Fernando Cano: El fuego y la palabra
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Publicado en Opinión

Fernando Cano: El fuego y la palabra

Miércoles, 11 Febrero 2026 00:00 Escrito por 
Inventario Inventario Jorge Olvera García

Fernando Cano Cardoso no fue solo un escultor excepcional. Fue un amigo. Y fue, sobre todo, un hombre capaz de escuchar al hierro hasta hacerlo hablar. Por eso, desde la rectoría de la Universidad Autónoma del Estado de México, lo nombré como se nombra a quienes dominan un oficio antiguo y casi sagrado: el Vulcano, el escultor de fuego.

A Fernando no se le miraba trabajar: se le sentía. El metal no se sometía; dialogaba. Cada golpe era un pulso, cada soldadura, una decisión ética y estética. En sus esculturas el hierro no se queda quieto: avanza, se curva, se duele, se yergue. Son figuras que no callan, que hablan fuerte, que gritan lo que muchas veces preferimos no escuchar.

Siempre pensé que Fernando comprendía algo esencial: que el hierro y el ser humano se parecen. Ambos resisten, ambos se transforman con el golpe, ambos pueden quebrarse o reinventarse. Él logró convertir un material duro, industrial, aparentemente frío, en movimiento, sensibilidad y sentido. Frente a su obra nadie pasa intacto.

Quienes lo conocimos de cerca sabemos que su grandeza artística estaba acompañada de una profunda calidad humana. Fernando era sensible, atento, respetuoso. Tenía una manera pausada de escuchar, como si cada conversación fuera también un proceso creativo. Su trayectoria no se explica solo en exposiciones o reconocimientos, sino en su coherencia vital.

Durante mi administración como rector, Fernando realizó una obra que sintetiza su pensamiento y el espíritu universitario: Humanismo que transforma. No fue una pieza decorativa; fue una declaración de principios. En ella, el hierro expresa al ser humano en proceso, en tensión, en construcción permanente.

Esa misma sensibilidad se expresó en Humanitas, la obra que realizó para la Comisión de Derechos Humanos del Estado de México. En Humanitas, el hierro se vuelve dignidad, resistencia y memoria.

Como rector, tuve el privilegio de nombrar la galería más importante de la UAEMéx con su nombre: Galería Fernando Cano, y de otorgarle el Doctorado Honoris Causa.

Hay recuerdos que no aparecen en los catálogos: las tardes de tertulia y vino en su casa, compartidas con su compañera Marthel Cano. Hay también una canción que aún resuena: Jacinto Cenobio, marcando el ritmo del metal.

Fernando Cano Cardoso sigue presente. Fue —y seguirá siendo— el Vulcano, el escultor de fuego que nos enseñó que incluso el hierro puede tener palabra.

En fin, Fernando Cano: el poeta del fuego. El de los guantes de estambre que dibujaban y desdibujaban el acero, el metal, el óxido. Cano, el eterno fumador, cuyas bocanadas también iluminaban los paisajes.

Fernando, el niño; el hombre; el artista; el creador. El que amasaba el fuego sin temor. El que, desde lo infinito, le ponía armonía a lo desconocido. Cano, eternamente libre, siempre libre. Quien con el ron acicalaba lo inerte y le daba vida. Ese es el artista: el hombre fuego, el hombre llama, el hombre herrero, el Vulcano de nube; siempre aire, agua, sueños, tempestades. El trueno, el rayo en la anochecida tarde que murmura su creación.

 
 
 
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