Rosario Castellanos: el otro modo de ser
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Publicado en Opinión

Rosario Castellanos: el otro modo de ser

Miércoles, 19 Agosto 2026 00:00 Escrito por 
Inventario Inventario Jorge Olvera García

Cuentan los biógrafos que en Comitán, Chiapas, cuando Rosario Castellanos era todavía una niña, murió su único hermano. Ella tenía siete años. La casa familiar, de altos corredores y sirvientas indígenas que hablaban tzeltal antes que español, se llenó de un luto que —según recordaría después, con esa lucidez implacable que nunca la abandonó— no era exactamente por el niño perdido, sino por el varón perdido: el heredero, el nombre, la continuidad de un apellido que en el Chiapas de los años treinta todavía pesaba como una institución. Circuló entonces, entre las mujeres de la casa, una superstición antigua: que uno de los dos hermanos debía morir para que el otro viviera, y que los dioses —o el destino, o la simple crueldad de la vida rural— se habían equivocado de niño. Rosario creció sabiendo, o creyendo saber, que ella era la equivocación. De esa herida primera, que ningún diagnóstico psicológico contemporáneo dejaría de reconocer como una forma temprana de la orfandad afectiva, nacería no la resignación sino exactamente lo contrario: una escritora que dedicó su vida entera a nombrar, con precisión quirúrgica, a todos los que la historia oficial de México había decidido no necesitar.

Nació el 25 de mayo de 1925 en la Ciudad de México, pero la infancia que la formó transcurrió en Comitán, en esa Chiapas de haciendas y peonaje disfrazado de costumbre donde su familia poseía tierra, ganado y la certeza tranquila de que las cosas seguirían siendo así para siempre. No fue así. La reforma agraria cardenista, que en la segunda mitad de los años treinta repartió buena parte de las propiedades del sureste mexicano entre comunidades indígenas y campesinas, despojó a los Castellanos de una porción sustancial de su patrimonio y los devolvió, sin quererlo, a una cercanía con el mundo indígena que la niña Rosario ya conocía por las nanas que la habían criado, pero que la mujer adulta transformaría en materia literaria. Quienes han estudiado su obra coinciden en algo que a mí, cada vez que releo Balún Canán, me sigue pareciendo extraordinario: esa pérdida temprana, esa caída desde el privilegio hacia una intemperie relativa, le regaló algo que ningún manual de sociología puede enseñar, la mirada de quien ha estado, aunque sea brevemente, en los dos lados de la frontera social.

Confieso una lectura tardía. Llegué a Balún Canán ya adulto, cuando la vida me había enseñado que ninguna infancia es completamente inocente, y encontré en sus páginas una crueldad tan honesta que dolía leerla. La novela, publicada en 1957, está narrada por una niña sin nombre que observa, con una inocencia que no absuelve a nadie, el derrumbe de una hacienda chiapaneca y el despertar —tímido, contradictorio, real— de una conciencia indígena que empieza a exigir lo que siempre le perteneció. Cinco años después, en 1962, Oficio de tinieblas llevaría esa misma mirada a un terreno todavía más incómodo, el de la llamada guerra de castas de 1867, cuando comunidades tzotziles de los Altos de Chiapas, encabezadas por una mujer a la que llamaron la Ilol y un líder que reclamaba para sí un Cristo propio, se levantaron contra un orden que los había condenado, generación tras generación, a la servidumbre. Castellanos no convirtió esa rebelión en epopeya redentora ni en barbarie que hubiera que justificar. La contó como lo que fue, un estallido de dignidad herida que terminó, como casi siempre terminan estos episodios en la historia de América Latina, en una represión que nadie recuerda con el mismo detalle con que se recuerda el levantamiento.

Ahí radica, me parece, la aportación más subversiva de Rosario Castellanos a la literatura mexicana del siglo XX, y también su lección jurídica más profunda, aunque ella jamás la hubiera formulado en esos términos. Mientras Miguel Ángel Asturias, Ciro Alegría o José María Arguedas construían, cada uno con enorme talento, un indigenismo que oscilaba entre la denuncia y la idealización —el indígena como víctima pura, el mestizo como opresor sin matices—, Castellanos se negó sistemáticamente a esa simplificación. Sus personajes indígenas podían ser generosos o mezquinos, valientes o cobardes, sabios o crueles, exactamente como los personajes ladinos que los sometían. Esa negativa a idealizar no era frialdad: era, en el fondo, el reconocimiento más radical de humanidad que la literatura puede ofrecer, porque solo se idealiza aquello a lo que no se le concede la complejidad de ser plenamente humano. Reconocer el derecho de alguien a ser mezquino, contradictorio o equivocado —y no solamente virtuoso por decreto narrativo— es, en el fondo, reconocerle la misma dignidad que exigimos para nosotros mismos.

Esa convicción no se quedó en la ficción. A finales de los años cincuenta, Rosario Castellanos trabajó para el Instituto Nacional Indigenista en San Cristóbal de las Casas, donde ayudó a diseñar el Teatro Petul, un programa de guiñol itinerante que recorría comunidades tzotziles y tzeltales llevando, en su propia lengua y con sus propios códigos, información sobre salud, alfabetización y derechos elementales que el Estado mexicano llevaba siglos sin explicarles con claridad. No era una escritora que observaba la pobreza desde el balcón de la hacienda familiar reconvertida en anécdota literaria. Se ensució las manos, aprendió los nombres, escuchó los silencios. Y cuando volvió a la máquina de escribir, lo hizo con la autoridad de quien ha estado ahí, no con la piedad cómoda de quien imagina desde lejos.

La otra mitad de su obra —tan importante como la primera, aunque durante décadas se le prestara menos atención académica— es la que dedicó a la condición de las mujeres, y ahí también rehuyó la solemnidad fácil en favor de una ironía cortante que todavía sorprende. En 1950, siendo estudiante de Filosofía y Letras en la UNAM, presentó una tesis titulada Sobre cultura femenina, escrita apenas un año después de que Simone de Beauvoir publicara en Francia El segundo sexo, y sin haberlo leído todavía por completo: llegó, por caminos propios, a preguntas parecidas sobre por qué la cultura había construido a la mujer como lo otro, como el margen de una humanidad que se pensaba a sí misma en masculino. Recordemos que en 1950 las mexicanas ni siquiera podían votar en elecciones federales —el sufragio femenino llegaría hasta 1953, y se ejercería por primera vez en 1955—, de modo que Castellanos estaba, en los hechos, teorizando la ciudadanía plena de una mujer a la que la ley todavía le negaba la ciudadanía política elemental.

De ahí surgió, más de dos décadas después, Mujer que sabe latín…, título que Castellanos tomó, con su ironía característica, de un refrán popular español —mujer que sabe latín, ni buen marido ni buen fin— que advertía a las niñas, generación tras generación, que el conocimiento y la felicidad femenina eran, en la imaginación patriarcal, mutuamente excluyentes. Ella convirtió esa advertencia en título de orgullo. Y en su poema Autorretrato escribió unos versos que hoy se citan hasta el cansancio precisamente porque nunca han dejado de doler: “Yo soy una señora: tratamiento / arduo de conseguir, en mi caso, y más útil / para alternar con los demás que un título / extendido a mi nombre en cualquier academia.” Ahí está, condensada en cuatro líneas, toda la distancia entre el título social que se le concede a una mujer y el reconocimiento intelectual que ese título casi nunca alcanza a sustituir.

Hay una filiación que Rosario Castellanos reconoció explícitamente y que conviene subrayar, la de Sor Juana Inés de la Cruz. Tres siglos separan a la monja jerónima que defendió, en la Respuesta a Sor Filotea, el derecho de las mujeres al conocimiento, de la ensayista chiapaneca que en pleno siglo XX seguía teniendo que argumentar lo mismo ante un país que se creía moderno. Que ese argumento siga siendo necesario, generación tras generación, no habla de la terquedad de estas mujeres: habla de la lentitud con que las sociedades ceden espacios que nunca debieron estar en disputa. Castellanos tituló su antología poética de 1972 Poesía no eres tú, en réplica deliberada al verso romántico de Bécquer —¿qué es poesía?... poesía eres tú— que durante un siglo había convertido a la mujer en musa muda, en objeto contemplado, jamás en sujeto que mira y que escribe. El título entero es una declaración política disfrazada de ironía literaria: yo no soy tu poema, vengo a escribir el mío.

En 1971, el presidente Luis Echeverría la nombró embajadora de México en Israel, un cargo que ejerció con la misma seriedad con que había ejercido la cátedra y la escritura, sin abandonar jamás la pluma: siguió publicando artículos periodísticos, muchos de los cuales se reunirían después bajo el título El uso de la palabra, hasta que la mañana del 7 de agosto de 1974, en su residencia de Tel Aviv, una descarga eléctrica producida por una lámpara mal instalada le arrebató la vida cuando tenía apenas cuarenta y nueve años. México entero se detuvo un instante, aunque no tanto como debería haberse detenido, ante la noticia de que la mujer que había pasado su vida entera nombrando a los innombrados se había marchado sin que la mayoría del país supiera, todavía, cuánto le debía.

Veinte años después de su muerte, en enero de 1994, comunidades indígenas de esos mismos Altos de Chiapas que Castellanos había retratado en Balún Canán y Oficio de tinieblas se levantaron en armas bajo las siglas del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, exigiendo tierra, autonomía y el reconocimiento de una dignidad que el Estado mexicano seguía, tres décadas después de que ella lo denunciara en la ficción, sin garantizar del todo. Los Acuerdos de San Andrés, firmados en 1996 y todavía incumplidos en buena parte de su letra, plantearon en el lenguaje del derecho constitucional exactamente la pregunta que Castellanos había planteado en el lenguaje de la novela, la de si un país puede llamarse a sí mismo justo mientras una parte sustancial de su población sigue viviendo, literalmente, en otro tiempo jurídico. No es casualidad, es continuidad: la literatura, cuando es honesta, suele adelantarse a la ley por décadas.

Algo parecido ocurre con su legado feminista. México reformó su Constitución en 2019 para consagrar la paridad de género en todos los poderes y niveles de gobierno, un logro histórico que hubiera parecido ciencia ficción en 1950, cuando Rosario Castellanos escribía su tesis sin poder votar. Y, sin embargo, el país que hoy exhibe gabinetes paritarios sigue siendo, simultáneamente, uno de los lugares más peligrosos del mundo para ser mujer, con cifras de feminicidio que ninguna reforma legal, por sí sola, ha logrado revertir. Castellanos lo entendió antes que nadie, entiendo que el derecho formal y la dignidad vivida no son la misma cosa, y que la ley puede cambiar de la noche a la mañana mientras la cultura que la sostiene tarda generaciones en moverse un centímetro. Esa distancia entre lo que la ley promete y lo que la vida cotidiana entrega sigue siendo, sesenta años después de que ella la denunciara, la distancia exacta en la que se juega la justicia real de un país.

Quiero volver, para cerrar, a la niña de Comitán que creció convencida de que había nacido en el lugar equivocado, del hermano equivocado, del cuerpo equivocado. En uno de sus poemas más citados, Meditación en el umbral, Rosario Castellanos enumeró los destinos que la tradición literaria y social había reservado para las mujeres —Safo, Mesalina, María Egipciaca, Magdalena, Clemencia Isaura— para después rechazarlos todos, uno por uno, en busca de algo que todavía no tenía nombre: “Debe haber otro modo que no se llame Safo / ni Mesalina ni María Egipciaca / ni Magdalena ni Clemencia Isaura… / Otro modo de ser humano y libre. / Otro modo de ser.” Ese otro modo de ser no lo inventó Rosario Castellanos de la nada: lo construyó línea por línea, libro por libro, decisión por decisión, contra una superstición familiar que la había condenado a la equivocación desde los siete años.

La descarga eléctrica que le arrebató la vida en Tel Aviv apagó, en un instante, a una mujer de cuarenta y nueve años. Nunca ha logrado apagar la luz de esa otra pregunta que sigue abierta, la de cuánto le falta todavía a este país para que ese otro modo de ser deje de ser una excepción literaria y se convierta, por fin, en la norma.

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