La expresión bíblica “es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja a que un rico entre al reino de Dios” tiene diversas interpretaciones. Y, estoy convencido, no significa que debamos discriminar a los ricos. Creo que la imagen de “el ojo de una aguja” se refiere a una puerta pequeña que se encontraba en las murallas de las ciudades y que era usada para evitar invasiones. En este sentido, la expresión bíblica la interpreto como la necesidad de que, para entrar al reino de los cielos, debes despojarte de todos los apegos (aparejos) que cargas a lo largo de tu vida, debes ser humilde y confiado como un niño. Otra interpretación de esta frase, que se atribuye a los católicos significa la aceptación de la pobreza como un mandato divino, es mejor ser pobre para alcanzar el cielo.
Para entrar en nuestro tema, aclaremos qué entendemos por “ricos”. La revista Forbes México, refiere que no basta revisar el resultado, por ejemplo, de la Encuesta nacional de ingreso y gasto de los hogares 2022, dado que se suele esconder el monto de los ingresos, ¿quién la daría la información real de sus ingresos a un encuestador del INEGI? Así que, más que el ingreso es necesario analizar el patrimonio de las personas. La definición más aceptada en México, y el mundo, se refiere a personas cuyo patrimonio individual es de un millón de dólares (o más). Con ese criterio, dice la revista, en el mundo solo el 1.2% de adultos tienen esta condición. Para el caso de México el 53% de los adultos logra acumular un patrimonio de diez mil dólares (un poco menos del costo de un auto compacto); en el siguiente rango, uno de cada tres adultos logra tener un patrimonio de entre diez y cien mil dólares es decir el 33.8 % lo que económicamente lo asignaría como clase media.
En nuestro país se calcula que unos 320 mil adultos son ricos, es decir el 0.3% de los mayores de 18 años. En el sexenio de López Obrador se incrementó el patrimonio de los ultraricos, de una fortuna conjunta de 121,700 millones de dólares en 2018, sus ganancias del anterior sexenio les permitieron alcanzar los 176,800 millones para 2024, un incremento del 45.2%. Algo que debe llamar nuestra atención es que, cuando una persona forma un patrimonio por su mérito, trabajo y esfuerzo, nadie la critica, incluso tiene el reconocimiento de quienes le conocen. Sin embargo, cuando alguien se hace rico por gozar de ventajas desleales (desde el gobierno) frente a sus competidores, entonces empiezan las sospechas y el rechazo de quienes le rodean.
Axel Kaiser y Rainer Zitelmann en su libro El odio a los ricos. Igualitarismo, decadencia económica y percepción pública, nos dicen que el “igualitarismo” lleva consigo la idea de castigar a quienes tienen más. En el caso de los gobiernos de izquierda se refleja en el impulso a una reforma fiscal, como ya la han anunciado para nuestro caso, con la finalidad de tener una mayor recaudación y con ello, supuestamente, pretenden ayudar a quienes menos tienen. Conforme avance el sexenio, este discurso igualitarista, será más que recurrente en los políticos marxistas populistas, en su maquinaria de intelectuales afines, en los periodistas al servicio de régimen y los empresarios que pretenden ser los privilegiados del régimen actual. Por supuesto, presenciaremos un incremento en la polarización a favor y en contra de una reforma fiscal.
Esta visión igualitarista considera que ser rico es una ventaja obtenida, no producto del mérito. En otras palabras, si unos padres han logrado para sus hijos una educación privada, y con ello una mejor situación económica para el futuro, les dan un beneficio “injusto”, pues los hijos no se esforzaron, sino que los padres les financiaron esas mejores oportunidades y, por ende, se considera una herencia “injusta”. Entonces la pregunta obvia sería ¿debemos aspirar a una sociedad donde todos vivamos sin desigualdad porque todos somos pobres?
Es cierto que generaciones anteriores vivían con un dólar al día, lo mismo en América Latina que en África y Asia. Pero algunos países, por ejemplo, China e India, abrazaron el capitalismo y su ingreso se multiplicó de 717 dólares anuales en 1950 a 4,434 en 2003. En Suecia se presentó un fenómeno similar, a mediados del siglo XIX, cuando adoptaron políticas liberales y pasaron de ser un país de campesinos a uno de los más ricos del mundo.
Por otro lado, tenemos los países socialdemócratas que tomaron un camino diferente, digamos “al revés”. Para estos países, el problema, cita The New York Times es la enorme cantidad de personas desempleados, estudiantes, jubilados y receptores de beneficios sociales, es decir, empezaron por repartir dinero, antes de crear riqueza. Dinamarca es un ejemplo. El financiamiento se tornó insostenible y obligó a una reforma que consistió en la reducción de beneficios sociales…
Nos leemos la próxima semana….
*El autor es Maestro en Administración Pública y Política Pública por ITESM y Máster en Comunicación y Marketing Político por la UNIR.