Una mujer se lanzó desde una azotea en el municipio de Metepec. La noticia se propagó rápidamente en redes sociales. Entre videos, comentarios y especulaciones, pocas personas se detuvieron a reflexionar sobre lo verdaderamente importante: ¿qué ocurre cuando una persona llega a pensar que dejar de existir puede ser la única solución a su dolor?
No conocemos la historia completa ni tampoco las batallas que enfrentaba y quizá nunca las conozcamos.
Este caso vuelve a poner sobre la mesa una realidad que permanece invisible para muchos: la crisis de salud mental que atraviesa nuestra sociedad.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que más de mil millones de personas viven con algún trastorno de salud mental y advierte que la ansiedad y la depresión son de las afecciones más comunes.
Son las mujeres quienes resultan más afectadas por estos padecimientos; sin embargo, cuando se habla de políticas públicas, la salud mental suele ocupar los últimos lugares de la agenda.
Se construyen calles, puentes y edificios; se anuncian obras y programas sociales, muchos programas sociales; pero pocas veces se destinan recursos suficientes para atender el sufrimiento emocional de miles de personas que viven una batalla silenciosa todos los días.
La realidad es cruel para muchas familias mexicanas: acudir a terapia psicológica es un lujo. Una consulta privada puede representar una parte importante del ingreso semanal.
Cuando el dinero apenas alcanza para la despensa, el transporte o la renta, la salud emocional queda relegada; la prioridad es comer.
Mientras tanto, quienes enfrentan depresión, ansiedad o una crisis emocional suelen cargar el peso en silencio. Son madres, padres, estudiantes, trabajadores, profesionistas, personas que aparentemente siguen con su vida cotidiana mientras por dentro luchan contra pensamientos que nadie imagina.
Las mujeres enfrentan una carga todavía mayor: a las exigencias económicas se suman responsabilidades familiares, cuidados no remunerados, violencia, discriminación y presiones sociales que pocas veces son reconocidas. No es casualidad que los organismos internacionales alerten sobre el impacto diferenciado de los trastornos mentales en la población femenina.
La OMS también advierte que la inversión en salud mental sigue siendo insuficiente y que, a nivel mundial, el gasto destinado a esta área representa apenas una pequeña fracción de los presupuestos de salud.
Por eso, el caso ocurrido en Metepec no debe verse únicamente como un hecho aislado. Es el reflejo de una problemática mucho más profunda; nos habla de personas que quizá no encontraron ayuda a tiempo, de familias que no saben cómo actuar ante una crisis emocional, de instituciones que siguen llegando tarde.
Los elementos de seguridad y protección civil de Metepec, así como de la Cruz Roja, salvaron una vida en el momento indicado, pero cuando las crisis ocurren en soledad, la historia es muy diferente.
La discusión no debería centrarse en el morbo ni en las imágenes que circulan en internet. Debería enfocarse en preguntarnos cuántas personas necesitan ayuda profesional y no pueden pagarla.
¿Cuántas están atravesando una depresión sin diagnóstico? ¿Cuántas consideran que nadie las escucha?
La salud mental no puede seguir siendo un privilegio reservado para quien puede costearlo. Debe convertirse en una prioridad pública, con atención accesible, programas preventivos, psicólogos en escuelas, comunidades y centros de salud, así como campañas permanentes para romper el estigma, porque cuando una persona llega a pensar que la muerte es la única salida, el problema ya dejó de ser individual; es una llamada de atención para todos.

