Alejados de la realidad
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Alejados de la realidad

Miércoles, 22 Abril 2026 00:10 Escrito por 
Lo bueno, lo malo y lo serio Lo bueno, lo malo y lo serio Alfredo Albíter González

Las condiciones en las que viven millones de mexicanos no es la misma a la percepción que tiene la clase gobernante de la actualidad. El México del 2026 no se parece en nada al que hasta antes de ese fatídico 2018 existía. Hoy, en política, se desconocen las formas y los modos; ya no se intenta ocultar nada, la desfachatez se exhibe como si de una virtud se tratara.

El país empieza a descubrir los alcances que pueden tener la ambición y la codicia, encarnados en quienes hace no mucho tiempo se rompían las vestiduras y se tiraban al piso —literal, como Gerardo Fernández Noroña— haciendo exactamente lo que decían repudiar. El contraste se observa a simple vista. No era tan malo entonces si ahora ellos lo continúan haciendo.

La escena se intenta borrar; cuando en la oposición vislumbraban a algún grupo reclamando al gobierno por algún atropello, por alguna causa, se presentaban para unirse y hacerla suya. Andrés López Obrador no dejó pasar oportunidad para apropiarse del reclamo social y de la plaza cívica, al grado de sentir que ésta le pertenecía y que ahora niegan a la oposición.

Nadie más, que no sean ellos, tiene el derecho a la manifestación, a las marchas, a la protesta; reclamar al gobierno por atención parece tener derecho de autor. La presidenta Claudia Sheinbaum dejó ver con crudeza esa condición. El 12 de abril, durante un mitin en Puebla, espetó a los manifestantes: “Les dije desde que iba a venir que iba a dialogar con ustedes y, de todas maneras, ustedes se manifestaron, a pesar de que les dije que los iba a recibir”. El regaño denota con claridad quién es la presidenta de México: una persona a la que no le es cómodo escuchar. Su escasa tolerancia le dice que no debe interactuar con quien piensa diferente; exhibe que su paciencia rápidamente se ve alterada cuando el momento no se tiene controlado. Son varios los episodios en los que ha estallado; uno de los más recordados, por cierto, fue cuando aún como aspirante a la candidatura presidencial reclamó a Alfonso Durazo, gobernador de Sonora, durante el Consejo Nacional de Morena por haber escuchado gritos de “piso parejo”, diciéndose cansada de ese tipo de cosas.

Por otro lado, a varios personajes de la élite morenista se les ha descubierto en circunstancias alejadas de la austeridad que dijeron sostener como mantra: “No puede haber gobierno rico con pueblo pobre”, decían como liturgia, empezando desde luego por su fundador, y sirvió únicamente para aparentar sencillez, porque ya en el poder hasta colocan a cualquier ciudadano para humillarlo y obligarlo a pedir disculpas. Lo hizo Noroña y es un botón de muestra, no de orgullo, como lo recitaba López.

Bajo estas condiciones, es oportuno preguntar: ¿cómo esperar entonces que aquellos que hoy se sienten intocables, puros y hasta santos entiendan los problemas cotidianos del pueblo que dicen gobernar?, ¿cómo hacerlos comprender que el precio de la tortilla lastima la economía familiar?, o ¿que el precio de la carne de res, o del jitomate, o de las calabazas aprieta el bolsillo de las amas de casa?, si es la propia mandataria —al tiempo de esbozar una risita, como si de una travesura se tratara— quien pide al secretario de Hacienda, Edgar Amador, ir al mercado a verificar los precios.

No es broma, así lo pronunció. Pero ¿de qué sirve que Amador visite un tianguis si no perciben la magnitud del entorno que envuelve que esos productos lleguen a los puestos de venta? Dejan en evidencia que no comprenden que el precio de estos, como el de la gasolina o el diésel, tiene que ajustarse, y no lo hacen simplemente porque viven en otra realidad.

Es por eso que no dimensionan el terrible miedo que reportan sentir las personas al caminar por las calles del país a cualquier hora del día, o al transitar en las carreteras, o tan siquiera imaginar la razón por la que se ven obligados a abandonar sus domicilios huyendo de la violencia. Todo eso no existe para ellos, pues andan en sus camionetotas machuchonas sin tener que bajarse a un Oxxo con el riesgo de que alguien les robe el vehículo o, peor, los levante. Esas condiciones que la población sufre todos los días y por las cuales se persignan al salir de casa, con la esperanza de regresar ilesos.

Alejado el gobierno de la realidad que vive el pueblo, es entendible entonces el interés de desaparecer a los incómodos desaparecidos y negarse a ver el sufrimiento de las familias que reclaman atención del gobierno, pidiendo a todos los santos ver el regreso de aquellos que hoy están ausentes.

Ignoran la angustia que se genera al abordar un camión o un taxi del servicio público para trasladarse de un punto a otro, con la esperanza de que en esta sea la ocasión en que no se suban los amantes de lo ajeno. Peor aún, que alguno de ellos, con los nervios crispados, dispare su arma y penetre en el cuerpo de algún desafortunado, y ante tal fatalidad, no vuelva a casa nunca más.

Aunque, a pesar de tal desgracia, a ellos se les puede realizar tal vez una misa de cuerpo presente; en cambio, a otros, a los que se desconoce por completo su paradero, no se sabe si aún hay que esperar que lleguen a tocar la puerta algún día. Eso es lo que padecen las madres buscadoras cada mañana. No descansan, ya que la incertidumbre les dicta buscar debajo de las piedras de ser necesario para encontrar a su familiar, con el riesgo de perder la vida en el intento.

Duro, pero así es. Peor aún, la sociedad está dividida. La misma que antes mostró al mundo que en la desgracia propia o ajena se unía para ayudar. Ahora se insulta. Se agrede. La generosidad mexicana fue conocida y reconocida en el mundo entero; hoy ha desaparecido.

En efecto, existe una realidad alterna en el imaginario oficial.

 
 
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Alfredo Albíter González

Lo bueno, lo malo y lo serio