Uno de los grandes procesos históricos que forjó la nación mexicana y consolidó el ideal republicano fue la Segunda Intervención Francesa que abarcó el período de 1862-1867. Son varios acontecimientos en ese lapso que destacan por su heroísmo y la resistencia osada de las tropas mexicanas y guerrillas republicanas, sin embargo, en nuestro calendario cívico siempre se encumbra la batalla del 5 de mayo de 1862, en la cual el Ejército de Oriente comandado por el general Ignacio Zaragoza derrotó al ejército expedicionario francés encabezado por el general Charles Ferdinand de Latrille, Conde de Lorencez.
Empero, en la misma ciudad de Puebla ocurrieron otros dos hechos heroicos y memorables que forman parte del anecdotario de la misma intervención, nos referimos a la Segunda Batalla de Puebla, mejor conocida como “Sitio de Puebla” en 1863 y la toma de Puebla ocurrida un 2 de abril de 1867, capturada por el entonces joven general republicano Porfirio Díaz. Sin embargo, antes de historiar este acontecimiento es necesario referirnos, aunque de manera breve al contexto histórico de la época.
A mediados de 1866, presionado por la opinión pública francesa y el impresionante avance del ejército prusiano en Austria, Napoleón III ordenó el retiro paulatino de sus tropas de territorio mexicano, dejando al ejército imperial en una situación crítica y lamentable. Asimismo es necesario señalar que la intervención estaba resultando muy costosa para el gobierno francés y poco a poco las guerrillas republicanas conquistaban terreno y ganaban batallas. En este contexto, el general Porfirio Díaz reorganizó al Ejército de Oriente en 1866, obteniendo brillantes triunfos en Miahuatlán, La Carbonera y la capital oaxaqueña.
El joven general oaxaqueño acrecentó su fama con estos triunfos, mientras que las raquíticas fuerzas republicanas comenzaron a replegarse. De esta forma Díaz inició un avance incontenible y decidió poner cerco a unos de los principales bastiones conservadores: la ciudad de Puebla.
Para atacar la ciudad, Díaz estableció su campamento en el cerro de San Juan a las afueras de Puebla e inició el cerco a la misma. Porfirio disponía de 6000 elementos, mientras que el enemigo poseía un número similar, pero tenía mayor cantidad de pertrechos aunado a que esperaba los refuerzos del general Leonardo Márquez. Porfirio Díaz no estaba preparado para un sitio de larga duración, pero puso manos a la obra y se embarcó en la que sería una de sus batallas más notables como general republicano.
Díaz elaboró una estrategia que consistía en hostigar al enemigo con 17 columnas de asalto que a su vez impedirían que las fuerzas imperialistas tuvieran contacto con el exterior. Tres de esas columnas harían un ataque de distracción en el Convento del Carmen, posición más fortificada, para distraer al enemigo mientras que otro grupo de asalto se lanzaría sobre las posiciones más vulnerables y tomaría la ciudad. Mientras se atacaba en todo momento, los enemigos esperaban 5000 hombres provenientes de la ciudad de México a cargo de Márquez.
Sin embargo, la madrugada del 2 de abril de 1867, el ataque de Díaz fue todo un éxito. Los cañones republicanos abrieron fuego sobre el convento, iniciando de esta manera un falso ataque por parte de las fuerzas de Díaz. Las fuerzas imperiales mordieron el anzuelo y se apresuraron a defender esa posición para que no cayera en manos del enemigo, tiempo después las restantes fuerzas fueron tomando diferentes posiciones dentro de la ciudad, la maniobra se concretó y Puebla volvió a ser de los republicanos.
De acuerdo con las crónicas de la época, los republicanos perdieron entre 200 y 300 hombres, pero lograron capturar todo el armamento enemigo, 2000 prisioneros; por otra parte los oficiales del bando conservador que se encontraban en Puebla fueron fusilados. Desde su campamento Díaz informó a Benito Juárez la toma de la plaza, mientras que Leonardo Márquez, ya sea por estrategia o cobardía no envío los refuerzos, y por ende su encuentro con Díaz se retrasó unos días más. Mientras tanto, las fuerzas juaristas de Escobedo le pusieron cerco final al extravagante imperio de Maximiliano.
La batalla del 2 de abril tuvo efectos estimulantes en las tropas republicanas, elevó la moral y aumentó los ánimos ya que gracias a esta batalla se despejó el camino hacia la capital y evitó que Maximiliano recibiera refuerzos en Querétaro. Ya con Díaz en la presidencia, la batalla del 2 de abril fue elevada a un rango casi legendario, destacando el talento y las dotes militares del general Díaz, un hecho que la dictadura de Díaz aprovechó para engrandecer su figura de patriarca todopoderoso y estratega máximo de la Intervención, batalla que enalteció la figura del dictador.
Durante el Porfiriato, la toma de Puebla se convirtió en una conmemoración y fiesta cívica de gran trascendencia, incluso más de la que tiene el actual 5 de mayo. Actualmente, divulgadores neoconservadores consideran que por sus victorias militares Porfirio Díaz merece un justo reconocimiento, más de los que reciben Mariano Escobedo, Riva Palacio, Sóstenes Rocha y el propio Benito Juárez. Tal parece que los triunfos del otrora dictador persisten en la memoria colectiva de sus nuevos seguidores de redes sociales. Empero, es arriesgado y hasta demencial afirmar que la victoria republicana fue solo obra de Porfirio Díaz.
Es ridícula la farsa neoconservadora promovida por divulgadores como Armando Fuentes Aguirre de afirmar que Díaz fue el único general presente en la Intervención. Si la república triunfó fue por los esfuerzos de sus líderes, generales y políticos, aunado a una combinación de factores externos. Porfirio Díaz fue un general brillante en la intervención, y quizás los libros de historia patria nunca le hagan justicia; sin embargo, el triunfo republicano se debió más a un esfuerzo conjunto que a las victorias de un solo hombre.
Por Juan Manuel Pedraza, historiador por la UNAM