Therians: identidad, pertenencia y el espejo de una generación
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Therians: identidad, pertenencia y el espejo de una generación

Miércoles, 25 Febrero 2026 00:00 Escrito por 
Inventario Inventario Jorge Olvera García

Hay fenómenos que parecen anecdóticos. Y hay fenómenos que, si se observan con atención, revelan el pulso íntimo de una época. Los therians —jóvenes que se identifican simbólicamente con animales no humanos como parte de su experiencia identitaria— han sido reducidos con frecuencia a caricatura digital o a tendencia excéntrica de redes sociales.

Pero ver este fenómeno social desde una perspectiva simplista, utilizando la subjetividad como un recurso orientado al análisis, lleva a la misma sociedad a reducir su enorme capacidad de comprenderse a sí misma. Ya lo decía el filósofo Jaime Labastida: “México es muchos Méxicos”, y así debemos entenderlo.

En este punto hablamos de identidad; nos referimos precisamente a la pertenencia que todos, en algún punto de nuestra existencia, hemos concebido. Si en los años 20 existió la liberación y la modernidad, en los años 50 se posicionó el conservadurismo y la rebeldía juvenil como sinónimo de existencia, lo que abrió las puertas al movimiento hippie en la década de los 60. Es decir, las expresiones culturales nos han acompañado a lo largo de nuestro devenir y no son buenas ni malas: son lo que son y son testimonios de cada generación.

Ser therian no implica necesariamente un delirio ni una ruptura con la realidad. En el fondo, lo que implica esta corriente sociológica es el hecho de seguir conservando lo que nos define precisamente como seres humanos: el derecho a decidir lo que cada uno de nosotros quiere ser. El fin último de todas las cosas es la libertad, y así debe ser siempre.

Por supuesto que nos encontramos ante un tema polémico, que ha suscitado innumerables discusiones en la agenda pública, pero precisamente ahí radica su significado.

En el hecho de aprender a convivir entre nosotros, como una ciudadanía con la libertad de autoconocernos sin el miedo a ser juzgados, porque el problema no es la máscara, ni el disfraz, ni la autoconcepción. El grave problema es que todos, en algún punto de nuestra existencia, debemos ajustarnos a los parámetros sociales y acomodarnos en el vacío de lo bueno y lo malo, de lo justo o lo injusto, de lo correcto o lo incorrecto.

Ninguna sociedad que se precie de ser desarrollada ha logrado su éxito a partir de prejuicios establecidos. La divisa de París, de Londres, de Suiza —ciudades extraordinarias donde se han impulsado corrientes de pensamiento que han permeado el mundo a lo largo de su existencia— se ha estructurado a través del convencimiento de que el desarrollo es eso: continuidad y contraste, y los therians, en este caso, lo son.

No nos olvidemos de algo sumamente importante: la adolescencia es una etapa hermosa de nuestra existencia; en ella recorremos nuestros miedos, nuestros sueños, nuestros intereses e incluso nuestras contradicciones.

Lo cierto es que también vivimos en un contexto donde las redes sociales juegan un papel muy importante y, en un instante, podemos pasar del reconocimiento al señalamiento público, de la divulgación a la exhibición pública. En este punto transitamos en una dinámica vertiginosa, caótica, que será lineal y plausible en función del algoritmo en turno.

Como exrector de la Universidad, estoy absolutamente convencido de la importancia de reconocer. Muchas veces este pensamiento se convirtió en un adagio para mí y, de forma simbólica, lo sostuve en distintas intervenciones públicas: “reconocer nos reconoce”. Y los therians no deben ser concebidos como una moda; estos son, en el fondo, el espejo de una generación que necesita ser escuchada. Y nosotros, como diría Saramago: “tomemos entonces la palabra, con la misma vehemencia con que reivindicamos nuestros derechos, reivindiquemos también el deber de nuestros deberes… tal vez así, el mundo pueda ser un poco mejor”.

Y ese deber no consiste en confrontar, sino en respetar; no consiste en ridiculizar, sino en comprender; no consiste en exponer, sino en acompañar. Los therians no son una amenaza cultural, son un síntoma cultural, y es la intolerancia lo que debemos erradicar, porque esa intolerancia es la que después repercute en otro tipo de expresiones como el machismo, la violencia, la normalización de corrientes como la narcocultura, que sí son contrarias a la ley y que han impactado de forma negativa en nuestro entorno.

Ignorarlos sería irresponsable, estigmatizarlos sería injusto, idealizarlos sería ingenuo y comprenderlos es el único camino. El espejo que debemos examinar no está en ellos. Está en nosotros.

 
 
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