El asesinato de León Trotsky en Coyoacán. Crónica de una confabulación orquestada
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El asesinato de León Trotsky en Coyoacán. Crónica de una confabulación orquestada

Viernes, 28 Agosto 2026 00:05 Escrito por 
Ecos del pasado Ecos del pasado Juan Manuel Pedraza Velásquez

El 21 de agosto de 1941, el exlíder revolucionario ruso Lev Davidovich Bronstein, mejor conocido como Leon Trotsky, murió asesinado en México luego de un exilio de poco más de tres años y una larga diáspora para conseguir refugio y asilo político. El asesino, Ramón Mercader del Río, era un agente del servicio secreto soviético reclutado bajo las órdenes del NKVD, organismo encargado de salvaguardar el orden dentro y fuera de la Unión Soviética. ¿Qué motivos había detrás de este asesinato oculto? ¿Cómo explicamos un asesinato con saña a más de 10 mil kilómetros del epicentro del poder comunista?

Para desmenuzar lo anterior, conviene hacer una breve semblanza política de Trotsky. Trotsky nació en Ucrania, en la antigua gobernación de Jersón. Desde su juventud fue un revolucionario con ideas marxistas y socialistas enfocado en ayudar a la clase trabajadora. Su intensa actividad política hizo que fuera perseguido por las autoridades zaristas en varias ocasiones. Tales asechanzas lo llevaron a la ciudad de Londres en 1902. Durante su estancia en la capital británica, conoció a una figura fundamental en su vida y para la historia política mundial, Vladimir Lenin.

Trotsky fue pieza clave en las revoluciones de 1905 y 1917, siendo no solo una figura central de los comunistas, sino piedra angular en la primera revolución socialista de la historia. Tras el derrocamiento del gobierno de Kerenski y la posterior instauración del gobierno socialista de Lenin, Trotsky integró junto con Lenin, Iosif Stalin, Lev Kamenev y Nicolás Krentski el primer Politburó (gobierno central). En este organismo, Trotsky fue el principal estratega y creador del Ejército Rojo, organismo bélico clave durante la guerra civil rusa. Desde esta posición, Trotsky comenzó a tener poder e influencia en asuntos vitales de la Rusia socialista.

Sin embargo, los problemas de salud de Lenin empeoraron en 1922. Para 1923, los dos miembros más importantes del Comité Central del Partido Bolchevique eran Stalin y Trotsky. La repentina muerte de Lenin dejó un eminente vacío de poder, en el cual los miembros más poderosos comenzaron maniobras políticas para quedarse como máxima autoridad de la naciente Unión Soviética. Este juego político fue ganado por Stalin, quien pronto vio a Trotsky como una figura peligrosa para sus intereses y lo declaró como enemigo del pueblo y del Partido Comunista. Debido a lo anterior, Trotsky inició un largo éxodo que lo llevó a distintos lugares del mundo.

Con el régimen estalinista consolidado, Trotsky inició una larga marcha en búsqueda de refugio que lo llevó a Turquía, Francia y Noruega. En repetidas ocasiones, el exlíder comunista abandonó los países que le dieron asilo debido a presiones políticas o diplomáticas. La situación no podía estar peor, ya que diversos países se negaron a ofrecerle asilo político; las naciones con gobiernos de izquierda lo rechazaron para evitar problemas con Stalin, mientras que los regímenes capitalistas le negaron el acceso debido a sus ideas “peligrosas”. Ante esta adversidad, México fue el único país que le dio asilo y refugio.

Trotsky partió de Oslo un 19 de diciembre de 1936 con destino a México. Durante el trayecto, fuentes cercanas afirman que se dedicó a leer textos sobre nuestro país, esto para conocer la nación que le había salvado la vida. El exlíder arribó a Tampico un 9 de enero de 1937. Del puerto tamaulipeco inició un largo viaje en ferrocarril hacia la Ciudad de México. Por razones de seguridad, Trotsky y su esposa, Natalia Sedova, descendieron en la pequeña estación Lechería (hoy ocupada por una estación del Tren Suburbano) para iniciar un viaje en automóvil a Coyoacán, donde se hospedarían en la casa de Diego Rivera y Frida Kahlo. La maniobra fue hecha para evitar el asedio de la prensa y una posible confrontación con grupos opositores en la concurrida estación de Buenavista de la Ciudad de México.

La “Casa Azul”, nombre popular de la vivienda de los artistas, fue la primera morada de Trotsky y su esposa. Durante su estancia en esta, en la Casa Azul, Trotsky comenzó a conocer y aprender sobre México, su cultura y su historia. Empero, dos años después devino el rompimiento debido a diferencias personales, ideológicas y políticas. Tal situación llevó a la pareja soviética a buscar una nueva residencia con mayores condiciones de seguridad, esto último dadas las constantes amenazas que recibía el ideólogo revolucionario. Después de una breve búsqueda, la pareja de exiliados habitó el inmueble de la calle de Viena en Coyoacán, que pronto se transformó en una auténtica fortaleza dadas las condiciones de seguridad.

Ya en la calle de Viena, Trotsky sufrió un atentado perpetrado por opositores liderados por el muralista David Alfaro Siqueiros. Increíblemente, el líder socialista sobrevivió a los más de 100 impactos de bala que recibió su vivienda. Este ataque lo llevó a reforzar doblemente la seguridad de su casa en Coyoacán. Pese a lo anterior, la cabeza de Trotsky era una cuestión primordial y de Estado para el régimen de Stalin. Es aquí donde entra Ramón Mercader, personaje del que hablamos al inicio de esta columna.

Ramón Mercader era un catalán de familia adinerada, aunque con fuertes convicciones socialistas. Sus ideas políticas lo llevaron a ser militante comunista y participar activamente en la Guerra Civil Española. En 1937, el NKVD vio en Mercader a una persona leal, eficaz y comprometida, por lo que fue entrenado para ser agente secreto. A finales de 1937 se planeó el asesinato de Trotsky y Mercader inició una larga andanza para perseguirlo y asesinarlo. Su labor de espionaje lo llevó a infiltrarse en círculos trotskistas de Nueva York y París; fue allí donde conoció a Silvya Ageloff, militante trotskista y persona cercana al líder comunista, quien también fungía como su secretaria.

Mercader vio en Ageloff el eslabón que necesitaba para cometer su misión. Desde 1939, bajo una falsa identidad, Mercader enamoró deliberadamente a Ageloff. Iniciaron una relación sentimental, la cual pronto llevó a Mercader a codearse con el círculo social más íntimo de Trotsky. Amparado en la relación amorosa de Ageloff, Mercader logró entrar a la vivienda de Trotsky e incluso tuvo conversaciones con él haciéndose pasar por periodista. En la última de esas entrevistas, en el estudio de Trotsky, sin perder tiempo, Mercader le asestó un letal golpe con un piolet (instrumento que se usa en el alpinismo). Trotsky fue llevado al hospital, donde falleció un día después debido a las heridas.

Mercader fue detenido y golpeado por los guardias de la casa de Trotsky; después fue interrogado por la policía mexicana y dijo llamarse “Jacques Monard”. Bajo esta identidad recibió 20 años de prisión, en aquel entonces la pena máxima en México. Salió de prisión en mayo de 1960 y fue trasladado a la Unión Soviética, donde fue condecorado como un héroe nacional por sus servicios al Estado. Por otra parte, de acuerdo con testimonios cercanos, Sylvia Ageloff vivió traumatizada y llevó consigo el sentimiento de culpa por la muerte de Trotsky. Ageloff dejó la militancia política para trabajar en el sistema educativo de Nueva York. Murió de causas naturales en 1995.

Más allá de la curiosidad, el asesinato de León Trotski fue un evento coyuntural que marcó profundamente el desarrollo de la izquierda política socialista en todo el siglo XX. Pese a que las ideas de Trotsky y sus seguidores continuaron en gran parte del siglo XX, Iosif Stalin terminó por consolidar su aparato burocrático y su poder en la U.R.S.S. y países aliados. Asimismo, se demostró hasta dónde llegaban las redes de espionaje de Stalin, evento que no pasó desapercibido para los Estados Unidos, quienes pondrían más recursos a sus servicios de seguridad. Posterior a la Segunda Guerra Mundial, los Estados Unidos y la U.R.S.S. tejerían una red de inteligencia capaz de infiltrarse y derrocar a regímenes enteros, interviniendo directamente en su soberanía.

Por Juan Manuel Pedraza, historiador por la UNAM

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