En el México actual, la capacidad de procesar información de manera objetiva y el pensamiento crítico se encuentran asediados por mecanismos psicosociales que priorizan la pertenencia al grupo y la validación de identidades sobre la búsqueda de la verdad basada en los hechos.
El cerebro humano no evolucionó primordialmente para alcanzar la verdad, sino para garantizar la supervivencia en entornos de incertidumbre y peligro. Para lograr este objetivo, con un gasto mínimo de energía, el sistema cognitivo emplea reglas mentales simplificadas o “atajos” que permiten tomar decisiones rápidas. No obstante, en la complejidad del mundo actual, estas herramientas de supervivencia se transforman en mecanismos de autoengaño sistemático.
La primera es el sesgo de confirmación, un filtro intelectual que refuerza las narrativas previas que cada individuo tiene, mientras descarta las evidencias contradictorias. Este sesgo crea burbujas ideológicas donde las personas no sólo consumen información que les da la razón, sino que desarrollan resistencia al dato objetivo que pone en duda sus ideas y cuestiona su lealtad al grupo al que quieren pertenecer, por ejemplo, un partido político. Este mecanismo explica por qué, ante revelaciones de corrupción evidente o vínculos con el crimen organizado de sus compañeros de grupo, los seguidores del bloque político gobernante tienden a interpretar el testimonio como un ataque malintencionado y no como un hecho sujeto a investigación.
La segunda herramienta se conoce como efecto de anclaje y se manifiesta cuando la primera afirmación recibida sobre un tema desconocido actúa como una referencia mental que condiciona todas las evaluaciones posteriores. Por ejemplo, en comunicación política, quien establece la primera narrativa sobre un evento suele dominar la percepción pública a largo plazo, pues los juicios subsecuentes se desplazan sólo ligeramente desde el punto de referencia inicial.
Así, los morenistas (militantes y simpatizantes) ven en las mañaneras su fuente inagotable de creencias, de fe. A partir de los dichos vertidos en ese mecanismo de manipulación, que no de comunicación, identifican los hechos según les indican. Entonces, los delincuentes (como Rocha Moya y los otros nueve) son inocentes perseguidos políticos y quienes combaten el crimen organizado (como Maru Campos) son traidores a la patria por buscar coordinación con instancias internacionales mejor pertrechadas en materia de inteligencia. Para quienes están en esta dinámica mental, es sumamente difícil procesar objetivamente las pruebas técnicas que surjan en los procesos.
Un tercer elemento es la conformidad social: el impulso evolutivo que empuja al individuo a ajustar sus opiniones y creencias, motivado por un miedo atávico al aislamiento, para alinearse con las actitudes que percibe como norma del grupo. Grupos ideológicos como los morenistas conforman una identidad política monolítica, donde disentir de la línea oficial se percibe como traición. La presión del grupo anula la capacidad del individuo para cuestionar incluso realidades evidentes y prefieren la seguridad de la pertenencia sobre la incertidumbre de la autonomía y la libertad.
La polarización en México ha transitado de lo ideológico a lo afectivo y ha reconfigurado el eje de la división social. Hemos pasado de la competencia entre partidos tradicionales a una división profunda entre posturas a favor o en contra de algún proyecto de nación. Se observa un fenómeno denominado “binoculares invertidos”, donde los partidarios de un grupo perciben a sus oponentes mucho más extremos y distantes de lo que realmente están en la escala ideológica. Esta distorsión cognitiva deshumaniza al contendiente y elimina el espacio común de negociación necesario para una democracia funcional.
La conformidad social no sólo se manifiesta en la aceptación de la línea oficial, sino en el castigo activo a quienes se atreven a ejercer su derecho a cuestionar y exigir explicaciones. El discurso público ha evolucionado para etiquetar a los críticos como “adversarios” o “traidores”. Esta estigmatización tiene un efecto inhibitorio sobre las personas, que prefieren el silencio a la confrontación o la marginación de sus círculos sociales.
Los múltiples casos de corrupción, tráfico de influencias, abuso de poder, conflicto de intereses y demás violaciones a la ley (destacan la colusión del grupo gobernante en Sinaloa con el crimen organizado o la complicidad entre muy diversas esferas para permitir el contrabando de combustible que los medios llaman “huachicol fiscal”) demuestran que, sin un análisis crítico riguroso, la sociedad corre el riesgo de normalizar la impunidad que la rodea. El pensamiento crítico, ese que nos permite poner un signo de interrogación ante los discursos, vengan de quien vengan, no es un lujo intelectual, es un sistema inmunológico para quienes apostamos por la libertad y la honestidad. Recuperar la autonomía mental, cuestionar al propio bando y exigir evidencia por encima de la retórica son pasos indispensables de resistencia cívica para reconstruir un espacio público donde la verdad sea más importante que las victorias partidistas o de grupo.

