Transformar sin odio
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Publicado en Opinión

Transformar sin odio

Martes, 28 Abril 2026 10:45 Escrito por 
Moción suspensiva Moción suspensiva Ricardo Moreno Bastida

Me siento orgulloso de pertenecer a un movimiento que ha conquistado sus propósitos por la vía pacífica, por el camino de las ideas, de la organización popular y de la participación democrática. No ha sido una ruta sencilla ni exenta de resistencias, pero sí ha sido una ruta profundamente legítima: la de convencer antes que imponer; la de sumar antes que dividir; la de transformar sin renunciar a la paz como principio y como destino.

Volteo a otras latitudes y veo con tristeza cómo los seres humanos se enfrentan unos a otros sin misericordia alguna por un pedazo de poder. Veo pueblos desgarrados, sociedades fracturadas, comunidades enteras sometidas al miedo, mientras quienes disputan el mando suelen esconder sus verdaderas motivaciones detrás de discursos grandilocuentes. Miro un poco sus idearios y, muchas veces, no encuentro más que un puñado de frases huecas, sin asidero moral, sin raíz popular y sin otro horizonte que la vulgar toma del poder, sin explicar nunca para qué se quiere ese poder ni al servicio de quién se pretende ejercer.

Son simples alocuciones que acusan, ofenden y hieren, pero que no proponen; que no construyen, que no crean, que no convocan a la reflexión. Se trata de la política de la reacción, de la oposición por la oposición, de la ambición disfrazada de causa. Esa política envilece a los seres humanos, denigra la vida pública y, tarde o temprano, empuja a las sociedades hacia la confrontación directa. Porque la violencia verbal no se queda en el aire: la palabra también puede ser semilla. Cuando se siembra odio, tarde o temprano germina resentimiento; cuando se normaliza la descalificación, se abre la puerta a la agresión; cuando se convierte al adversario en enemigo, se deteriora el sentido más elemental de comunidad.

La violencia verbal engendra violencia física e incuba odios y resentimientos sociales. Por eso no debemos minimizar el lenguaje con el que se disputa la política. Las palabras pueden iluminar caminos o incendiar pueblos. Pueden convocar a la esperanza o alimentar la rabia. Pueden abrir espacios de diálogo o levantar muros de intolerancia. La política, cuando pierde su vocación humanista, deja de ser instrumento de transformación y se convierte en una maquinaria de rencor.

La asimetría social que se vive en varios puntos del mundo, junto con la acumulación obscena de la riqueza en pocas manos, ha sido un catalizador de esta encarnizada batalla por el poder. Ahí donde millones carecen de lo indispensable y unos cuantos concentran privilegios inimaginables, la inconformidad social se vuelve terreno fértil para los discursos de odio, para los falsos redentores y para quienes prometen soluciones simples a problemas profundamente complejos. En ese escenario, los grandes capitales internacionales suelen actuar con absoluto pragmatismo: les da lo mismo corromper a unos o a otros, financiar a unos o presionar a otros, siempre que sus intereses permanezcan intactos.

El capital, lo decía con todo tino Trotsky, no tiene nacionalidad y no le interesa tenerla; hoy, incluso, esa falta de patria parece haberse convertido en una ventaja fiscal, política y moral. Se mueve donde más le conviene, se oculta donde menos paga, presiona donde más puede y abandona donde ya no obtiene ganancia. Por eso, muchas veces, la pelea por el poder termina reducida a la pelea por simples migajas, por pequeños mendrugos de influencia, mientras los pueblos siguen esperando justicia, bienestar y dignidad.

Frente a ese panorama, cobra mayor valor la construcción pacífica de un movimiento que ha puesto en el centro al pueblo, que entiende el poder no como botín, sino como responsabilidad; no como instrumento de venganza, sino como herramienta para corregir desigualdades. La verdadera transformación no se mide por la estridencia de sus discursos, sino por la profundidad de sus causas. No se sostiene en el insulto ni en la amenaza, sino en la conciencia, en la organización y en la esperanza colectiva.

Por eso creo en una política que no humille, sino que dignifique; que no divida por ambición, sino que convoque por convicción; que no utilice el dolor social como combustible del odio, sino como razón ética para cambiar la realidad. La paz no es pasividad. La paz también exige valentía, disciplina y firmeza. Transformar pacíficamente es quizá una de las tareas más complejas de la historia, porque implica vencer al odio sin parecerse a él, enfrentar privilegios sin perder la humanidad y disputar el futuro sin destruir el presente.

Esa es, precisamente, la grandeza de una causa cuando es auténtica: no necesita incendiarlo todo para demostrar su fuerza. Le basta con caminar junto al pueblo, escuchar sus dolores, organizar sus esperanzas y convertirlas en justicia.

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Ricardo Moreno Bastida

Articulista invitado