De acuerdo con cifras del Instituto Nacional de Geografía y Estadística (INEGI), debido a la violencia y la inseguridad en México han sido desplazados integrantes de 510 mil hogares. Cifra que impacta directamente en más de un millón y medio de personas, de manera conservadora. Además, no se puede saber hasta dónde pueda llegar la cifra negra de aquellos hogares en los que no hubo quien respondiera al personal del INEGI. La reacción del gobierno federal por desgracia no puede ser ya una sorpresa. El régimen impuesto por la 4T ha acostumbrado a la población a no reconocer nada que pueda ir en contra de su imagen. Es más sencillo culpar al pasado, al clima, a Calderón, antes de siquiera revisar qué es lo que no está funcionando.
Es importante hablar de este fenómeno social porque expone la cruda realidad que a causa de la violencia se vive en el país. El miedo en importantes zonas del país ha escalado a niveles alarmantes, pero no se quiere ver. Es como si al ignorar el problema, este por sí solo dejara de existir. Peor aún, de la misma forma en como sucedió en el sexenio de Andrés López Obrador con el tema de los desaparecidos, cuyas cifras oficiales reportadas ya eran de escándalo, fueron enviados los “siervos de la nación”, convertidos en verdugos de estadísticas para maquillar esa dolorosa verdad. Los encargados entonces de verificar el universo de desaparecidos al parecer tenían una encomienda: desaparecer a los desaparecidos.
¿Por qué tiene que ser de esta forma? Parece tan simple y tan cruel al mismo tiempo que causa terror. Aceptar solo así que la causa de los desplazados tiene su origen en lo que dejó de hacer el gobierno en el tema de la seguridad pública desde el inicio de la administración de López Obrador y que ahora, con la de Claudia Sheinbaum Pardo, aunque ha mejorado en algo, principalmente por el trabajo realizado por el secretario de Seguridad y Protección Ciudadana, Omar García Harfuch, no va a suceder. No se ha logrado revertir el abandono de una de las principales tareas que debe cumplir quien asume el poder; pero al parecer, la mandataria solo tiene interés en seguir culpando al expresidente Felipe Calderón, nunca a su antecesor.
Entonces, aceptar que los desplazados se deben a la inoperancia o incapacidad del hijo pródigo de Macuspana va en contra de su “religión”. En su forma de gobernar, Morena ha demostrado que no van a aceptar ningún error, todo será siempre y por siempre culpa de alguien más. Además, permitirse una pequeña posibilidad de reconocer la falla de una política pública inadecuada va en contra del discurso oficial.
Disfrazar las cifras incómodas, como se ha hecho con las muertes violentas al inventarse otros rubros que refieren atentar contra la vida en las que se acomodan otras causas de muerte para desahogar un resultado que los ha perseguido desde que se implementó la nefasta presumible política pública del “abrazos no balazos”, tan criminal o más que el delito en sí, porque termina por difuminar el dolor de los familiares.
Lo mismo ha sucedido con los desaparecidos, los dolientes además de sentir un dolor indescriptible por no conocer el paradero de su ser querido, tener que soportar a un gobierno indolente que lo mejor que puede hacer es negar que el número de desaparecidos sea el que se señala, porque según lo afirmó el expresidente López, que muchos de los reportados como desaparecidos ya habían regresado a sus hogares y no habían sido dados de baja del sistema. No existe nada más bajo y despiadado que negarles a los familiares la atención que está obligado el Estado en proporcionarles.
Entonces, ¿por qué debería ser diferente con los desplazados? No existe ninguna razón para guardar la esperanza de que sea distinto, porque en la 4T se jactan de ser muy “humanistas” y de presumir ser lo mejor que le ha pasado a los mexicanos; no obstante, los números les gritan todos los días a su soberbia que no es así.
Lo peor es que no soportan enfrentar lo que ocurre en el territorio nacional, todo. Los afectados sufren un abandono crónico por parte de las autoridades. Antes, al menos encontraban un pequeño desahogo a través de la sátira manejada en redes sociales; al día de hoy, ya ni eso tendrán porque la piel guinda ha demostrado ser demasiado delgada, sin autorización para la ironía o el humor negro que caracteriza a la población azteca acostumbrada a burlarse hasta de la muerte.
Tal vez sea la razón por la que en varias ocasiones se ha recordado al expresidente Enrique Peña, tan vapuleado en redes sociales. Fue el rey del meme en muchos sentidos, además de que siempre ofreció tela de donde cortar, claro. A pesar de ello, ¿cuándo se quejó, cuándo salió a llorar o a buscar imponer una ley para que no se le maltratara en redes sociales?
Incluso, Peña se hizo célebre al protagonizar junto con Chumel Torres un sketch antes de dejar la oficina presidencial. Esos fueron otros tiempos, se podía ridiculizar al propio presidente y no pasaba nada, a eso se le conocía como “libertad de expresión”, algo que quedará solo en el recuerdo de los mexicanos.
Pronto veremos algún ingenioso morenista haciendo arreglos para desplazar a los desplazados de la estadística incómoda, si no es que termina la presidenta por determinar que el INEGI no sirve porque existe corrupción al interior de este y, con ese pretexto, inventarse otra área dependiente de la Secretaría de Gobernación para que se “arreglen” los números que la incomodan.

