El caso de Rocky: el maltrato animal como ventana social hacia la violencia
DigitalMex - Periodismo Confiable
Publicado en Opinión

El caso de Rocky: el maltrato animal como ventana social hacia la violencia

Miércoles, 29 Julio 2026 00:10 Escrito por 
Inventario Inventario Jorge Olvera García

"La grandeza de una nación y su progreso moral pueden juzgarse por la forma en que trata a sus animales." — Mahatma Gandhi

Hay acontecimientos que se resisten a quedar confinados en la nota roja. Se instalan en otro lugar, más incómodo y más hondo, desde donde exigen que la conciencia colectiva rinda cuentas. El caso de Rocky, el perro que murió en Saltillo, Coahuila, después de ser arrastrado brutalmente por una camioneta, pertenece a esa estirpe de hechos que no se agotan en la indignación del momento, sino que permanecen, como una astilla, recordándonos algo que preferiríamos no mirar de frente.

Porque lo cierto es que el país no se conmovió solamente por la muerte de un animal. Se conmovió por la evidencia, cruda e inapelable, de una crueldad ejercida contra un ser que no tenía forma alguna de defenderse, de razonar con su verdugo, de negociar su propia supervivencia. En esos minutos de asfalto y de gritos quedaron expuestas, una junto a la otra, dos verdades que rara vez aceptamos ver simultáneamente: la capacidad humana para infligir dolor sin motivo y la obligación, igualmente humana, de levantar un dique frente a esa capacidad antes de que se convierta en costumbre.

Solemos pensar que el maltrato animal es un asunto menor, casi doméstico, frente a los grandes desafíos que enfrenta una nación: la pobreza, la inseguridad, la desigualdad. Pocas ideas resultan tan equivocadas. La psicología, la criminología y la psiquiatría han documentado, con una consistencia que ya no admite discusión seria, que la violencia rara vez irrumpe de manera espontánea en la vida de una persona. Casi siempre comienza en minúsculo. Comienza con un gesto de crueldad tolerado, con una mirada que se aparta en lugar de intervenir, con un silencio que se confunde con indiferencia. Y, cuando esas primeras expresiones no encuentran límite social, ético o jurídico, se acostumbran a no encontrarlo, y entonces escalan.

Diversas investigaciones internacionales, desde los estudios pioneros del FBI sobre perfiles criminales hasta trabajos contemporáneos de criminología comparada, han documentado una relación estrecha entre el maltrato animal y la violencia intrafamiliar, el abuso infantil, las agresiones sexuales e incluso ciertos homicidios. Esto no significa, conviene decirlo con toda claridad, que toda persona que lastima a un animal esté destinada a convertirse en agresora de otro ser humano. Significaría un exceso interpretativo y una injusticia. Pero sí existe evidencia suficiente, acumulada durante décadas, para considerar la crueldad contra los animales como uno de los indicadores de riesgo más reveladores en la construcción temprana de conductas antisociales. Es, por así decirlo, la primera grieta visible en un muro que después puede derrumbarse sobre personas.

El Derecho, con su ritmo siempre más lento que el de la conciencia social, ha comenzado a comprenderlo. Los animales dejaron de ser, al menos en el papel, simples objetos o bienes muebles susceptibles de apropiación. Hoy se les reconoce, cada vez con mayor firmeza, como seres sintientes: capaces de experimentar dolor, miedo, angustia y también bienestar. México ha recorrido, en este terreno, una evolución legislativa que merece reconocerse sin triunfalismo, pero también sin escatimarla. Las treinta y dos entidades federativas cuentan hoy con normas orientadas a prevenir y sancionar el maltrato animal, aunque persisten diferencias notables en la severidad de las penas y, sobre todo, en la eficacia real de los mecanismos para hacerlas cumplir. Porque una ley que no se aplica no es más que una promesa impresa.

El Estado de México merece, en este contexto, una mención particular. Su Código Penal tipifica el delito de maltrato animal y contempla sanciones para quien cause lesiones, sufrimiento o la muerte de animales domésticos o en situación de abandono. No se trata de un matiz jurídico menor: es una declaración pública de que la crueldad contra los seres sintientes ya no será mirada con la displicencia de otras épocas, sino tratada como lo que efectivamente es: una conducta socialmente intolerable.

Debe reconocerse, en justicia, el esfuerzo sostenido del Gobierno del Estado de México y de su Congreso local por fortalecer este marco normativo. Pero ninguna ley, por bien redactada que esté, basta por sí sola cuando la cultura que la rodea permanece inmóvil. Las leyes ordenan; la educación transforma. Y sigue siendo la educación, más que cualquier reforma penal, el instrumento más poderoso con que contamos para prevenir la violencia antes de que ocurra, en lugar de limitarnos a castigarla después.

Durante mi responsabilidad como Rector de la Universidad Autónoma del Estado de México tuve la convicción, que el tiempo no ha hecho sino confirmar, de que una universidad pública no se limita a formar profesionistas. Forma, sobre todo, ciudadanos: personas capaces de reconocer el sufrimiento ajeno y de actuar en consecuencia. Con esa convicción impulsamos la creación del Centro de Investigación y Atención para el Rescate Animal, el CIRAC, así como los quirófanos veterinarios móviles destinados a la atención de perros y gatos en comunidades donde ese servicio simplemente no existía. Aquellos proyectos representaban, desde luego, una política de bienestar animal. Pero representaban, en un sentido más amplio y más ambicioso, una apuesta por construir una sociedad más solidaria, más atenta a lo pequeño, más humana en el sentido profundo de la palabra.

Rocky ya no volverá. Nada de lo que se escriba después de su muerte podrá devolverle la vida ni suavizar el horror de sus últimos minutos. Pero su historia, precisamente por su crudeza, puede convertirse en una oportunidad para comprender algo que, como sociedad, hemos tardado en asumir: la protección animal no es un tema periférico, decorativo o sentimental. Es una auténtica política pública, con implicaciones de seguridad, de educación, de salud y, en última instancia, de derechos humanos. La violencia jamás comienza con los grandes crímenes que ocupan portadas. Casi siempre inicia en el instante silencioso en que alguien descubre que puede hacer sufrir a otro ser sin enfrentar consecuencia alguna. Ese descubrimiento, cuando no se corrige a tiempo, se convierte en método.

Mahatma Gandhi dejó escrita una frase que el tiempo no ha desgastado, sino todo lo contrario: ha ido revelando capas nuevas de verdad. "La grandeza de una nación y su progreso moral pueden juzgarse por la forma en que trata a sus animales". No era, como pudiera pensarse a primera vista, una frase dedicada exclusivamente a los animales. Era, en realidad, una reflexión profunda sobre la condición humana, formulada por alguien que había dedicado su vida entera a pensar en la no violencia como principio civilizatorio.

Marguerite Yourcenar escribió, en un pasaje que releo con frecuencia, que fundar bibliotecas equivalía a construir graneros capaces de enfrentar el invierno del espíritu. Me permito, con el respeto que merece esa imagen, añadir una idea complementaria: proteger a los animales es sembrar reservas de humanidad, silenciosas y constantes, para el momento en que la violencia amenace con endurecer definitivamente nuestro corazón. Son graneros distintos, pero cumplen la misma función: sostenernos cuando el frío arrecia.

Las sociedades no comienzan a derrumbarse cuando se agrietan sus edificios, sus puentes o sus finanzas públicas. Comienzan a desmoronarse, de manera mucho más silenciosa y mucho más peligrosa, cuando dejan de conmoverse ante el sufrimiento del más débil, cuando la crueldad deja de sorprender y empieza apenas a incomodar por un instante, antes de disolverse en el ruido de la siguiente noticia. Defender a un perro arrastrado por el asfalto de Saltillo no disminuye en absoluto la dignidad humana. La engrandece, la ensancha, la vuelve más digna de ese nombre.

Al final, cuando la historia juzgue el nivel ético de nuestra generación, probablemente no se detendrá a contar cuántos puentes construimos ni cuántas reformas aprobamos con solemnidad en tribunas iluminadas. Formulará, en cambio, una pregunta mucho más sencilla en apariencia y, por eso mismo, mucho más difícil de responder con la conciencia tranquila: si fuimos capaces de proteger a quienes dependían por completo de nuestra compasión, a quienes no tenían idioma para pedir auxilio ni fuerza para resistir el abuso. En esa respuesta, y no en los grandes discursos, se jugará, probablemente, el verdadero rostro de nuestra civilización.

Rocky no podrá leer estas líneas, desde luego. Pero acaso sea eso, precisamente, lo que vuelve indispensable escribirlas: la certeza incómoda de que la compasión verdadera no espera reciprocidad ni aplauso, y de que el auténtico progreso moral de un pueblo se mide, en última instancia, por cómo trata a quienes nunca podrán exigírselo.

Visto 84 veces
Valora este artículo
(0 votos)
Más en esta categoría: « “Nosotras nos lo buscamos”