El caso Venezuela: los "topos" patrimonio de la humanidad
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Publicado en Opinión

El caso Venezuela: los "topos" patrimonio de la humanidad

Miércoles, 01 Julio 2026 00:10 Escrito por 
Inventario Inventario Jorge Olvera García

Treinta y nueve segundos. Eso fue todo lo que la tierra concedió a Venezuela entre un golpe y otro. El 24 de junio de 2026, dos sismos de magnitud 7.2 y 7.5 sacudieron el país con una violencia que parecía no solo geológica, sino casi simbólica: como si el suelo mismo quisiera expresar lo que las instituciones ya no podían contener. Mil setecientas diecinueve personas murieron. Más de cinco mil quedaron heridas. Mil cuatrocientas veintitrés edificaciones se convirtieron en polvo, hierro retorcido y silencio. Y en ese silencio, como siempre ha ocurrido en los grandes dramas de la historia latinoamericana, hubo quienes eligieron escuchar.

Hay tragedias que destruyen ciudades. Otras, en cambio, construyen pueblos. Lo escribió con su lucidez característica el poeta y ensayista Octavio Paz: "La historia es el tejido de los momentos en que los hombres se encontraron a sí mismos". Y pocas veces ese encuentro ha sido tan literal y tan desnudo como cuando alguien desciende voluntariamente a las entrañas de un edificio derrumbado para buscar, entre polvo y oscuridad, una mano que todavía se mueva.

El terremoto de 1985 derrumbó miles de edificios en la Ciudad de México, pero levantó algo infinitamente más sólido: la conciencia de una sociedad que descubrió que la solidaridad puede ser más rápida que cualquier estructura administrativa. Entre el polvo, el miedo y el silencio de aquella madrugada nacieron los Topos. No fueron producto de un decreto oficial, de una partida presupuestal ni de un programa de gobierno. Fueron la respuesta espontánea de ciudadanos que comprendieron que, cuando cada segundo cuenta, la compasión puede moverse más aprisa que la burocracia. Cuatro décadas después, aquella semilla plantada en el horror sigue dando frutos en cada rincón del planeta donde la tierra tiembla y los muros caen.

Venezuela es hoy un país fracturado en múltiples sentidos. El análisis político honesto no puede eludirlo: la crisis institucional que arrastra desde hace años —la escasez de servicios públicos, el deterioro de sus infraestructuras, la diáspora de millones de ciudadanos— convirtió al terremoto en una tragedia exponencialmente más cruel. Cuando un Estado ha perdido la capacidad de garantizar los derechos fundamentales de su población en tiempos ordinarios, una catástrofe natural revela con implacable claridad la magnitud de esa deuda. "En los desastres —escribió el sociólogo Enrique Quarantelli, uno de los más lúcidos estudiosos de las catástrofes colectivas— no existe la fatalidad pura: lo que llamamos desastre es siempre también el resultado de decisiones humanas anteriores".

Esta perspectiva no busca minimizar el dolor venezolano; al contrario, aspira a nombrarlo con precisión. La vulnerabilidad ante los desastres naturales no se reparte de manera aleatoria: recae siempre con mayor crueldad sobre quienes ya cargan con la vulnerabilidad cotidiana. Las viviendas que colapsaron en Caraballeda, en Caracas, en los municipios del litoral, no cayeron únicamente porque la tierra tembló con 7.5 grados de magnitud. Cayeron también porque décadas de abandono, corrupción y negligencia las habían convertido en trampas de concreto esperando una excusa para cerrarse. El terremoto no discrimina, pero la injusticia sí.

Y sin embargo, fue precisamente en ese contexto político enrarecido donde los Topos mexicanos demostraron de qué está hecha la verdadera grandeza moral.

Durante los primeros días de rescate, una reportera venezolana abordó a Héctor Méndez —"El Chino", el Topo Mayor, ochenta años de vida y cuatro décadas de escombros a cuestas— con la intención de obtener declaraciones sobre la situación política interna del país. La respuesta de este hombre, cuyo traje naranja lleva bordadas las banderas de los países donde ha ido a salvar vidas, fue tan sencilla como inapelable. Le dijo, mirándola a los ojos: "Mira mija, te voy a decir una cosa: tengo 80 años y no me vas a venir a decir qué decir. No eres jefa. Yo no soy político, soy rescatista". Y a la cámara que insistía, simplemente la ignoró.

Pocas frases pronunciadas en esta tragedia tendrán la vida larga que tendrá esa. No porque sea grosera —que no lo es, viniendo de quien viene y en el contexto en que fue dicha—, sino porque condensa con una precisión quirúrgica lo que muchos intelectuales han tardado volúmenes enteros en articular: que hay momentos en que la dignidad no admite mediaciones políticas, y que un hombre que ha pasado la vida entera entre escombros tiene más autoridad moral que cualquier micrófono.

Entre los escombros no existen ideologías. Bajo una losa de concreto no hay izquierdas ni derechas, no hay chavismo ni oposición, no hay regímenes ni disidentes. Cuando una persona lucha por respirar debajo de toneladas de material, desaparecen los colores partidistas y queda únicamente lo esencial: un ser humano que necesita ser rescatado y otro ser humano que ha decidido rescatarlo. Esa es la lección política más profunda que los Topos han impartido en Venezuela, y acaso la única que importa: que la vida humana no puede ser subordinada a ninguna disputa de poder.

En un tiempo donde la política parece haberlo colonizado todo —incluso el dolor ajeno—, esta negativa a instrumentalizar la tragedia es un acto de resistencia ética. Los Topos no llegaron a Venezuela a hacer diplomacia ni a emitir comunicados. Llegaron a cavar. A escuchar. A no rendirse.

Sostengo, con plena convicción, que los Topos son patrimonio de la humanidad. No porque pertenezcan a un Estado —de hecho, han tenido el tino histórico de nunca subordinar su misión a ninguno—, sino porque pertenecen a la conciencia universal. Representan esa capacidad casi instintiva de organizarse cuando ocurre una desgracia, esa generosidad que aparece sin necesidad de convocatorias oficiales, esa fraternidad que no pregunta religión, ideología, condición económica ni nacionalidad antes de tender la mano.

México ha exportado muchas cosas al mundo, pero pocas tan valiosas como esta cultura de la solidaridad. Los Topos han llevado ese humanismo a más de veinte países en cuatro décadas. Han demostrado que el heroísmo cotidiano no necesita reflectores, que la empatía puede convertirse en un idioma universal, y que hay formas de representar a una nación que no requieren ni bandera ni himno: basta con un traje naranja y la decisión de entrar donde otros salen corriendo.

Pero los Topos no llegaron solos a Venezuela. Junto a ellos viajaron dieciocho parejas de una silenciosa y portentosa guardia de honor: los binomios caninos.

Permítame el lector una pausa para hablar de ellos con la reverencia que merecen, porque en la economía moral de esta tragedia, los canes ocupan un lugar que ninguna palabra convencional alcanza a honrar del todo. Frida, Tsunami, Arkadas, Max, Rambo, Brooklyn, Gino, Bart —nombres que suenan a barrio, a cotidianidad, a ternura— se adentraron entre los escombros de Caracas con la nariz pegada al suelo y el corazón entregado sin reservas. No saben de fronteras. No entienden de ideologías. No conocen el miedo a perder el contrato, la pensión ni la reputación. Saben de un solo idioma: el olor de la vida humana bajo el concreto, y la urgencia absoluta de encontrarla.

Hay algo que los perros de rescate les enseñan a los hombres en los momentos de mayor oscuridad, algo que ninguna academia ha logrado aún sistematizar del todo: que el amor incondicional no es una debilidad, sino la forma más eficiente de salvar el mundo. Ellos no calculan el riesgo. No deliberan. No postergan. Entran. Y cuando sus patas sangran y sus músculos ceden, siguen buscando porque les fue concedida una lealtad que la especie humana lleva siglos intentando imitar sin éxito. En esta tragedia venezolana, esos seres de cuatro patas han puesto en evidencia, con su sola presencia, que hay una humanidad más auténtica en el instinto de un can que en muchos discursos de tribuna. El poeta Rainer Maria Rilke escribió que "la belleza no es sino el comienzo de lo terrible que todavía podemos soportar". Los perros de rescate son, en esa clave, los seres más bellos del desastre: porque soportan lo terrible para que otros no tengan que hacerlo solos.

"Los desastres son la lupa bajo la cual una sociedad se lee a sí misma", afirmó alguna vez el urbanista Mike Davis. México ha pasado esa prueba repetidas veces, y ha aprendido. Pero aprender no es suficiente si ese aprendizaje no se transmite, si se queda encerrado en la memoria individual de quienes vivieron la tragedia y se pierde con ellos.

Por eso me dirijo ahora, con urgencia y con afecto, a las autoridades educativas de todos los niveles: es imperativo que la cultura de protección civil y los principios elementales de primeros auxilios dejen de ser apéndices anecdóticos del currículo y se conviertan en ejes fundamentales de la formación ciudadana. Desde el preescolar hasta la universidad, cada alumno debería conocer qué hacer cuando la tierra tiembla, cómo reconocer el SOS universal, cómo auxiliar a una persona antes de que llegue la ambulancia, cómo organizar a una comunidad en los primeros minutos decisivos de una emergencia. No se trata de sembrar el miedo, sino de cultivar la serenidad y la responsabilidad.

Lo sé por experiencia propia. Durante mi responsabilidad como Rector de la Universidad Autónoma del Estado de México impulsé la creación de la Beca Relámpagos, inspirada en el extraordinario trabajo del Grupo Relámpagos del Estado de México, cuyos pilotos, médicos, paramédicos y rescatistas arriesgan diariamente su propia vida para salvar la de otros mediante operaciones aéreas, traslado de órganos, atención de accidentes y rescates de alta complejidad. Aquella beca nunca pretendió únicamente reconocer un mérito académico. Su verdadero propósito era formar ciudadanos sensibles; recordar que la educación también consiste en aprender a servir; enseñar que el conocimiento adquiere su mayor valor cuando se pone al servicio de los demás. Lamento profundamente que ese programa haya desaparecido.

La revolución digital nos ha brindado herramientas extraordinarias, pero al mismo tiempo nos ha hecho olvidar conocimientos elementales que durante décadas salvaron vidas. Dependemos de teléfonos inteligentes, redes móviles, internet y aplicaciones que precisamente durante una catástrofe suelen dejar de funcionar. Cuando la pantalla se apaga y la señal se corta, lo único que queda es lo que uno lleva adentro: el reflejo entrenado en un simulacro, la decisión tomada antes de que fuera necesaria.

Quizá ha llegado el momento de enseñar nuevamente, desde el preescolar hasta la universidad, el código Morse, el significado universal del SOS, las señales visuales y auditivas de auxilio, las técnicas elementales de supervivencia y los principios fundamentales de protección civil. No se trata de regresar al pasado, sino de comprender que el progreso también consiste en conservar aquello que nunca pierde utilidad. Impulsar una cultura de protección civil y primeros auxilios como eje transversal del currículo no es un lujo pedagógico: es una obligación ética del Estado frente a sus ciudadanos. Cada niño que sabe qué hacer cuando la tierra tiembla, cada joven que puede hacer una compresión cardíaca, cada comunidad que conoce sus rutas de evacuación, es una vida potencialmente salvada que ningún presupuesto de emergencia podrá recuperar después. La prevención siempre será más barata que el duelo.

Los Topos nos recuerdan que ningún algoritmo podrá sustituir el valor de quien entra voluntariamente entre los escombros; que ninguna inteligencia artificial reemplazará el instinto de quien escucha un golpe tenue bajo toneladas de concreto; que ninguna máquina será capaz de igualar la compasión de quien arriesga su propia existencia para salvar la de un desconocido. Y los canes nos recuerdan algo aún más hondo: que esa compasión no es exclusiva de nuestra especie, y que hay seres que la ejercen con una pureza que debería avergonzarnos y elevarnos al mismo tiempo.

Los pueblos verdaderamente grandes no son los que únicamente levantan rascacielos, acumulan tecnología o proclaman su poderío. Son los que forman seres humanos capaces de entrar en esos edificios cuando se derrumban para rescatar la vida de quien quedó atrapado. Son los que no preguntan nada antes de cavar.

Los Topos no representan únicamente la capacidad de México para rescatar personas entre los escombros; representan la capacidad de los mexicanos para rescatar nuestra propia humanidad cuando el mundo parece derrumbarse. Ese es el patrimonio que ninguna nación debería perder, y que ningún decreto puede crear ni ningún presupuesto puede comprar: solo se forja en la decisión libre de quienes eligen servir.

Venezuela duele. Y ese dolor, si sabemos mirarlo con honestidad, nos interpela a todos: como latinoamericanos, como ciudadanos, como Estado, como especie.

"Solo una vida vivida para los demás merece la pena ser vivida", escribió Albert Einstein. Los Topos mexicanos, junto a sus compañeros de cuatro patas, están viviendo exactamente eso en este momento, entre los escombros de Caraballeda, mientras el mundo sigue girando con su distracción habitual.

Porque hay banderas que se defienden con armas. Y hay otras, infinitamente más grandes, que se sostienen con las manos extendidas en la oscuridad para encontrar las de alguien que todavía respira.

 
 
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