Sin oposición no hay democracia
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Publicado en Opinión

Sin oposición no hay democracia

Jueves, 01 Octubre 2026 00:00 Escrito por 
Palabras al viento Palabras al viento Juan Carlos Núñez

Hay frases que retratan a quien las pronuncia mejor que cualquier biografía. "Un México sin oposición", así resumieron diversos medios el mensaje que lanzó Ariadna Montiel, dirigente nacional de Morena. Estas palabras no describen un proyecto de nación: confiesan una idea del uso y abuso del poder. Y es una idea vieja, que los mexicanos conocimos durante buena parte del siglo XX y que nos llevó décadas desmontar.

Un país sin oposición no es un país unido, es un país callado. A la unanimidad sólo se llega por dos caminos. Uno es la convicción espontánea de millones de personas, cosa que jamás ha ocurrido en una sociedad libre. El otro es la supresión de quienes piensan distinto. Lo primero es una fantasía, lo segundo tiene nombre: autoritarismo.

Desde una mirada humanista, el asunto es más profundo. La persona no es una cifra dentro de una mayoría, sino un sujeto consciente, capaz de juzgar y de disentir. Hannah Arendt recordaba que la pluralidad es la condición misma de la vida política: actuamos siempre entre otros que no piensan igual que nosotros. Negar al diferente su voz es negarle su dignidad. Una democracia no se mide por la cantidad de aplausos que recibe el gobierno, sino por el respeto que garantiza a quienes no aplauden.

El mensaje de Montiel coincide con la pretensión de sancionar a quienes hacen memes. El meme es la sátira de nuestro tiempo, continuación de la caricatura política que, desde el siglo XIX, exhibe los errores y abusos de los poderosos en México. Un gobierno que teme a la burla revela más fragilidad que fuerza. El poder seguro de sí mismo tolera la risa y la parodia. El poder inseguro las persigue.

Ahora bien, puestos en esta situación, intentemos responder una pregunta que ronda en nuestras cabezas: ¿para qué sirve la oposición? Robert Dahl sostuvo que los riesgos de concentración del poder y la construcción de una tiranía, por parte de la mayoría, disminuyen cuando las instituciones fomentan el pluripartidismo. Toda mayoría necesita quién la contradiga, quién revise sus cuentas, quién le recuerde que el mandato de las urnas es un préstamo temporal y no una escritura de propiedad. Los mexicanos tenemos memoria de esto. Durante décadas vivimos bajo un partido hegemónico (con partidos satélite que simulaban competencia). El punto de quiebre llegó con la reforma política de 1977, impulsada por Jesús Reyes Heroles. A partir de entonces se reconoció a los partidos como entidades de interés público. Además, abrió la Cámara de Diputados a las minorías y encauzó por la vía institucional un descontento que, en ciertas zonas del país, había tomado incluso el camino de las armas.

Juan Linz y Giovanni Sartori definieron a la oposición leal como aquella que, integrada a las instituciones, ofrece un programa alternativo y coopera cuando el orden democrático está en riesgo. También existen gobiernos desleales con la democracia, aquellos que valoran los resultados por encima de las reglas y ven en cada crítica una conspiración. Exigir lealtad a la oposición mientras se sueña con su desaparición es una contradicción que no resiste el menor análisis.

Vivimos una amarga ironía porque un buen número de quienes hoy gobiernan llegaron al poder gracias a ese pluralismo que ahora les estorba. Sin ese espacio, construido y defendido por cientos de mexicanos durante varias décadas, Morena simplemente no existiría. Quien sube por la escalera de la democracia y después pretende derribarla, para que nadie más acceda al poder, no está transformando el país, está cerrando la puerta detrás de sí.

En redes sociales electrónicas y en espacios de opinión se repite una pregunta: ¿dónde está la oposición? La respuesta es sencilla. La oposición está en la madre que espera horas una consulta en un hospital sin medicamentos, en el vecino que lleva semanas sin agua, en el joven que no encuentra empleo o es reclutado por el crimen organizado, en quien paga impuestos y no recibe seguridad ni servicios dignos. Cada mexicano inconforme con la cosa pública es un opositor, aunque no milite en ningún partido. Por eso la aspiración de un México sin oposición, además de antidemocrática, es irrealizable: mientras haya necesidades desatendidas, habrá inconformes.

Opositores sobran, falta quien los convoque. México desborda inconformidad, pero carece de un liderazgo capaz de amalgamarla, de darle rumbo, programa y rostro. Esa es la tarea de quienes hoy son oposición. No basta con denunciar, hay que proponer y escuchar. La mejor respuesta a quien sueña con un país de una sola voz es un liderazgo que sepa reunir las muchas voces que ya disienten.

El reto rumbo a 2027 no es sólo quién gane, sino qué país quedará después de la contienda. La apuesta debería ser uno donde quepan todas las voces, incluidas las que incomodan. Construir un México para todos exige aprender a diferir con argumentos, no con descalificaciones. La oposición no es enemiga de la patria. Es la parte de la patria que no votó por el gobierno y que tiene el mismo derecho a ser escuchada que quienes lo apoyan. De la confrontación de razones surgen mejores políticas y se corrigen errores a tiempo. Porque un régimen político que sólo escucha una voz ya no es democracia: es un eco. Y los mexicanos merecemos mucho más que el eco del poder, ¿o no?

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Juan Carlos Núñez

Palabras al viento