La valentía de romper
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Publicado en Opinión

La valentía de romper

Jueves, 05 Noviembre 2026 00:05 Escrito por 
Palabras al viento Palabras al viento Juan Carlos Núñez

Hay hombres cuya biografía se confunde con la de su país. Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, fallecido el pasado 28 de octubre a los 92 años, es uno de ellos. Las despedidas han llegado de todos los frentes, del PRI a Morena. Del PAN a la izquierda que lo arropó a su salida del PRI. Pero en la avalancha de homenajes conviene no perder lo esencial: su mayor legado no fue un cargo ni un partido, sino un acto de valor. Se atrevió a romper. Hoy, a unos días de su muerte, conviene preguntarse no tanto qué hizo, sino por qué nadie se atreve a repetirlo.

Recordemos el México de 1987. Un partido hegemónico controlaba la Presidencia, el Congreso, las gubernaturas y, sobre todo, la organización de las elecciones desde la Secretaría de Gobernación. El presidente designaba a su sucesor y lo demás era liturgia. Disentir desde dentro era suicidio político; disentir desde fuera, marginalidad. Cárdenas, hijo del general que expropió el petróleo y exgobernador de Michoacán, tenía todo para acomodarse. Eligió lo contrario. Encabezó la Corriente Democrática con Porfirio Muñoz Ledo e Ifigenia Martínez. Exigió reglas claras para elegir al candidato y, cuando el sistema respondió con la exclusión, no se replegó: salió a disputarle el poder.

No lo hizo solo. Heberto Castillo, ingeniero como él y preso político tras 1968, declinó su propia candidatura presidencial para sumarse al Frente Democrático Nacional. Es un gesto que la clase política actual difícilmente entiende: renunciar a la ambición propia en nombre de una causa mayor. Sin ese desprendimiento, 1988 no habría significado tanto.

Y sabemos qué fue ese tanto. La noche del 6 de julio "se cayó el sistema" de cómputo, bajo la responsabilidad de Manuel Bartlett, entonces secretario de Gobernación. Cárdenas tenía la calle a su favor y pudo incendiarla. Optó por encauzar la indignación por la vía pacífica. De esa decisión nacieron el PRD, el IFE en 1990 y, años después, la primera jefatura de Gobierno electa de la capital, que él mismo ganó en 1997.

Hay que decirlo con justicia histórica: la apertura que provocó la sacudida de 1988 fue aprovechada con más método, al principio, por Acción Nacional. Mientras una parte de la izquierda se quedaba en la denuncia, el PAN negoció, propuso y convirtió el diálogo plural en reformas concretas: un árbitro electoral ciudadano, la credencial con fotografía, la justicia electoral, los contrapesos. Cárdenas abrió la puerta; otros levantaron el edificio. Ambos fueron necesarios. Esa es la lección de una transición hecha entre adversarios que se reconocían.

Treinta y ocho años después, la paradoja es amarga. El partido que se presenta como heredero de aquella lucha gobierna con mayorías que evocan al viejo régimen: ha buscado debilitar al árbitro electoral que nació del fraude de 1988, sometió al Poder Judicial, desapareció órganos autónomos y ha hecho de la confrontación diaria una forma de gobierno. Y el operador de la "caída del sistema" encontró acomodo en sus filas. No se honra a Cárdenas al cerrar las puertas a la pluralidad ni al tratar la crítica como traición.

Por eso la pregunta que deja su muerte no es retórica: ¿quién se atreverá hoy? México no necesita mártires ni estridencias. Necesita el valor que Cárdenas tuvo en 1987: alzar la voz, con apego a la realidad, para denunciar la corrupción que no se castiga, el autoritarismo y el deterioro de las instituciones y la degradación de la vida pública por un discurso que divide para gobernar.

La historia enseña que los sistemas hegemónicos no caen solo por la presión de la oposición; se agrietan cuando alguien dentro decide que la lealtad a su país pesa más que la lealtad a su grupo. Así nació la Corriente Democrática. No es ingenuo suponer que en Morena hay legisladores, funcionarios y militantes que miran con incomodidad qué ocurre y, por ahora, callan. Habrá quien, tarde o temprano, secunde a Cuauhtémoc Cárdenas.

A la oposición le toca su parte: estar a la altura de Heberto Castillo y anteponer la causa a la candidatura. La sociedad mexicana ha demostrado que sabe reconocer a quien tiene el valor de romper. Lo hizo en 1988, con entusiasmo y en las urnas. Lo volverá a hacer.

Cárdenas se fue sin haber sido presidente. No le hizo falta. Su victoria fue otra: demostrar que un sistema que parecía eterno podía ser desafiado. La mejor forma de recordar a Cárdenas es el gesto de quien, teniendo todo para callar, decidió hablar. México espera a quien recoja esa estafeta. Ese es el legado que hoy, más que nunca, reclama herederos.

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Juan Carlos Núñez

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