Un 31 de agosto de 1950 se emitió la primera señal comercial de televisión en México a través del canal 4 XHTV (actual N+Foro de Grupo Televisa). Este evento marca el inicio formal de las transmisiones de televisión en México, un invento único, novedoso y trascendental en nuestra historia reciente. Es innegable que el desarrollo de las transmisiones televisivas es un hito en la historia contemporánea de nuestro país, pero detrás de una historia de progreso tecnológico y éxito empresarial se esconde también uno de los episodios más turbios de nuestro país: la relación entre la televisión y los oscuros intereses del poder, encabezado por el otrora poderoso Partido Revolucionario Institucional.
Este matrimonio por conveniencia entre la televisión y el poder político tuvo su origen con tres hombres que sentaron las bases del aparato mediático que posteriormente fue utilizado por los gobiernos priistas: el ingeniero e inventor Guillermo González Camarena, el presidente Miguel Alemán Valdés y el empresario radiofónico Emilio Azcárraga Vidaurreta. Si bien es cierto que estos tres personajes no aprovecharon el ingenioso invento a sus máximas capacidades, sí abrieron brecha en décadas posteriores.
En 1939, con tan solo 28 años de edad, el ingeniero González Camarena inventó el “sistema tricromático de secuencia de campos”, el cual añadía los colores rojo, azul y verde para la transmisión de imágenes. Dicho invento fue patentado y significó el inicio de las transmisiones a color. Camarena obtuvo la venia de Miguel Alemán y el apoyo de Salvador Novo para seguir experimentando con transmisiones televisivas; de esta forma, en 1946, Camarena instaló la primera estación experimental de televisión.
Miguel Alemán vio en la televisión a un aliado poderoso que podría darle a él y a su partido una nueva forma de publicidad. De esta manera, en 1949, el presidente Alemán inició el otorgamiento de concesiones a empresarios particulares que quisieran experimentar y hacer de este medio un nicho de negocios. El primer elegido fue el empresario Rómulo O’Farril Silva, quien obtuvo la concesión del canal 4 de televisión mexicana; dos años después se entregó la concesión XEW a Emilio Azcárraga Vidaurreta. El último en unirse a estos preludios televisivos fue el ingeniero González Camarena con su canal 5.
En vez de optar por un sistema de televisión pública, de fácil acceso y gratuita, Alemán decidió que lo mejor para los negocios y los intereses del priismo serían las concesiones privadas dadas a empresarios exitosos. Con esto, el gobierno establecía una alianza más: el presidente se beneficiaba y controlaba a los medios, y a su vez los empresarios se enriquecían ilícitamente bajo la aprobación silenciosa del priismo. Muy pronto, Azcárraga demostró más astucia que sus competidores, quienes habían perdido el favor del partido oficial, logrando fusionar en 1955 los canales 2, 4 y 5 para crear Telesistema Mexicano S.A.
Paulatinamente, Telesistema Mexicano no solo se convirtió en la empresa de medios más influyente y poderosa del país, sino que también se transformó en un apéndice del PRI, un medio que establecía una agenda informativa acorde a los “intereses nacionales”, omitiendo cualquier tipo de noticia que dañara la imagen del país, las instituciones o el partido en el poder. O, como lo dijo el ya fallecido Emilio Azcárraga Milmo, la televisión y sus trabajadores eran “soldados del PRI”.
Diversos fueron los hechos deleznables que sucedieron en esos años y que la televisión omitió o maquilló de manera tan cínica, burda y poco ética para no dañar la figura del PRI: la huelga de los médicos, la huelga del sindicato ferrocarrilero, las devaluaciones, las crisis sociales y las masacres estudiantiles de 1968 y 1971, las cuales criminalizaron la protesta y trataron a los estudiantes como viles delincuentes.
En 1972, Telesistema Mexicano se fusionó con su más acérrimo competidor, Televisión Independiente de México, dando lugar a Televisión Vía Satélite S.A., actual Grupo TELEVISA. A partir de ahí, la alianza entre el poder televisivo y el PRI se consolidó con el pasar del tiempo, y si bien hubo enfrentamientos ocasionales, la relación benéfica para ambas partes fue recíproca, a tal grado de silenciar a la oposición. Muy pronto, Emilio Azcárraga Milmo llegó a convertirse en el hombre más adinerado de México gracias a esta relación.
Con la llegada de las privatizaciones, la televisión se benefició ampliamente de las “bondades neoliberales”. En 1993, el gobierno salinista subastó un paquete de medios que incluía a la empresa paraestatal IMEVISIÓN, siendo Ricardo Salinas Pliego, comerciante con nula experiencia en medios de comunicación, el ganador de dicha licitación; de esta forma iniciaban operaciones TV AZTECA. Para 1994, la televisión mexicana, servil, mitómana, farsante y corrupta, había alcanzado su punto cúspide. Con una cobertura que abarcaba casi la totalidad del país y una relación casi ideal con el gobierno de la República, se vislumbraban épocas de bonanza para el duopolio televisivo.
Para el año 2000, con la alternancia panista, se especulaba mucho sobre el papel de TELEVISA y TV AZTECA en esta transición. Los otrora soldados del PRI lograron adaptarse a este nuevo gobierno, expandiéndose y cuidando la imagen, en la medida de lo posible, del presidente en turno. Los casos más célebres fueron el golpeteo mediático al entonces candidato de izquierda Andrés Manuel López Obrador y los montajes del periodista Carlos Loret de Mola, en aras de publicitar la lucha contra la delincuencia de Genaro García Luna, hoy preso por narcotráfico.
La televisión mexicana, en sus concesiones particulares, siempre ha sido un medio que se vende al mejor postor; incluso el ex presidente López Obrador logró llegar a acuerdos con la empresa de los Azcárraga cuando en el pasado los tachaba de mafiosos y peligrosos para el bienestar del país. Hoy en día, con programas que van desde el entretenimiento barato hasta el somnífero popular, las compañías televisivas poco a poco han perdido espectadores, quienes prefieren los servicios de streaming como Netflix y Disney Plus; sin embargo, incluso hoy su influencia sigue siendo importante en la agenda política del país.
Actualmente, las acciones de TELEVISA están flotando y se han visto afectadas en la bolsa de valores, mientras que Salinas Pliego enfrenta una deuda multimillonaria con el gobierno de México. A pesar de todo, la televisión particular mexicana no da señales de cambio ni muestras de arrepentimiento; a más de 70 años de existencia, es innegable que las concesiones privadas de este medio han sido un lastre para México, prostituyendo constantemente el oficio de la comunicación.
Por Juan Manuel Pedraza, historiador.
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