Hay una imagen que resume el drama educativo de México en 2026. No está en una gráfica de la OCDE ni en un comunicado del IMCO: está en un video oficial de la Secretaría de Educación Pública. El titular de esa dependencia, Mario Delgado, con la solemnidad de un adolescente en TikTok, declara que "así se ve tu aura cuando farmeas pura buena educación para el país". “Farmear aura”, para quien no siga la jerga de Internet, es una actividad que, básicamente, realizan los adolescentes y jóvenes para acumular reconocimiento fácil con gestos llamativos y repetitivos. Como muchas otras imágenes en redes sociales, parecer valioso… sin serlo. Nunca una metáfora involuntaria describió mejor una política pública.
Porque mientras el titular de la SEP “farmea aura”, los números cuentan una historia trágica. En PISA 2025 México obtuvo su peor resultado en veinte años: 403 puntos de promedio, frente a 469 de los países miembros de la OCDE. Se ubicó en el lugar 37 de 38 países evaluados. Siete de cada diez adolescentes mexicanos no son capaces de resolver problemas básicos de matemáticas, la mitad no llega al mínimo en ciencias y sólo uno de cada doscientos toca los niveles altos (de excelencia) en la prueba. Detrás de cada puntaje hay un niño que lee pero no comprende, un joven a quien cerramos las puertas de un mundo complejo antes de que aprenda a abrirlas.
Más grave que la caída, es la reacción. El gobierno decidió romper el termómetro que marca fiebre. La reforma de 2019 eliminó al INEE autónomo, descontinuó la prueba PLANEA y, en 2025, extinguió a Mejoredu sin sustituto. México pasará cuatro años a ciegas, sin una sola evaluación nacional comparable, hasta PISA 2029. Si nadie califica, nadie reprueba. Es la lógica de quien no quiere ser medido. “Farmear aura” en lugar de dar resultados. Romper el termómetro sin curar la infección.
El resto del repertorio es del mismo material: culpar a los teléfonos inteligentes y cualquier otra pantalla —cómodo, porque los dispositivos no votan—, defender la Nueva Escuela Mexicana y presumir juegos tradicionales con trompo y balero un día después de conocerse el desplome. Y por si faltara un acto simbólico, mientras el mundo mira a Singapur, Estonia o Irlanda —punteros en comprensión lectora—, la SEP eligió estrechar lazos con Cuba, un sistema en crisis que ni siquiera participa en PISA. Afinidad ideológica disfrazada de política educativa. No pedagogía.
Seamos justos: el problema no son los estudiantes. Ocho de cada diez jóvenes mexicanos declaran curiosidad por aprender, por encima del promedio de los países de la OCDE, y casi nueve de cada diez rechazan que la escuela sea una pérdida de tiempo. Las ganas están, falta que alguien las honre. Como resumió Natalia Campos, del IMCO, no son los sujetos, es la política educativa.
¿Y entonces, qué hacemos, si el gobierno se distrae? Aquí va la parte incómoda y esperanzadora. Buena parte de la solución no está en Palacio Nacional ni siquiera en el escritorio de Vasconcelos, está en casa. La evidencia es contundente. Leerles en voz alta a los hijos desde los primeros años amplía su vocabulario y su comprensión, incluso descontando el nivel socioeconómico. Un hogar con libros —el estudio de Evans en 27 países lo demostró— empuja a un niño más de tres años adicionales de escolaridad, efecto comparable a tener padres universitarios. No hace falta ser rico: basta con leer, dar el ejemplo y llenar de libros las habitaciones de la casa.
Y sí, vivimos con las pantallas. La OMS recomienda no más de una hora diaria (en cualquiera de sus versiones) para los más pequeños y la neurociencia asocia el exceso de exposición a ellas con problemas de atención y sueño. La propia OCDE halló que en las aulas donde se prohíbe el teléfono inteligente hay 25% menos distracciones. Poner límites no es autoritarismo: es cuidado. Leer en papel, conversar en la mesa, apagar la pantalla una hora antes de dormir. Gestos pequeños, aura verdadera.
Al gobierno le toca lo suyo, y hay que exigírselo sin tregua: restablecer una evaluación nacional pública e independiente. Definir qué debe aprenderse en cada grado —hoy el plan ya no lo especifica— y revalorizar al maestro, cuyo presupuesto de formación fue recortado a la mitad. Mirar a los países que aciertan, no a los que consuelan.
Porque el costo es real. Matemáticas es hoy la carrera mejor pagada del país y el 42% de los empleadores anticipa que el talento escaseará hacia 2030. Cada generación que no aprende a leer bien es una generación con menos ingresos, menos libertad, menos futuro. Eso no se recupera con un baile.
La lectura es, al final, un acto profundamente humano: la forma en que un niño aprende a pensar por sí mismo y, por tanto, a ser libre. Un pueblo que lee es difícil de engañar. Quizá por eso a algunos les conviene tanto el aura y tan poco el aprendizaje. Nosotros —padres, ciudadanos, maestros— tenemos la última palabra. Que no se la lleve el viento.

