A lo largo de mi existencia, los momentos más significativos de mi vida fueron donde aprendí a descubrir el mundo, a comprender cómo el valor de la amistad se fortalecía a través del juego y en esa nobleza que se da entre la imaginación y las sonrisas entendí que nada es más importante como vivir el presente. Hoy, a esta edad, me siento un ser humano privilegiado porque tuve la fortuna de vivir mi infancia sin dispositivos electrónicos que nos acercan más al mundo, pero que irónicamente nos distancian de nuestro entorno más cercano.
La Universidad me enseñó que, en el palacio de los cien arcos, rectoría, existe un árbol de la mora que ha acompañado a generaciones que se han formado al amparo de los testimonios de Ramírez Calzada, Horacio Zúñiga o Adolfo López Mateos —por citar algunos ejemplos— y con las lecturas de Galeano y sus venas abiertas pude dar cuenta de que ese ejemplo de la mora se repite en todo rincón de cualquier plaza o escuela pública de América Latina: bajo la sombra de los árboles que sobreviven a generaciones, existe siempre uno que cuenta una historia silenciosa.
A menudo se cuenta que, si pudiésemos seleccionar el objeto o material más misterioso de todo el universo, ese sería la madera. Ese componente es tan particular que, entre miles de millones de estrellas que componen el infinito cosmos, solamente existe en la Tierra. Los físicos han expresado que, para que un solo pedazo de madera exista, se tuvieron que dar cientos de condiciones muy particulares, es decir, algo inefable que quizás algo más allá de nuestra comprensión pudo crear.
Hace apenas un par de décadas, ese pedazo de madera era el centro de gravedad de la infancia, el lugar donde se negociaban las reglas del juego, donde se aprendía la derrota y se celebraba la victoria compartida. Hoy, muchos de esos parques lucen vacíos, no por falta de niños, sino por un cambio de coordenadas. La atención infantil migró del espacio físico, tridimensional y ruidoso, a un rectángulo de cristal iluminado de seis pulgadas. El parque fue sustituido por el smartphone. Décadas después de la invención del teléfono inteligente, esta transición parece una profecía de nuestra era: hemos ganado el mundo entero en la palma de la mano, pero hemos perdido el patio de recreo.
El péndulo de la tecnología, sin embargo, ha comenzado a moverse en sentido inverso. En los últimos meses, un debate que parecía zanjado por la inercia del «progreso» ha vuelto a tomar el centro de la plaza pública: la prohibición o restricción de los teléfonos celulares en la educación básica.
Desde Francia y los Países Bajos hasta diversas normativas que comienzan a asomarse en América Latina, las autoridades educativas han decidido que las pantallas deben apagarse cuando suena la campana escolar. Y un dato ha pasado casi en silencio, oculto tras la fascinación tecnológica: los índices de ansiedad infantil, los trastornos de atención y el acoso cibernético han alcanzado cifras históricas. Millones de niños y adolescentes nos están diciendo, a través de su agotamiento mental, que el entorno digital también puede ser una jaula.
Conviene detenerse en la paradoja, porque ahí comienza el verdadero análisis. Quienes defienden la presencia del celular en las aulas argumentan que prohibirlo es intentar tapar el sol con un dedo, que los niños son «nativos digitales» y que la escuela debe adaptarse a su realidad, no huir de ella. Y, sin embargo, la restricción vuelve. Y vuelve con la legitimidad que solo otorga la evidencia científica y pedagógica. Sería un error y una forma de soberbia leer esta medida como un simple arrebato conservador o una amnesia colectiva frente a la modernidad. Las sociedades no legislan contra su futuro; legislan para proteger su presente. Y el presente de la educación básica está hecho de aulas donde los maestros compiten en desigualdad de condiciones contra algoritmos diseñados por ingenieros en Silicon Valley para secuestrar la dopamina de sus alumnos.
En los albores de la revolución digital, la promesa era que el internet nos haría libres y sabios. La esperanza venció al miedo de la ignorancia. Veinte años después, la pregunta ya no es si la tecnología puede educar, sino de qué tienen miedo hoy los padres y los maestros. Unos temen al rezago tecnológico; otros, a la pérdida irreparable de la capacidad de concentración. La pedagogía contemporánea ya no enfrenta a la innovación contra el tradicionalismo: enfrenta a dos miedos distintos, y gana quien logra convencer de que la salud mental de una generación es la urgencia mayor.
Para entender lo que está en juego hay que levantar la vista del dispositivo y mirar el aula entera. La escuela no es únicamente un centro de distribución de datos; si así fuera, Google ya habría reemplazado a los recintos educativos. La escuela es, ante todo, el primer laboratorio de coexistencia cívica. Es el espacio donde el niño descubre al «otro». Y la palabra coexistir no es menor. Tiene en nuestra historia humana un linaje que conviene recordar ahora. Coexistir implica mirarse a los ojos, interpretar los silencios, resolver conflictos sin el escudo de una pantalla y tolerar la frustración. Cuando un niño se refugia en su teléfono durante el recreo para evitar la incomodidad de socializar, no está ejerciendo su libertad digital; está perdiendo una oportunidad fundamental de desarrollo humano.
Sobre esa intuición debe edificarse la nueva política educativa. La escuela debe ser el último santuario analógico, no por un rechazo ciego a la tecnología, sino por la defensa del derecho a la atención. Esos principios no son de izquierda ni de derecha. Son de humanidad. Y es justamente en tiempos de hiperconexión cuando se pone a prueba si una sociedad entiende la diferencia entre equipar a sus niños y abandonarlos frente a una pantalla.
Por eso, el riesgo para el sistema educativo no está en quedarse atrás tecnológicamente, sino en interpretar mal su función. Hay dos tentaciones igualmente peligrosas. La primera es asumir el papel de tecnófobos absolutos, convertir la restricción en un castigo punitivo, ignorando que el mundo exterior sigue girando en clave digital. La segunda tentación es la inversa: plegarse, diluir la autoridad docente para no incomodar, confundir la modernización con la claudicación y permitir que el teléfono dicte el ritmo del aprendizaje.
Entre ambas hay un camino más difícil y más digno: el de la alfabetización digital crítica, pero fuera del horario de convivencia esencial. El filósofo surcoreano Byung-Chul Han, en sus ensayos sobre la sociedad del cansancio y el enjambre, sostiene que la diferencia esencial entre la verdadera experiencia y la mera información radica en la contemplación. La pantalla exige estímulo constante; no permite el silencio, no tolera el aburrimiento. Y es precisamente en el aburrimiento, en esos momentos de aparente vacío en el pupitre o en el patio, donde nace la imaginación y la creatividad. El desafío para la educación no consiste en lamentar el avance de las redes sociales, sino en preguntarse por qué estamos permitiendo que entidades comerciales moldeen el cableado neurológico de los ciudadanos en formación.
Hay, sin embargo, algo que debe quedar por encima de toda política pública, y es aquí donde la mirada de los derechos fundamentales resulta imprescindible. Tenemos que recuperar el derecho a la infancia. Aquel pacto fundacional de la educación moderna, que sacó a los niños de las fábricas para meterlos a las aulas, hoy debe defenderlos de una nueva forma de explotación: la extracción de su atención. La educación no se defiende solo con computadoras de última generación; se defiende también en la negativa a ceder el espacio de socialización a las corporaciones tecnológicas.
Desde la experiencia pedagógica sabemos que la dignidad de las personas no puede depender de la velocidad de su conexión a internet. Los niños de las periferias, que padecen la desigualdad material, y los de las zonas privilegiadas, que padecen la soledad acompañada del internet, todos ellos necesitan la misma protección bajo cualquier política escolar. Los derechos de la infancia no son el programa de una facción de padres preocupados; son el piso común sobre el cual cualquier proyecto educativo debe construirse. Y ese piso debe guiar también a nuestra región. Restringir los celulares no puede significar un retroceso en la innovación, del mismo modo que la entrega de tabletas nunca debió significar el abandono de la lectura crítica.
El pensador italiano Francesco Tonucci, en su proyecto de "La ciudad de los niños", imaginó que las urbes debían ser diseñadas a la altura de los ojos de los más pequeños, devolviéndoles la autonomía en las calles. Nunca imaginó una infancia unánimemente hipnotizada; imaginó una infancia libre. Lo que el continente necesita hoy no es prohibir por prohibir, sino recordar que la educación es el arte de enseñar a convivir con el mundo sin dejar de ser dueños de uno mismo.
El pedagogo brasileño Paulo Freire dejó escrita una idea luminosa sobre la educación como práctica de la libertad: enseñar exige respeto a los saberes del educando, pero también exige la construcción de un pensamiento crítico frente a las herramientas de dominación. En esa visión hay una ética entera: la de quien sabe que adaptarse ciegamente a una tecnología no equivale a progresar, y que limitar un dispositivo no equivale a un fracaso.
Volvamos, entonces, al parque. El espacio físico y el juego libre siguen ahí, esperando a ser redescubiertos bajo el cielo de nuestro tiempo. Lo que falta es lo que hemos olvidado: el contacto humano como principio. No el contacto como un simple cruce de perfiles virtuales, sino como reconocimiento del otro en la vida real, como voluntad de escuchar sin la urgencia de una notificación, como certeza de que la niñez es más grande y más compleja que un algoritmo de retención. Ese principio no lo garantiza un reglamento escolar. Lo garantiza, o lo traiciona, una sociedad entera. En los próximos años, nuestras escuelas elegirán entre la dispersión y la presencia. Ojalá recordemos que, sin la mirada levantada frente a frente, ninguna tecnología alcanza para sostener el futuro.

