Hay algo que nos debe preocupar como sociedad y es que ya no nos sorprende casi nada.
Que una noticia terrible llegue a nuestros teléfonos, nos provoque un gesto de incredulidad durante unos segundos y después desaparezca entre videos, publicidad, discusiones políticas y la siguiente tragedia.
Como si la vida humana tuviera fecha de caducidad en nuestras pantallas.
¿En qué momento dejamos de asombrarnos?
Este año México nos ha puesto frente a hechos que, en otra época, habrían detenido al país entero.
Entre enero y agosto de 2026, México registró 322 casos de desaparición forzada, la cifra anual más alta de la que se tiene registro, aun cuando el año no había concluido, de acuerdo con datos del Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas.
Trescientas veintidós historias.
Trescientas veintidós familias.
Trescientas veintidós ausencias.
Pero decimos “322” y seguimos con nuestra vida, sin cambio alguno.
Ese es el problema de las estadísticas: pueden terminar ocultando a las personas y convertir el dolor humano en cifras.
Detrás de cada número hay alguien que tenía una vida, una habitación, una fotografía, alguien que lo esperaba y nosotros supimos de su caso, quizá solo hicimos una mueca de “pobrecito” y seguimos esperando que llegue la siguiente noticia.
Este año también vimos algo que debería resultarnos insoportable: la violencia alcanzando las escuelas.
En marzo, en Michoacán, un adolescente de 15 años fue detenido después de que dos trabajadoras de una escuela fueran asesinadas, y apenas comenzaba octubre cuando una secundaria de Torreón volvió a convertirse en escenario de violencia: le quitaron la vida a una subdirectora y otras personas resultaron heridas.
El lugar donde enseñamos a los niños a sumar, a leer, a imaginar su futuro.
¿En qué momento la violencia logró entrar también ahí?
Y todavía hay otra pregunta más incómoda:
¿Por qué ya no nos parece imposible?
Quizá porque hemos aprendido a convivir con lo que debería ser intolerable.
Nos acostumbramos al desaparecido.
Al asesinado.
Al funcionario señalado.
Al periodista amenazado.
A la madre que busca.
Al cuerpo que nadie identifica.
Al que debe abandonar su casa porque quedarse significa arriesgar la vida.
En septiembre se dieron a conocer datos del INEGI que estiman que, entre octubre de 2020 y octubre de 2025, alrededor de 1.6 millones de personas tuvieron que cambiar de residencia debido a la violencia o la inseguridad delictiva.
Un millón seiscientas mil personas.
Otra cifra enorme.
Otra tragedia que corre el riesgo de convertirse en un dato.
Y quizá ahí está nuestra derrota más silenciosa.
No solamente en la violencia.
No solamente en la impunidad.
Sino en la capacidad que hemos desarrollado para mirar el horror sin dejar que nos transforme.
Nos estamos endureciendo y una sociedad endurecida puede sobrevivir.
Pero también puede dejar de ser humana porque el asombro es una forma de humanidad.
Asombrarse significa reconocer que hay algo que rompe el orden de las cosas.
Que matar no es normal.
Que desaparecer a una persona no es normal.
Que robar desde el poder no es normal.
Que amenazar a quien informa no es normal.
Que una madre tenga que convertirse en investigadora, perito y buscadora porque no encuentra respuesta en las instituciones no es normal.
Que un niño tenga miedo de entrar a su escuela no es normal.
Nada de eso debería ser normal.
Sin embargo, estamos construyendo una peligrosa costumbre alrededor de lo inadmisible.
No deberíamos tener que esperar una tragedia todavía mayor para volver a sentir.
No deberíamos necesitar imágenes más crueles.
Más muertos.
Más desaparecidos.
Más madres llorando.
Más escuelas atacadas.
Más periodistas asesinados.
¿Cuántas tragedias hacen falta para que volvamos a decir: basta?
Una sociedad no pierde su humanidad de golpe.
La pierde poco a poco.
Cada vez que mira hacia otro lado.
Cada vez que dice “ya estamos acostumbrados”.
Cada vez que convierte el dolor ajeno en entretenimiento.
Cada vez que una tragedia dura lo que dura una tendencia en redes sociales.
Cada vez que la indignación dura menos que la noticia.
Asombrarnos ante el mal.
Ante la injusticia.
Ante la crueldad.
Ante la indiferencia.
Y también ante la dignidad de quienes todavía resisten.
Porque en medio de todo esto hay mujeres que siguen buscando.
Familias que siguen preguntando.
Periodistas que siguen escribiendo.
Maestros que siguen entrando a las aulas.
Ciudadanos que todavía salen a la calle.
Personas que, a pesar de todo, siguen creyendo que la justicia es posible.
Ellos nos recuerdan algo esencial:
Todavía no estamos completamente derrotados.
Mientras una madre siga buscando a su hijo, alguien tiene que preguntarse dónde está.
Mientras un periodista siga investigando, alguien tiene que escuchar.
Mientras una víctima siga pidiendo justicia, alguien tiene que responder.
Y mientras algo terrible todavía consiga provocarnos asombro, significa que no hemos perdido del todo la capacidad de distinguir entre lo que es y lo que debería ser.
Tal vez de eso se trata, de volver a mirar el mundo y recuperar una frase que hemos dejado de pronunciar:
Esto no puede ser normal.
Porque el día que el horror deje de asombrarnos, quizá ese día no solamente habremos perdido la capacidad de indignarnos.
Habremos empezado a perder el miedo de convertirnos en aquello que antes nos horrorizaba.

