio colinda con Coyotepec, Tepotzotlán, Cuautitlán y Zumpango. Para los no estudiosos de la geografía municipal, “Teolo” (comúnmente conocido por el pueblo mexiquense) es un municipio que casi pasa desapercibido. No obstante, ante la historia, los mexiquenses debemos evocar que en 1913, en una situación muy sorprendente, Teoloyucan presenció cómo el gobierno de la República firmó su derrota ante las fuerzas revolucionarias, acontecimiento clave en el derrotero histórico de la Revolución Mexicana.

Para empezar, es necesario recordar el contexto de la Revolución Mexicana previo a los Tratados de Teoloyucan. El movimiento que inició Francisco I. Madero en 1910 concluyó en las elecciones extraordinarias de 1911 y la instauración de su presidencia. Sin embargo, a lo largo de sus 13 meses de gobierno, el régimen de Madero sorteó una serie de problemas que amenazaron su administración. El último de estos fue un artero golpe militar que terminó derrocando su gobierno y asesinándolo a él y a su vicepresidente José María Pino Suárez.

El golpe militar del 9 de febrero de 1913, conocido como “Decena Trágica”, impuso en la presidencia al general Victoriano Huerta, cuyo principal objetivo fue restablecer el antiguo orden político y social que imperaba en el Porfiriato. Ante esto, los levantamientos armados no se hicieron esperar, por lo que el ejército federal tuvo que enfrentarse a varias batallas desde distintos frentes contra grupos revolucionarios que no iban a permitir un retroceso en lo poco que se había logrado con la Revolución. Estas contiendas vieron consolidarse a grandes caudillos y líderes militares como Emiliano Zapata, Pancho Villa y Álvaro Obregón.

Para principios de 1914, la situación del gobierno federal era caótica: presionado por diversos frentes de combate, sin dinero en las arcas nacionales y con los revolucionarios ocupando cada vez más territorios de la República. Aunado a lo anterior, el gobierno de Estados Unidos no reconoció a la administración de Huerta; esta situación ocasionó importantes presiones diplomáticas entre ambas naciones. La más grave de estas fue el ataque al puerto de Veracruz, que se caracterizó por el torpe accionar del gobierno federal y la heroica defensa de los cadetes de la Escuela Naval, así como del pueblo veracruzano.

El 24 de abril de 1914, el general Pablo González ocupó Monterrey; Álvaro Obregón hizo lo propio con Guadalajara el 8 de julio y Pancho Villa asestó el golpe final al ejército huertista en Zacatecas. Solo, sin aliados y con un ejército diezmado por las apabullantes derrotas, el gobierno espurio del general Huerta planteó seriamente la manera de salir librado de esta situación y no afrontar el ser enjuiciado por las armas revolucionarias. En uno de estos intentos por recomponer la situación, Victoriano Huerta nombró como secretario de Relaciones Exteriores a Francisco S. Carvajal. Viéndose perdido, aislado y quizás como probable candidato al fusilamiento, Victoriano Huerta renunció un 15 de julio de 1914 y huyó del país.

Sin opciones, Carvajal pronto decidió que lo mejor era rendirse y pactar con los grupos vencedores, una salida decorosa que coronaba a un régimen nada decoroso. A principios de agosto de 1913, los revolucionarios estaban a las puertas de la Ciudad de México, mientras que los zapatistas se fortalecían en el sur y en el oriente del Estado de México. En este contexto, los ejércitos de Pablo González y Obregón unieron sus fuerzas y establecieron su cuartel general en el municipio de Teoloyucan.

Si bien Carvajal estaba a favor de deponer las armas y lograr un acuerdo con los rebeldes, el secretario de Guerra, José Refugio Velasco, no era de esta idea y pretendía defender la capital hasta el último momento. Después de arduas negociaciones, lo poco que quedaba del ejército federal decidió pactar con Obregón e ir a reunirse en Teoloyucan para formalizar la entrega de la plaza y la ocupación de esta por las fuerzas revolucionarias. Finalmente, el día 11 de agosto, una comitiva integrada por el gobernador de la capital se entrevistó con las fuerzas revolucionarias e inmediatamente regresó a la Ciudad de México solo para enterarse de que Carvajal había abandonado la presidencia.

De esta manera, la madrugada del 13 de agosto, un reducido grupo encabezado por el general Gustavo A. Salas, el vicealmirante Othón P. Blanco y el gobernador del Distrito Federal, Eduardo N. Iturbide, se dirigió a Teoloyucan para firmar la rendición incondicional de la Ciudad de México y, por ende, la derrota de las fuerzas federales. Una pequeña avanzada encabezada por Álvaro Obregón les dio alcance en un punto intermedio de la carretera Cuautitlán-Teoloyucan; ahí mismo se redactaron y firmaron dos convenios. Uno para que el ejército abandonara la plaza —¡este documento firmado sobre las salpicaderas de un automóvil!— y otro para entregar formalmente la capital.

De esta forma, un 13 de agosto de 1913, en el entonces desolado y semiárido municipio de Teoloyucan, quedaba sepultado todo rastro del antiguo régimen. El Porfiriato y lo que quedaba de él concluían de manera definitiva en uno de los escenarios más inhóspitos de la Revolución. Aunque este suceso fue recibido con júbilo por las fuerzas rebeldes, la imposibilidad de llegar a acuerdos y las desavenencias entre grupos revolucionarios darían inicio a una nueva fase de la Revolución, donde los ejércitos vencedores se enfrentarían en los años siguientes.

Hoy en día, los Tratados de Teoloyucan son un hecho que pasa casi desapercibido, incluso en los libros de educación básica; pese a eso, su importancia es trascendental en la historia nacional. Los Tratados de Teoloyucan fueron un documento que no solo estableció la ocupación de una plaza, sino que, a partir de ellos, la Revolución afianzó nuevos rumbos. Un documento que, más allá de la curiosidad y lo increíble de las condiciones en las que se firmó, es digno de un análisis minucioso.

Por Juan Manuel Pedraza, historiador por la UNAM
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