La salud mental ignorada puede convertirse en una tragedia para quien la padece y para quienes lo rodean.
Nadie sale de casa pensando que ese día puede encontrarse con una tragedia. Salimos a trabajar, a estudiar, a caminar, a comprar algo o simplemente a cumplir con la rutina.
Pensamos quizá en los riesgos de “siempre”: un accidente, un asalto, un conductor imprudente, pero pocas veces pensamos que, en medio de una actividad cotidiana, podemos cruzarnos con una persona que atraviesa una crisis mental sin atención y que puede reaccionar de manera impredecible.
Hace unos días, un caso estremeció a la sociedad: un adulto mayor perdió la vida luego de que un hombre lo empujara hacia el paso de un vehículo pesado. Bastó un segundo, un impulso, una acción inexplicable que terminó con una vida.
No corresponde diagnosticar desde una columna de opinión qué ocurría en la mente de esa persona, eso corresponde a especialistas y a las autoridades, pero sí podemos preguntarnos qué estamos haciendo como sociedad frente a la salud mental, un problema que muchas veces preferimos no mirar.
En nuestro país, 28.6 por ciento de la población de entre 18 y 65 años ha presentado algún trastorno mental. Es decir, prácticamente tres de cada diez personas, según reveló la Encuesta Nacional de Epidemiología Psiquiátrica.
Entre los padecimientos más frecuentes aparecen los trastornos de ansiedad, con 14.3 por ciento; los trastornos por consumo de sustancias, con 9.2 por ciento; y los trastornos afectivos, con 9.1 por ciento.
Entre los trastornos individuales destacan las fobias específicas, con 7.1 por ciento; los trastornos de conducta, con 6.1 por ciento; la dependencia al alcohol, con 5.9 por ciento; la fobia social, con 4.7 por ciento, y el episodio depresivo mayor, con 3.3 por ciento.
Pero hay otro dato que debería encender las alarmas: la Secretaría de Salud señala que sólo uno de cada cinco mexicanos que padece un trastorno mental recibe tratamiento, o sea que 80 por ciento no recibe tratamiento.
Esto significa que detrás de las estadísticas hay personas que todos los días caminan por nuestras calles, utilizan el transporte público, trabajan, estudian, conducen, hacen compras y conviven con nosotros.
Pero aquí debemos hacer una precisión fundamental: tener una enfermedad mental no significa ser violento ni representar un peligro. La gran mayoría de las personas con trastornos mentales no comete actos violentos.
El problema está en quienes atraviesan una crisis grave sin diagnóstico, sin tratamiento, sin seguimiento o en combinación con otros factores como consumo de sustancias, violencia, impulsividad o abandono familiar e institucional.
¿Cuántas veces escuchamos: “es muy agresivo”, “siempre pierde el control”, “se enoja por todo”, “ya sabemos cómo es”, “no le hagas caso”?
Normalizamos las señales de alerta hasta que ocurre una tragedia.
Hablamos de seguridad pública y exigimos más policías, más patrullas y más cámaras. Y sí, todo eso es necesario, pero también deberíamos hablar de prevención en salud mental, porque una persona que recibe atención puede tener herramientas para manejar una crisis.
Una familia que recibe orientación puede reconocer señales de alarma.
Una comunidad con servicios accesibles puede intervenir antes de que una situación se salga de control.
El problema es que acudir con un psicólogo es caro, mientras que acudir con un psiquiatra es motivo de vergüenza o que pedir ayuda significa ser débil.
Pedir ayuda también es una forma de responsabilidad.
Porque nadie sabe cuándo una mente en crisis se cruzará en su camino. Puede ocurrir mientras esperamos el autobús, caminamos por una calle, conducimos hacia el trabajo o simplemente hacemos una actividad cotidiana.
La salud mental debe dejar de ser el tema del que hablamos solamente después de una tragedia.
La salud mental no es un lujo. No es una moda. No es un asunto exclusivo de las familias.
También es prevención, es salud pública y, en determinados casos, también es seguridad.
Porque cuando una mente en crisis se cruza en tu camino, quizá sea demasiado tarde para preguntarnos qué pudimos haber hecho antes.

