Octubre se tiñe de rosa. Las instituciones iluminan sus edificios, las empresas colocan distintivos y las redes sociales se llenan de mensajes que invitan a las mujeres a cuidarse, explorarse y realizarse estudios para detectar oportunamente el cáncer de mama; sin embargo, detrás de cada campaña existe una pregunta que pocas veces ocupa los espacios de discusión pública: ¿quién cuida de las mujeres que han dedicado su vida a cuidar de los demás?
En México, millones de mujeres despiertan cada mañana con una lista interminable de responsabilidades. Son madres, hijas, esposas, trabajadoras, cuidadoras y, en muchos casos, el único sostén económico y emocional de sus familias.
Entre preparar alimentos, atender a los hijos, cumplir con una jornada laboral y cuidar a padres envejecidos, su propia salud suele quedar relegada al último lugar.
Las cifras del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) permiten dimensionar esta realidad. De acuerdo con el Censo de Población y Vivienda 2020, el 33 por ciento de los hogares mexicanos reconocía a una mujer como jefa del hogar, es decir, aproximadamente uno de cada tres hogares estaba encabezado por una mujer.
Pero existe una distinción fundamental: ser jefa de familia no necesariamente significa vivir sola. Muchas mujeres comparten su hogar con hijos, familiares o parejas y, aun así, enfrentan una distribución profundamente desigual de las responsabilidades domésticas y de cuidado.
La Encuesta Nacional para el Sistema de Cuidados (ENASIC) 2022, también del INEGI, reveló que el 75.1 por ciento de las personas que proporcionaban cuidados en los hogares eran mujeres. Una cifra que evidencia que, aunque el cuidado debería constituir una responsabilidad compartida, continúa descansando principalmente sobre los hombros de las mujeres.
Y es precisamente aquí donde Octubre Rosa adquiere una dimensión que va mucho más allá de la prevención médica.
Durante este mes se insiste, con razón, en la importancia de identificar cambios en las mamas, acudir a valoración médica y realizarse los estudios correspondientes según la edad y los factores de riesgo, pero pocas campañas se detienen a considerar las condiciones reales en las que viven las mujeres a quienes dirigen sus mensajes.
¿Cómo pedirle a una madre que acuda a una consulta si no tiene con quién dejar a sus hijos? ¿Cómo exigirle a una trabajadora que priorice su salud si faltar una jornada representa perder parte del ingreso familiar? ¿Cómo hablar de prevención cuando miles de mujeres han aprendido que sus necesidades siempre pueden esperar, pero las de su familia no?
El problema no es únicamente médico, también es económico, cultural y social.
Durante generaciones se ha construido una imagen de la mujer como una figura inagotable: aquella que resuelve, acompaña, alimenta, protege y permanece fuerte incluso cuando está enferma. Se le reconoce su capacidad de sacrificio, pero pocas veces se cuestiona por qué tendría que sacrificar su bienestar para demostrar amor por su familia.
Hemos normalizado tanto esa entrega que, en ocasiones, una mujer necesita llegar al agotamiento o enfrentar una enfermedad para que su entorno comprenda cuánto dependía de ella.
El cáncer de mama nos recuerda que la salud no puede seguir siendo una responsabilidad individual desvinculada de las condiciones de vida. La detección oportuna es indispensable, pero también lo son el acceso efectivo a los servicios médicos, la posibilidad de ausentarse del trabajo sin consecuencias económicas y la existencia de redes familiares que permitan a las mujeres atenderse.
La prevención no comienza únicamente frente a un consultorio. También comienza en una familia donde las tareas se distribuyen, donde los hijos aprenden a cuidar y donde una mujer puede decir que necesita descansar sin experimentar culpa.
Octubre Rosa no debería convertirse en una celebración superficial de la fortaleza femenina. Su verdadero sentido tendría que ser reconocer que las mujeres no necesitan seguir demostrando que pueden con todo. Necesitan condiciones que les permitan vivir, trabajar, enfermar, recuperarse y envejecer con dignidad.
Porque detrás de muchas mujeres que reciben un diagnóstico existe también una familia que depende de ellas. Y mientras la sociedad les exige estar presentes para todos, pocas veces se pregunta quién estará presente cuando sean ellas quienes necesiten ayuda.
No basta con colocar un moño rosa, compartir una fotografía o repetir que la detección temprana salva vidas. Es necesario transformar esa conciencia en acciones concretas, dentro de los hogares, los centros de trabajo y las instituciones de salud.
Este Octubre Rosa, además de preguntar cuándo fue la última vez que una mujer acudió a una revisión médica, deberíamos preguntarnos qué estamos haciendo para que tenga el tiempo, los recursos y el apoyo necesarios para hacerlo, porque una sociedad que reconoce el valor de las mujeres no debería esperar a que enfermen para comenzar a cuidarlas.

