¿Por qué tu futuro depende de las decisiones que tomes hoy?
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¿Por qué tu futuro depende de las decisiones que tomes hoy?

Viernes, 03 Julio 2026 00:05 Escrito por 
Justicia que transforma Justicia que transforma Jesús Ángel Cadena Alcalá

Imagina por un momento que la vida es una carrera de relevos. Cuando tienes veinte o treinta años, corres con fuerza, tienes energía y el viento sopla a tu favor. Sin embargo, llegará un punto en la pista en el que tus piernas ya no tendrán el mismo vigor o, peor aún, un obstáculo imprevisto podría hacerte tropezar mucho antes de llegar a la meta. En esa carrera, la seguridad social es el corredor de relevo que está esperando para tomar la estafeta cuando tú ya no puedas seguir avanzando.

Con demasiada frecuencia, cuando escuchamos «seguridad social» o «pensiones», nuestra mente las archiva en la carpeta de: «asuntos para resolver cuando tenga sesenta años». Esta apatía es peligrosa. Las decisiones que tomamos en nuestra juventud y madurez —dónde trabajamos, cómo nos contratan, si exigimos o no nuestros derechos— están escribiendo, hoy mismo, el guion de cómo viviremos nuestras últimas décadas.

Este artículo no es un manual de derecho ni un catálogo de artículos legales. Es una invitación a entender, en un lenguaje ciudadano y cercano, cómo funciona esta red de protección, de dónde viene, hacia dónde va y por qué entenderla es vital para asegurar nuestra tranquilidad.

¿Qué es la seguridad social y por qué es un derecho humano?

Piensa en la seguridad social como una sombrilla invisible. No la notas cuando brilla el sol, pero es lo único que te salva de empaparte cuando estalla la tormenta.

Desde una perspectiva jurídica y humana, la seguridad social no es un favor que nos hacen el Estado y los patrones, ni un premio por buena conducta; es un derecho humano fundamental. Está reconocido en nuestra Constitución y en tratados internacionales porque protege algo esencial: la dignidad humana frente a las contingencias de la vida.

Históricamente, los seres humanos estábamos solos frente a la desgracia. Si alguien enfermaba gravemente o sufría un accidente que le impedía trabajar, su destino era la pobreza extrema o depender de la caridad. La seguridad social nació como un pacto de solidaridad colectiva: todos aportamos un poco mientras estamos sanos y productivos, para que nadie se quede desamparado cuando lleguen las enfermedades, los accidentes, la maternidad o la vejez.

Un error común es creer que la seguridad social solo sirve para darnos dinero cuando lleguemos a la vejez. En realidad, es un sistema integral diseñado para acompañarnos durante todas las etapas de nuestra existencia.

Imaginemos el caso hipotético de Pedro. A sus 35 años, Pedro sufre un accidente de tránsito rumbo al trabajo que le provoca una lesión permanente en la columna, impidiéndole volver a ejercer su oficio. Si Pedro solo hubiera estado ahorrando dinero en el banco, esos ahorros se esfumarían rápidamente entre cuentas de hospital y los gastos de su familia. Pero como Pedro estaba dado de alta en la seguridad social, el sistema se activa: recibe atención médica gratuita, medicinas, rehabilitación y, ante la imposibilidad de trabajar, una pensión por incapacidad total permanente por riesgo de trabajo que le permite a su familia sobrevivir con dignidad.

La seguridad social ampara contingencias que nos pueden ocurrir mañana mismo:

  • Enfermedades y maternidad: Cubre desde una gripe hasta tratamientos oncológicos, además de proteger el periodo de embarazo y posparto para que las mujeres no pierdan sus ingresos.
  • Riesgos de trabajo: Protege frente a accidentes o enfermedades derivadas de nuestra labor.
  • Invalidez y vida: Si perdemos la capacidad de trabajar por una causa ajena al empleo, o si fallecemos, protege a nuestra familia (viudez y orfandad).
  • Retiro, cesantía y vejez: La famosa pensión para cuando llegamos a la edad en que nuestro cuerpo y mente merecen descansar.
  • Guarderías y prestaciones sociales: Cubre el riesgo de no poder brindar cuidado a los hijos en su primera infancia debido a la jornada laboral.

¿Qué es una pensión y cuál es su finalidad real?

En términos muy sencillos, una pensión es un ingreso económico, generalmente mensual, que sustituye el salario que una persona deja de percibir cuando ya no puede trabajar, ya sea por edad avanzada, por un accidente o por viudez, entre otras causas. Su finalidad no es hacer rico a nadie, sino garantizar un nivel de vida digno.

¿Cuál es la diferencia entre ahorrar para el retiro y tener derecho a una pensión?

Ahorrar es guardar billetes debajo del colchón o en una cuenta bancaria. Es una acción individual y limitada. Si lograste ahorrar 500,000 pesos y vives hasta los 95 años, es matemáticamente probable que te quedes sin dinero mucho antes de fallecer. Además, el ahorro personal lo consume la inflación; lo que hoy compra una casa, en veinte años apenas comprará un auto.

Tener derecho a una pensión, en cambio, es acceder a una garantía institucional. En los esquemas tradicionales (y en las rentas vitalicias de los sistemas actuales), una pensión significa que recibirás tu pago mes con mes, actualizado para que no pierda su valor, hasta el último día de tu vida, e incluso puede transmitirse a tus beneficiarios. El ahorro es solitario; la pensión es un derecho respaldado por la ley.

La evolución histórica: de un modelo excluyente a la búsqueda de la igualdad

Para entender los retos que enfrentamos hoy, debemos mirar por el retrovisor. En foros jurídicos recientes y análisis académicos de alto nivel —como los expuestos por especialistas en los seminarios de la Suprema Corte de Justicia de la Nación— se ha puesto sobre la mesa una realidad ineludible: nuestras leyes de seguridad social nacieron con profundos sesgos de género y limitaciones históricas.

Al principio, en México, las pensiones no existían para los trabajadores comunes. Eran premios que se otorgaban discrecionalmente a militares o empleados del gobierno en la época colonial y el México independiente. Fue hasta el siglo XX, con la creación del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) en 1943 y, posteriormente, del ISSSTE, que las leyes sociales abarcaron a la clase trabajadora.

Sin embargo, estos sistemas no eran neutros. Fueron diseñados bajo la figura del «hombre proveedor». Se asumía que el hombre iba a la fábrica y la mujer se quedaba en casa cuidando a los hijos. Bajo esa lupa, la mujer accedía a la seguridad social casi exclusivamente como beneficiaria (esposa o concubina), no como titular.

Esta visión patriarcal generó normativas restrictivas que hoy nos parecen escandalosas. Por ejemplo, las primeras leyes exigían que una viuda perdiera su pensión si volvía a casarse o entraba en concubinato. ¿La justificación oficial de la época? Se temía que mujeres jóvenes se casaran con ancianos solo para heredar la pensión y convertirse en lo que despectivamente llamaban «cazapensiones». Además, si un hombre enviudaba de una mujer trabajadora, para poder heredar la pensión se le exigía estar totalmente incapacitado y probar que dependía económicamente de ella.

Afortunadamente, gracias a que la seguridad social se ha ido entendiendo cada vez más desde la visión de los derechos humanos, los tribunales —y en especial la Suprema Corte— han ido derribando estos muros. Hoy en día, juzgar con perspectiva de género ha permitido declarar inconstitucionales aquellas reglas que castigaban a las viudas por rehacer su vida amorosa, que discriminaban a los concubinos o que excluían a las parejas del mismo sexo. El libre desarrollo de la personalidad y el derecho a la igualdad han obligado a modernizar las leyes, aunque el camino hacia un sistema verdaderamente equitativo aún tiene tramos empedrados. Se han reconocido nuevas formas de familia y el derecho que coexiste para que la viuda y la concubina puedan reclamar la pensión de viudez.

La informalidad y la densidad de cotización

Aquí radica el mayor drama del sistema mexicano. De nada sirve tener una AFORE si no le inyectas recursos, y de nada sirve una ley de seguridad social si trabajas al margen de ella.

Seis de cada diez personas que trabajan en México lo hacen en la informalidad. Esto no solo significa vender en un tianguis; incluye al profesionista freelance al que le pagan por honorarios y al oficinista que está contratado bajo esquemas irregulares donde su patrón no lo inscribe en el Seguro Social.

Las consecuencias de la informalidad son devastadoras. Sin cotizar, te quedas fuera de la sombrilla protectora. Pero hay un segundo enemigo invisible, incluso para los formales: la densidad de cotización.

Para tener derecho a una pensión mínima garantizada bajo el sistema actual, la ley exigía haber cotizado 1,250 semanas (casi 25 años de trabajo formal ininterrumpido). Debido a que la mayoría de los mexicanos entran y salen de la formalidad —a veces con patrón, a veces por su cuenta, a veces desempleados— muy pocos iban a alcanzar esa meta. En 2020 se hizo una reforma para bajar temporalmente ese requisito y dejarlo, a partir de 2031, en 1,000 semanas (poco más de 19 años).

Pensemos en Ana. Trabajó formalmente 5 años, luego tuvo hijos y se retiró del mercado laboral remunerado para cuidarlos durante 8 años. Regresó a trabajar, pero solo encontró empleo informal. Llegó a los 60 años con apenas 250 semanas cotizadas. Para el sistema de pensiones, el esfuerzo vital de Ana criando ciudadanos no contabilizó. Esta discontinuidad laboral (y la falta de mecanismos como «créditos de maternidad» que existen en otros países) castiga cruelmente a las mujeres y a los sectores vulnerables. Si no alcanzas las semanas, te devuelven el dinero que lograste ahorrar en una sola exhibición, un monto que generalmente se agota en un par de años. Y después, nada.

El caos que enfrentamos: envejecimiento y sostenibilidad

El sistema de pensiones en México está navegando en aguas turbulentas y se enfrenta a cuatro grandes retos:

  • El envejecimiento de la población: La pirámide poblacional se invirtió. Gracias a la ciencia y la medicina, la esperanza de vida hoy ronda los 75 años (y sigue subiendo). Viviremos más tiempo como adultos mayores, lo que significa que el dinero guardado tiene que estirarse para cubrir 15, 20 o hasta 30 años de retiro.
  • La persistencia de la informalidad: Como ya vimos, sin aportaciones formales masivas, el sistema se desangra y la pobreza en la vejez se dispara.
  • Las brechas de género: El sistema penaliza a quienes realizan trabajos de cuidado no remunerado. Mientras no existan mecanismos que reconozcan el tiempo dedicado a los cuidados como tiempo cotizado, las mujeres seguirán teniendo pensiones mucho más bajas que los hombres, si es que logran pensionarse.
  • La sostenibilidad financiera y la incertidumbre: El modelo de cuentas individuales ha sido fuertemente criticado incluso por la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Trasladó el riesgo del Estado al trabajador. Si a los mercados financieros les va mal, tu pensión sufre. Y los montos ahorrados históricamente con salarios bajos producen pensiones raquíticas, obligando a los gobiernos a crear subsidios de última hora (como fondos del bienestar) para parchar un sistema que estructuralmente no produce pensiones dignas.

Mitos comunes sobre las pensiones (y por qué debemos desmentirlos)

La falta de educación financiera y cultura de la previsión alimenta creencias peligrosas que nos llevan a tomar malas decisiones:

  • Mito 1: "Soy joven, me preocuparé por la pensión cuando cumpla 50 años."
  • La realidad: El tiempo es el factor más crítico en el modelo actual. El dinero que aportas a los 25 años genera intereses compuestos durante décadas, creciendo mucho más que el dinero que aportas a los 50. Empezar tarde significa que, matemáticamente, no alcanzarás a ahorrar lo suficiente.
  • Mito 2: "Me conviene que mi patrón me registre con el salario mínimo y me dé el resto por fuera, así pago menos impuestos."
  • La realidad: Es una trampa terrible. Tus aportaciones a la AFORE, así como el dinero que recibirías si te incapacitas por un accidente, se calculan con base en el salario con el que estás registrado. Engañar al Seguro Social hoy es garantizarte una vejez en la miseria mañana.
  • Mito 3: "Las pensiones del gobierno y los programas sociales me mantendrán."
  • La realidad: Las pensiones no contributivas (como los apoyos gubernamentales a adultos mayores) son una ayuda fundamental, un piso mínimo de dignidad humana. Pero de ninguna manera sustituyen el ingreso necesario para mantener el nivel de vida al que aspiras tras décadas de trabajo. Son un complemento, no la solución total.
  • Mito 4: "Es imposible saber si estoy en la Ley del 73 o la del 97, todo es un caos."
  • La realidad: Conocer tu régimen es muy sencillo y crucial. Si empezaste a trabajar formalmente y fuiste dado de alta ante el IMSS antes del 1 de julio de 1997, tienes derecho a elegir el régimen anterior (que en la inmensa mayoría de los casos es mucho más favorable). Si empezaste después, dependes de lo que acumules en tu AFORE.

El papel del Estado, empleadores y trabajadores

Construir un andamiaje de seguridad social robusto no es tarea de un solo actor; es un edificio que se sostiene sobre tres pilares.

El Estado tiene la obligación de ser un rector firme. Debe garantizar políticas públicas que fomenten la creación de empleos formales, fiscalizar a las empresas para que paguen lo justo, y reformar las leyes para tapar las grietas de desigualdad, especialmente creando mecanismos de protección para el trabajo de cuidados y los trabajadores independientes (quienes hoy pueden afiliarse voluntariamente, pero asumiendo todo el costo de las cuotas obrero-patronales).

Las personas empleadoras tienen la responsabilidad legal y ética de la formalidad: inscribir correctamente a sus trabajadores.

Por último, como trabajadores y ciudadanas, debemos dejar de ser pasajeros pasivos en el tren de nuestra vida financiera. Debemos informarnos, exigir nuestro registro adecuado, revisar los estados de cuenta de nuestra AFORE y, dentro de nuestras posibilidades, realizar aportaciones voluntarias. La educación financiera no es saber invertir en la bolsa de valores de Wall Street; es entender que los cien pesos que gastamos hoy en algo superfluo son un ladrillo menos en la casa que habitaremos a los 65 años.

La única protección que nos acompaña

Es hora de cambiar el cristal con el que miramos este tema. La seguridad social no debe entenderse únicamente como un beneficio lejano y borroso reservado para la vejez. Es, en realidad, el único sistema de protección que nos acompaña, incondicionalmente, a lo largo de toda nuestra vida. Es la incubadora de la clínica materno-infantil; es el yeso en el brazo roto del trabajador de la construcción; es el cheque de orfandad para que un adolescente no abandone la escuela; y sí, es también la tranquilidad del retiro después de toda una vida de esfuerzo.

Conocer cómo funciona no es un lujo intelectual, es la herramienta más poderosa para ejercer nuestros derechos. Entender hoy las reglas del juego nos permite tomar decisiones laborales más informadas: exigir un contrato formal, rechazar el pago «por debajo de la mesa» y planear nuestro ahorro.

Pero más allá de lo individual, comprender la seguridad social nos ayuda a contribuir a una sociedad más justa y solidaria. Nos recuerda que la vulnerabilidad frente a los riesgos de la vida —la enfermedad, el accidente, el inevitable paso del tiempo— es la única certeza que compartimos como seres humanos. Proteger la dignidad de esos momentos no es caridad, es justicia; y garantizar que esa protección alcance a todos es, y debe ser, una responsabilidad verdaderamente compartida.

En colaboración con Ivette Flores Noguez.

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Jesús Ángel Cadena Alcalá

Justicia que transforma