La balanza rota: Palestina, Israel y la conciencia del mundo
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La balanza rota: Palestina, Israel y la conciencia del mundo

Miércoles, 30 Septiembre 2026 00:00 Escrito por 
Inventario Inventario Jorge Olvera García

Hay un olivo en Cisjordania que, dicen los campesinos, tiene más de cuatro mil años. Vio pasar a los romanos, a los cruzados, a los otomanos y a los ingleses; vio levantarse muros y caer imperios. Nadie sabe con certeza cuántas cosechas ha dado, pero todos saben quién lo ha cuidado: manos palestinas que, generación tras generación, han aprendido que la tierra no se posee, se hereda y se defiende. Cada 30 de marzo, desde aquel 1976 en que el pueblo palestino convocó a una huelga general contra el despojo de sus tierras, se conmemora el Día de la Tierra. Y cada año la pregunta es la misma, tan vieja como ese olivo: ¿cuánto pesa una vida en la balanza del mundo?

La justicia suele representarse con los ojos vendados y una balanza en la mano. La venda significa que no distingue rostros, apellidos ni banderas; la balanza, que todas las vidas pesan lo mismo. Pero en Gaza la venda parece haberse caído y la balanza está rota. Lo dijo, con la ironía dolorosa que sólo tienen los grandes escritores, Eduardo Galeano:

“Y como siempre, siempre lo mismo: en Gaza, cien a uno. Por cada cien palestinos muertos, un israelí. Gente peligrosa, advierte el otro bombardeo, a cargo de los medios masivos de manipulación, que nos invitan a creer que una vida israelí vale tanto como cien vidas palestinas. Para justificar la ilegal ocupación de tierras palestinas, la guerra se llama paz. Los israelíes son patriotas y los palestinos son terroristas, y los terroristas siembran la alarma universal. ¿Hasta cuándo los medios de comunicación seguirán siendo miedos de comunicación?”

Galeano no escribía para agradar. Escribía para despertar. Sabía que las palabras también bombardean, que el lenguaje puede ser un arma más precisa que un misil, porque el misil mata cuerpos y la palabra torcida mata la memoria. Cuando la ocupación se nombra “seguridad”, cuando el castigo colectivo se llama “defensa” y cuando un niño muerto se convierte en “daño colateral”, la tragedia no sólo ocurre: se justifica. Y lo que se justifica, se repite.

Tuve el privilegio de conocer de cerca esta causa, no desde la distancia de los noticieros, sino en el diálogo directo con quien la representa. Desde mi responsabilidad como Rector de la Universidad Autónoma del Estado de México coincidí con el entonces embajador de Palestina en nuestro país, Mohamed Saadat, en espacios donde la academia hizo lo que mejor sabe hacer: escuchar, pensar y tender puentes. La universidad pública, heredera del Instituto Literario que formó a Ignacio Manuel Altamirano, tiene la obligación de mirar al mundo con ojos críticos y abrir sus aulas a las voces que el poder prefiere silenciar.

Años después, ya como Presidente de la Comisión de Derechos Humanos del Estado de México, volví a recibir al embajador Saadat. Aquel encuentro no fue un acto protocolario más. Fue la confirmación de que los derechos humanos no conocen fronteras y de que un organismo público autónomo, aun siendo local, puede y debe tener vocación universal. En esa etapa impulsamos y firmamos acuerdos de trascendencia internacional para beneficio del Estado de México, porque entendimos que la defensa de la dignidad en Toluca, en Ecatepec o en Nezahualcóyotl es la misma que se libra en Ramallah, en Jerusalén Oriental o en Gaza. La dignidad no es un asunto de geografía; es un asunto de humanidad.

Recuerdo con claridad las palabras que el embajador pronunció en aquellos años, durante la conmemoración del Día de la Tierra en el Museo Casa de la Memoria Indómita: “Tenemos que unirnos todos para decir sí a la aplicación de las resoluciones de Naciones Unidas; sí a las aplicaciones de la Carta de Naciones Unidas; sí a la aplicación del derecho internacional”. No pedía privilegios. Pedía algo mucho más elemental y, por lo mismo, más difícil de conceder: que las reglas que el mundo se dio a sí mismo después del horror de la Segunda Guerra Mundial se cumplan para todos, y no sólo para algunos. Advertía también que el sistema multilateral estaba amenazado y que, si no lo protegíamos, todos estaríamos en un serio problema. El tiempo le ha dado la razón.

No se trata de consignas, sino de hechos documentados. Durante décadas, organismos internacionales y organizaciones de derechos humanos han registrado un catálogo que avergüenza a la conciencia contemporánea: más de medio siglo de ocupación de los Territorios Palestinos; el bloqueo de la Franja de Gaza, que sometió a cerca de dos millones de personas a un castigo colectivo y a una crisis humanitaria permanente; la expansión de asentamientos en Cisjordania y Jerusalén Oriental; las restricciones a la libertad de circulación; las demoliciones de viviendas y los desalojos forzosos; la detención administrativa sin cargos ni juicio de cientos de personas, incluidos niños y niñas; la tortura y los malos tratos bajo custodia, que con frecuencia quedaron impunes; los homicidios ilegítimos de civiles y el uso excesivo de la fuerza.

Cada uno de esos renglones corresponde a un derecho reconocido en la Declaración Universal de 1948: el derecho a la vida, a la libertad, a la integridad personal, a no ser sometido a tortura, a circular libremente, a una vivienda digna, a la nacionalidad, al debido proceso. No son derechos de los palestinos; son derechos humanos que los palestinos tienen porque son humanos. Negárselos es negar el principio mismo sobre el que se levantó el orden internacional.

En julio de 2024, la Corte Internacional de Justicia sostuvo en su opinión consultiva que la presencia continuada de Israel en el territorio palestino ocupado es contraria al derecho internacional. La máxima instancia judicial del planeta dijo en lenguaje jurídico lo que Galeano había dicho en lenguaje poético. Y, sin embargo, la guerra que se desató tras los condenables ataques del 7 de octubre de 2023 —porque el asesinato y el secuestro de civiles israelíes también merecen, sin matices, nuestra condena— derivó en una devastación de Gaza que la comunidad internacional contempló durante demasiado tiempo con los brazos cruzados. Barrios enteros reducidos a escombros, hospitales sin luz, niños sin escuela, madres buscando pan entre las ruinas. A casi un año del alto el fuego, Naciones Unidas advierte que la tregua no basta para garantizar la supervivencia de la población. Callar las armas no es lo mismo que hacer la paz.

Galeano lo había escrito años antes, con la lucidez de quien mira sin anteojeras: para justificarse, el terrorismo de Estado fabrica terroristas: siembra odio y cosecha coartadas. La violencia que se responde con más violencia no conoce final; sólo conoce nuevas víctimas y nuevos pretextos. Por eso la condena al terrorismo, venga de donde venga, no puede convertirse en licencia para el castigo colectivo de todo un pueblo.

Frente a este drama, México tiene algo que decir, y tiene con qué decirlo. Nuestra política exterior no nació de la improvisación, sino de las heridas. Un país que sufrió invasiones, mutilaciones territoriales e intervenciones extranjeras aprendió, a golpes, el valor de la soberanía y de la autodeterminación de los pueblos. De esa experiencia nació la frase de Benito Juárez que hoy repiten los niños en las escuelas y que debería repetirse en todas las cancillerías del mundo: “Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”.

De esa tradición provienen la Doctrina Estrada, que proclamó el rechazo a juzgar la legitimidad de los gobiernos ajenos; la defensa de la República española y el asilo a miles de exiliados; la labor de Gilberto Bosques, que desde Marsella salvó a perseguidos del nazismo; el Tratado de Tlatelolco, que hizo de América Latina una zona libre de armas nucleares y valió a Alfonso García Robles el Premio Nobel de la Paz. No es casual que el artículo 89 de nuestra Constitución consagre como principios normativos de la política exterior la autodeterminación de los pueblos, la no intervención, la solución pacífica de controversias, la proscripción de la amenaza o el uso de la fuerza, la igualdad jurídica de los Estados y el respeto, la protección y la promoción de los derechos humanos. El mundo reconoce en México una escuela diplomática, y esa escuela tiene en la causa palestina una de sus pruebas más exigentes.

La relación entre México y Palestina ha sido, en ese sentido, coherente con la historia. En 1947, cuando Naciones Unidas votó la partición de Palestina, México se abstuvo. En 1975 estableció relaciones con la Organización para la Liberación de Palestina, que abrió en la capital una oficina de información, elevada a Delegación Especial en 1995. En 2005 México abrió su oficina de representación en Ramallah. En 2012 votó a favor de que Palestina se convirtiera en Estado observador no miembro de Naciones Unidas. En 2024 respaldó su ingreso como miembro pleno y solicitó intervenir en el caso que se sigue ante la Corte Internacional de Justicia. Y hace apenas unos días, en la Asamblea General de septiembre de 2026, México reafirmó su reconocimiento al Estado de Palestina y su respaldo a la solución de dos Estados, con protección para la población civil y respeto irrestricto al derecho internacional.

Aquella aspiración que el embajador Saadat expresaba en 2019 —que México reconociera a Palestina como un Estado independiente, porque ello contribuiría a la defensa de los derechos de su pueblo— encuentra hoy eco en la voz de nuestro país ante el mundo. No es un gesto contra nadie. Es un gesto a favor de algo: de la idea de que la paz no se construye sobre la negación del otro, sino sobre su reconocimiento. Dos Estados, dos pueblos, un mismo derecho a vivir sin miedo.

Hay quienes sostienen que hablar de Palestina desde México es asunto lejano, ajeno a nuestras urgencias. Se equivocan. Quien ha trabajado en la defensa de los derechos humanos sabe que la indiferencia es contagiosa: el que tolera la injusticia lejana termina por tolerar la cercana. Las madres buscadoras que escarban la tierra en nuestro país con la esperanza de encontrar a sus hijos entienden, mejor que ningún tratado, el dolor de las madres de Gaza que escarban entre los escombros. El lenguaje del sufrimiento no necesita traducción.

Los derechos humanos no admiten jerarquías de dolor. No hay víctimas de primera y de segunda, no hay muertos que valgan más porque tienen mejor prensa. Cuando aceptamos que una vida vale cien veces más que otra, no sólo condenamos a los palestinos: nos condenamos a nosotros mismos, porque renunciamos a la única premisa que nos protege a todos, la igual dignidad de cada persona. Mahmud Darwish, el poeta de la tierra palestina, lo escribió con una sencillez que desarma: sobre esta tierra hay algo que merece la vida. Esa es la causa. No la venganza, no el odio, no la aniquilación del otro: la vida.

Por eso la comunidad internacional no puede limitarse a administrar la tragedia. Debe exigir el cumplimiento de las resoluciones de Naciones Unidas, el acceso irrestricto de la ayuda humanitaria, la liberación de rehenes y de detenidos sin juicio, el fin de la expansión de asentamientos, la rendición de cuentas por los crímenes cometidos —por cualquiera de las partes— y un horizonte político verdadero para el pueblo palestino. Sin justicia no habrá paz duradera; sin memoria no habrá justicia.

Y aquí, en casa, la lección también nos alcanza. Vivimos tiempos en que la violencia parece ofrecer respuestas rápidas a problemas profundos. Pero lo que ocurre en Gaza enseña, con la elocuencia terrible de las ruinas, adónde conduce ese camino. Ante la desgracia, es necesaria la unidad nacional, pues la violencia no puede combatirse con violencia y, ante un acto de injusticia y dolor, el camino es ampliar las libertades y respetar el derecho de cada quien a construir un México de todos. Lo que pedimos para Palestina es lo mismo que debemos exigirnos a nosotros: un país donde nadie sea extranjero en su propia tierra.

El olivo de Cisjordania seguirá ahí cuando los que hoy ordenan los bombardeos hayan pasado a ser una nota al pie de la historia. Los árboles tienen paciencia; los pueblos, también. Pero la paciencia de los pueblos no debe confundirse con resignación, ni el silencio del mundo con neutralidad. Quien calla ante la injusticia ya eligió de qué lado de la balanza pone su peso.

Que México, fiel a su mejor tradición, siga poniendo el suyo del lado de la vida. Porque la justicia, cuando es verdadera, no cuenta los muertos por bandera: los llora a todos, y se levanta para que no haya uno más.

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